Superbasaro

Tenía que hacer tiempo y me metí en un bazar. Ahí me parece que la hora pasa rara, me desoriento y calmo en el disfrute. Los bazares son lugares cómodos y creativos. Te obligan a pensar como ese plato, ese tazón con doble asa que cualquiera puede comprar a mí me va a quedar mejor o lograré darle un uso maestro. Algo de ego y algo de hago, porque también hay que cubrir los lugares, los tutores legales de las comidas mientras cocinamos, patovas de ollas, coladores, el tan inútil como estrafalario centrifugador de vegetales. La señora estaba muy preocupada por mi andar en los pasillos, no porque fuera a llevarme algo puesto, pero ando con mochila de joroba y podría haber hecho un efecto dominó con todo y a la vez. Le dije que no se preocupe que nada iba a moverse de su lugar, a menos que decida intercambiarlo por dinero. Rió, seguramente nada haya entendido de mi sincera aclaración. Compré cositas y seguí.

1% de batería y dedos estrategas fueron mi equipo de mando para definir la tarde: avisarle a un amigo del barrio que lo esperaba en la puerta. Otro alguien se sumaba y pedía acompañamiento para iniciar ese trámite que comienza en burocracia, sigue con movimientos vampíricos y, en el mejor y el caso de los que esperamos así se desenvuelva, acabe con la satisfacción de un nuevo hogar. El agente inmobiliario no conocía la cantidad de pisos pero arrojó un número al azar. Con mi amigo nos quedamos flasheados por la pileta climatizada que se veía desde el balcón. Estaba enfrascada como si fuese en un invernadero. El departamento se veía bonito. Con los peros que se pueden dejar pasar cuando se es la primera vez que uno vive solo, como es el caso de mi amiga.

Nos fuimos, la casa de mi amigo estaba a 3 cuadras, en mi cabeza tenía un pensamiento latente: las mini Melba del surtido de galletitas que había dejado sobre la mesada de la cocina. Hicimos mate, comí preguntándome porque son cada vez menos accesibles los concursos, promociones con códigos, links y rutas que nadie quiere buscar. Me gusta el premio: merienda gratis por un año. Leo la llamada al dorso del envase: 250 kgs. de productos de la marca. Calculo (ahora, en el momento ya no tenía batería): 7.42 gramos de galletitas por día. Es probable que haya hecho mal la cuenta. Y también es probable que 7.42 no lleguen a ser una unidad. Ni esa fea de vainilla con el sombrero mocho de membrillo que se te pega en el paladar, el hijo bobo de Terrabusi. Ni la mitad del alma que tanto querían vender. Y un cepillo de dientes? Cuánto pesa un cepillo de dientes? Mi amiga se está por mudar, oficialmente no vive conmigo pero pasa mucho tiempo en casa y tiene acá un cepillo muleto. Tal vez con el peso que gane cuando no esté pueda poner confituras. No sé el valor de las cáscaras abrillantadas.

Yo a mi amigo le hablé de sus invitados al cumpleaños que había organizado. Repasamos material, la torta que le hice y la invitación que negó por haber hecho otros planes. En ningún momento nos fuimos de la cocina, mi lugar preferido de la casa, después del balcón peronista. De esa casa me llaman la atención muchas cosas, o mejor de las decisiones ambientales del dueño, pero lo que más me intriga es: primero, cómo sobrevive sin mesa ni sillas en el living, después, la fascinación por guardar cualquier cosa en la heladera. En su relato, revela una herencia respuestuosa pero amedrenta: la madre almacenaba las galletitas en el freezer. Ellos, un poquito menos. Se les siente más el sabor así, sentencia. Me gustan las costumbres que se adoptan con la misma lealtad del superhéroe al anonimato. A mí me enseñaron a mojarme las muñecas y la nuca cuando hace mucho calor, que la parte de abajo de las botellas de plástico de Coca se llama petelo y que la sal aumenta el punto de ebullición del agua. No sé si es del todo cierto y tampoco quiero saberlo. A veces Google rompe cosas por las que no queremos pagar.

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