(Desencuentros]

Estaba sentada, mirando las estrellas como de costumbre, creía de niña que ese era mi mejor escondite, levantar la mirada, y cerrar los ojos…
Mi padre me creía una pequeñita astronauta romántica, pues llegué a coleccionar en sinfín las rocas que vendían en las papelerías antañas para aprender geografía… Y rodeaba por mi casa, imaginando que quizá las rocas y minerales que tenía en mano estaban en otro planeta, otra galaxia.

Tengo 24 años y vagar en el cielo nunca se ha pasado de moda, pues es mi religión desde que estoy en la Tierra, mirar el cielo por las noches. De repente, César Rigorte se me pasa por la mente dictando junto con la imaginación:

Alegorías de las más reales obras de arte en el tiempo, sí, somos aquello…
las personas que nos encontramos en nuestro camino poseen un hilo especial
en nosotros y viceversa, caminando, tropezando, corriendo, moviéndose en función del mundo, a dispar, en desencuentro, en una manera de asíntota. Recordando secuencias, como diferentes gamas de colores, sabores, visiones, todas en común ellas, volviendo a un encuentro pero jamás colisionando, pues estas alegorías son imagen del arte que nos dista del magnetismo. 
Imposible creer que caminamos en retroceso a un punto máxime en el cual nuestras almas rozan en milisegundos enérgicos.

Las estrellas bailan, se mueven, no, hoy no hubo mariguana para mí, pero el corazón recuerda el jugo de la soledad. La nostalgia, y aquél canijo, siempre se las sabe fumar a solas, fungiendo en mí unas maravillosas utopías.

César Rigorte y yo, Cassandra, somos a dispar, en continuo desencuentro.

(- ∞, + ∞)

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