Pastillas

O de cómo vivir con cosas cotidianas

TW: Fármacos, patologización, disforia, neurodivergencia, ADHD, insomnio, enfermedad mental, depresión, suicidio.

Primero vino el cosquilloso y ácido sabor de un Mejoralito*. La pastillita rosa fue inocente testigo de mi creciente necesidad, me dolía la cabeza casi diario, no soportaba la luz, me dijeron que se llamaba “migraña”, me dijeron que mi cabeza no era “normal”.

Después llegaron cinco botes de pastillas, un doctor me las acercaba y yo quería tomarlas todas porque tenían hermosos colores brillantes. Tras tomar una, sólo recuerdo el tono de reproche de mi madre y su voz riñéndome:

“Nunca volverás a tomar nada de esto. Tú estás bien”

Nada más lejos de la realidad, lo comprobaría en unos años.

La adolescencia trajo una maleta llena de regalos no pedidos. La regla me hizo conocer dolores que acentuaron las dudas sobre mi cuerpo que sólo atiné a esconder. También trajo los analgésicos duros, nada como esos medicamentos de venta libre que cargaban mis compañeras de la escuela, yo tenía permiso de pastillas fuertes.

Luego llegaron a mi vida, como un ejército, las pastillas anticonceptivas. Se me dio el Santo Grial de la vida adolescente: yo podía coger sin concebir, tuve cierta inmunidad, cierto halo del deseo de los chicos. También llegaron las náuseas, el mareo, la eterna y descontrolada subida de peso. Por algunos años, lo dejé.

Pero ahora siguieron las pastillas para dormir, en todos las presentaciones y tamaños. ¿Naturistas? Sí, ¿Efedrinas? ¡Por supuesto! Eran tiempos antes de la prohibición en pastillas para la gripe. Las del mostrador y las del enfermero picarón, muchas, casi todas. Hasta que dijeron que me quería suicidar, después de siete días sin pegar ojo yo sólo quería dormir.


Todo lo demás llegó como un carnaval, psiquiátrico, recreativo, exploratorio, nómbralo como quieras. Son las “ventajas” de ser hijx de médicos y cargar un Vademécum en la cabeza, he tenido suerte con las mezclas, o quizás sólo un hígado poderoso.

Las alergias me obligan a salir con antihistamínicos en los bolsillos, incluso en los bolsillos de mis amigas. Si me toca un mesero distraído o una carta no-honesta y no los tengo a mano, muero, no es retórica.


Tomaré, por lo menos, tres pastillas diariamente de aquí a que muera. Paradójicamente quiero tomar de esas otras hormonas, de las que se inyectan, pero al cierre de esta redacción dicen los doctores que NEL, VUELVA EN 6 MESES.


De algún modo, tengo la oportunidad de escribir esto y ver las pastas de otro modo. Nuestra relación sigue siendo una mierda, sigo sin poder vivir sin ellas, literal y figurativamente.

Si esto es una mierda, quiero hacer composta. Potenciarme, dice una amiga, por y desde la mierda. Hacerle canciones como hacen Débil, o por lo menos reirme de todo esto, comprándome una mega cápsula como el pastillero de bolsillo que ilustra esta entrada.

Ya es hora de tomarme la pastilla.

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