La otra cara del deporte
El discurso mediatico y lo femenino
La construcción del cuerpo femenino en los juegos olímpicos 2016 a través de de la mirada de los medios de comunicación.
por Sofia Sorarrain, Ailen Luque, Anabel Rejas, Violeta Martinez Gonzalez
¿Existe persona/objeto/práctica que no esté atravesado por la cultura? ¿Es posible pensar el deporte aislado de las lógicas culturales de nuestra sociedad? ¿Qué tan inocente es el deporte en la reproducción de estereotipos de género?
En los juegos olímpicos de Río 2016, una foto del beach voley femenino se hizo viral. Se trataba de dos jugadoras de equipos contrarios, una egipcia y una alemana, de los dos lados de la red. Lo llamativo de esa imagen fueron las distintas vestimentas de las jugadoras, donde la alemana llevaba la tradicional maya bikini y la egipcia, tenía su cuerpo cubierto por su hiyab.
Algunos medios de comunicación describieron esta imagen como un “acto de rebeldía” frente a un “colonialismo cultural” (Infobae), hablaron de “choque de cultura” (Olé) o hacían foco en la opresiva cultura islámica que limitaba sus libertades y las hacía vestir esa prenda (Clarín) -como si en la maya alemana no imperaran también lógicas machistas-. Fueron medios de comunicación alternativos los que señalaron el cambio de reglamentación en el 2012 de la Federación Internacional de Volleyball (FIVB) que hizo posible su inclusión a los Juegos Olímpicos del año pasado.
Explicó la FIVB: “Hemos cambiado la reglamentación, con el objeto de respetar las creencias y religiones”. A partir del año pasado, mujeres de países que no podían o querían exhibir su cuerpo, pudieron participar por primera vez de los JJOO. Lo interesante de este suceso es que si bien era conocido el debut de algunos equipos, tanto Milena Churín (jugadora de beach voley regional) como la dos veces olímpica jugadora del voley playa Ana Gallay, desconocían la modificación de la reglamentación. Ambas señalaban que podían vestirse como “cada una quiera”, que había libertad de elección en la vestimenta. Incluso Churín dijo que de la alemana no había nada que decir, estaba vestida “normal”.
Y no es de extrañar esa respuesta, a propósito de su propia vestimenta, una de las jugadoras egipcias le dijo a la prensa: “Llevo el hiyab desde que tenía diez años. El velo no me impide hacer las cosas que me gustan; y una de ellas es jugar este deporte”. Se entiende con su declaración que el hiyab es parte de su vida cotidiana y que lo usa con normalidad.
Es aquí cuando aparece la idea que “lo normal” es una construcción que depende de cada cultura, de la época y del momento histórico, y que el deporte no está por fuera de la producción y reproducción de esa normalidad.
Cristian Pozo, Lic. en Comunicación Social explica: “Hay un condicionamiento desde el deporte respecto de la conformación subjetiva, puesto que como cualquier práctica social está fundada en proclamaciones de lo que debería ser y lo que no. Desde supuestos valores que se presentan y generalizan a toda la constelación social, pero que son el producto de una agrupación específica y de sus intereses, de sus modos de percibir lo que sucede”.
En consecuencia, cabe preguntar: ¿Cómo es la vestimenta normal del beach volley? ¿Cuál es la normalidad de nuestra cultura?
La respuesta que parece simple y obvia, estará relacionada a las lógicas con las que impera la sociedad. Tanto para la vestimenta como para el lugar que ocupa en el deporte cada persona, por tratarse de una cultura patriarcal heteronormativa -en consecuencia de género binario-, importará si se es hombre o mujer.
Parecería menos evidente la diferencia entre el varón y la mujer del beach voley, que de dos mujeres de diferentes culturas. Posiblemente esto suceda porque no nos resulta extraño, de hecho estamos habituados a que un género se vista de una forma y el otro, de otra. Explica la antropóloga Marta Lamas, en su nota “El género es cultura”: “Todas las sociedades clasifican qué es “lo propio” de las mujeres y “lo propio” de los hombres, y desde esas ideas culturales se establecen las obligaciones sociales de cada sexo, con una serie de prohibiciones simbólicas”.
En el reglamento del voley playa de los JJOO, se les exige a ambos géneros indumentaria ajustada al cuerpo, pero existen diferencias: mientras que al varón se le pide una camiseta y un short “con un mínimo de 10 cm por encima de la parte superior de la rodilla”; la mujer juega con malla. Esta última vestimenta tiene dos opciones, una enteriza, y la otra con dos partes, la de arriba un top, la de abajo una bombacha que “sea cortada en un ángulo hacia arriba, hacia la parte superior de la pierna”.
La cultura atraviesa todo ámbito de la vida de un sujeto, puede verse que hasta la indumentaria no escapa a las lógicas que imperan en la sociedad. No es casualidad que un equipo deportivo sea más entallado y exponga, por reglamento, mayor parte del cuerpo que el otro. No es casualidad tampoco que una vestimenta resalte más el cuerpo que la otra, no es casualidad tampoco que hasta los juegos olímpicos del año pasado, las mujeres que no querían mostrar su cuerpo quedaban afuera.
En palabras de la filósofa Catherine Loveau “mediante esta representación de los cuerpos, el deporte se convierte en el lugar donde se juega el imaginario del Otro. Allí se manifiestan y se ponen en escena una masculinidad y una femineidad trazadas mediante sus más marcadas diferencias. El deporte quiere y forja mujeres ideales, hermosas para seducir(lo), así como hombres idealmente viriles, es decir, fuertes y valerosos para conquistar(la). Las prácticas, imágenes y discursos del deporte tienen este denominador común: lo que hace a la mujer es la imagen que da de sí misma, lo que hace al hombre es la acción.”
Podría pensarse de manera inocente que si la vestimenta masculina o femenina fuera la misma, se acabaría el machismo y sería una sociedad de iguales. Derribando esta falacia, ya había adelantado Loveau que no solo las prácticas o las imágenes son las que producen estos roles, si no también el discurso -quizá principalmente-, el que legitima estas interpretaciones.
La mujer y el discurso mediático deportivo
El año pasado, el laboratorio latinoamericano de género GROW publicó un estudio sobre los Juegos Olímpicos de Río 2016, donde Argentina se posicionaba como el país con mayor cantidad de denuncias por cobertura sexistas (64%), seguido luego por Méjico (6%). Los medios de comunicación con más denuncias fueron el portal virtual infobae (22%), Clarín (19%) y Olé (11%).
El portal infobae presentó titulos como “la más lindas de los juegos olímpicos”, “Las 28 atletas más sexys de los juegos olímpicos” o fotos que resaltan algunas partes del cuerpo femenino o adjetivos que también aluden más a la belleza que a los propios méritos deportivos.
Otro ejemplo es el del portal digital Olé. Este diario, al lado de categorías como fútbol, voley, handball, presenta una sección llamada “diosas”, ¿qué es esto? una sección donde las noticias tienen que ver con la belleza femenina, videos “hot” que filman atletas mujeres o el top10 de las deportistas más lindas de la semana.
De igual modo, en uno de los grandes portales deportivos más consultado de nuestro país, TyC Sports, existe una categoría similar a la de Olé, “endiosadas”. En esta última, también se alude al cuerpo de la mujer, pero incluye ahora a las mujeres de los deportistas. Incluso, en el programa de televisión de TyC Sports, también se le da a la mujer un rol particular, un claro ejemplo, es el de María Sol Pérez, más conocida como “la chica del clima” o “la sobrina de Pérez” (por el periodista de basquet Fabián Pérez). Si bien participa del programa “Uno contra Uno” comentando sobre el tema del que se esté hablando, ella siempre se encuentra de pie en una esquina y junto a una pantalla, donde muestra tuits y encuestas. Se le hace un plano general de su cuerpo, pero tanto de atrás como de adelante, se la enfoca muy de cerca, a su cola y a sus lolas. Y como si fuera poco, cuando ella toma la palabra suena de fondo una música erótica.
Todos estos ejemplos de cobertura mediática no hacen más que reproducir lógicas patriarcales, que no hacen más que darle ciertos atributos a la mujer, incluso en el ámbito deportivo. En palabras de Louveau “se espera siempre la misma mujer, ideal y canon, la seductora a la que se le asigna ante todo una función decorativa y de objeto sexual”.
El género en la sociedad
Llegado a este punto, es posible derribar aquel mito de la libertad femenina occidental que acompañaba a la imagen de las jugadoras del beach voley. Nuestra cultura está lejos de olvidarse de la opresión por género. Para una mayor precisión, los conceptos de la filósofa feminista, Alicia Puleo de “patriarcado de coerción” (imposición del poder masculino mediante la fuerza) y “patriarcado de consentimiento” (sometimiento de la mujer a través de acuerdos tácitos o explícitos de la hegemonía masculina), ayudarán a esclarecer qué tipo de patriarcado impera en cada sociedad y cuál particularmente en la nuestra.
En el patriarcado de consentimiento, la mujer cree obrar en libertad, pero en realidad está obedeciendo a nuevas consignas. Sufre ahora de violencias de “baja intensidad” del hombre hacia la mujer, las formas y modos larvados y negados de abuso e imposición de la vida cotidiana, lo que es conocido con el término de “micromachismos”. “El patriarcado -dice Celia Amorós, filosofa feminista-, es un sistema milenario que va adaptándose a cada nueva estructura económica y política (es metaestable)”.
Sin embargo, la autora señala el aspecto político del patriarcado, en su constitución a través de “un sistema de prácticas reales y simbólicas y toma su consistencia de esas prácticas”. El patriarcado no es entonces una esencia, sino una organización social o un conjunto de prácticas que crean ese determinado ámbito material y cultural, con las condiciones necesarias para que continúe la hegemonía masculina.
“Considerar que el patriarcado es una política significa que no hay un fundamento ontológico que lo legitime y explique. No hay esencias masculinas y femeninas eternas que esten en la base de la división sexual del trabajo o en las conductas que se consideran correctas para cada sexo.” ( Puleo, 1995–10 Palabras clave sobre mujer)
Desde este punto de vista, los destinos inexorables no existen porque se tiene la posibilidad de transformar la realidad, de discutir sentidos. Es entonces necesario señalar aquellas prácticas que encubren lógicas favorecedoras a la hegemonía de un género sobre el otro, para poder de-construirlas y construirlas nuevas y mejores. Cuestionarse las prácticas que parecen inofensivas y ajenas a estas lógicas -como la vestimenta en el beach volley o el discurso mediático deportivo-, es también una acción necesaria si se está en la búsqueda de una sociedad más justa e igualitaria.
Nunca hay que olvidarse, lo personal es político.