El primer año de Diego

Diego llegó a este mundo siendo Camila Troncoso. Vivió 24 años en un cuerpo que no le pertenecía. Decidió abrirle camino a su verdadero yo, y hoy vive el proceso de la transexualidad masculina.

Diego Troncoso
Camila Troncoso

La sala de estar de la clínica estética María Elena está repleta. Las mujeres instaladas en asientos oscuros esperan saber el estado en el que se encuentran sus implantes mamarios y sus liposucciones. Algunas están hojeando las revistas Paula y Sábado, otras están tecleando en sus celulares. Todas vienen a lo mismo, lo que convierte a Diego en el bicho raro del lugar.

La gente lo mira preguntándose qué le falta o qué le sobra.

“La secretaria y la quinesióloga me han contado que la gente les pregunta: Y él, ¿a qué viene?”, cuenta Diego entre risas.

Finalmente sus tortuosas dudas terminan cuando Diego es llamado por la Dra. Fuentes.

“Este fue el primer lugar en donde me llamaron por mi nombre”, confiesa.

Vistiendo un chaleco oscuro y un pantalón de buzo ancho, sumado de un corte de pelo que exilió sus largos y rubios mechones, Diego, egresado de Psicología, 24 años, intenta materializar su identidad. Sin embargo, sus extensas pestañas, rosados labios, nariz diminuta y coloradas mejillas arrastran el viejo disfraz de Camila, atrayendo miradas y cuestionamientos sobre su género.

La doctora sujeta pequeños trozos de algodón con unas pinzas para desinfectar las heridas que dejó la mastectomía. De las cicatrices aparecen varias gotas e hilos de sangre. A pesar de la brusquedad de la limpieza, Diego admite que no siente nada. Su vista dispara a los implantes de silicona que adornan toda la sala.

Tenía 780 gramos en cada seno, cantidad mayor al implante promedio que se ponen las mujeres, es por esta razón que las huellas en su torso son bastante notorias.

Mientras camina por Av. Nueva Providencia muchas mujeres lo miran con interés. Su seguridad es evidente, a pesar de que le incomoda el hecho de que su entrepierna se ve un poco plana, sonríe y hace bromas en relación al tema: “Me voy a poner un calcetín”. Pero lo cierto es que para él nunca ha sido una opción operar su zona genital, considera que en Chile no ofrecen lo necesario en esta materia.

Descubrimiento

Dos semanas después Diego está en su casa, la que comparte con sus padres, hermana, pareja y perros en la comuna de Quilicura. Acomodado en su cama, muestra una actitud apática y menos vanidosa; con ropas anchas y cortas que exponen los vellos de sus piernas.

Las fotos de la época escolar dan la bienvenida a su espacio. La calidez que entregan al ambiente guarda un gran engaño.

Esa fue la peor época.

“Cuando tenía diez años un compañero le pidió permiso para pololear conmigo a mi mamá. Cuando ella me contó yo me puse a llorar. Yo dije qué asco, no puedo. Ahí ya sentía esa angustia”, recuerda mientras mira su foto de curso.

En esos días se sentía asexuado. Trataba de no pensar en ningún sexo. Se dejaba llevar por los rasgos de personalidad, pero aun así no le gustaba nadie.

Ahí sintió la imposición de su familia homofóbica: le preguntaban por qué no pololeaba ni era femenina.

“La relación con mi papá era muy de padre a hijo. Jugábamos a la pelota, arreglábamos cosas, yo lo ayudaba, le pasaba las herramientas. Y en el colegio me juntaba con puros hombres, también jugaba a la pelota y a los juegos que jugaban ellos. Era súper ágil físicamente, más que el promedio de mis compañeras mujeres, nunca conocí a una compañera que corriera más rápido que yo”, comenta.

Frente a las dolorosas circunstancias, Diego quiso siempre que su familia sufriera lo menos posible: “Tuve pololos para complacer a mi familia, nunca duraron más de dos meses. Eran muy parecidos a mí, hacíamos las mismas cosas. Lo de pareja lo dejaba de lado. En el momento en que ellos querían tener algo más como pareja, yo lo evitaba o buscaba alguna razón para terminar”.

Nunca se sintió lesbiana, porque a pesar de que le gustaban las mujeres nunca se sintió mujer. Era imposible. Y comprender ese gran dilema fue una de las motivaciones que lo llevaron a estudiar Psicología

Archivo personal.

Antes de entrar a la universidad, durante los últimos meses de cuarto medio, sufrió de bulling. Recuerda que una vez tuvo que salir a la pizarra a resolver un ejercicio y un compañero le gritó: “sácate los pantalones de tu hermano”. Otras veces le decían que “se hiciera mujer”, lo que provocó que vomitara constantemente en jornadas de clase.

Se metió a estudiar en vespertino para no tener compañeros de su edad y no tener que lidiar otra vez con el acoso. Lo consiguió.

El proceso

Según el endocrinólogo Rafael Ríos, quien fue el primero en tratar a Diego, él padece de transexualidad masculina, esto surgió por un mal de cromosomas de genotipo. Tenía cromosomas de hombre pero nació como mujer, éstos producían muchas hormonas femeninas, provocando un sobre estimulo de hormonas femeninas que se detuvieron hace algunos años, lo que generó que su cuerpo retrocediera y manifestara rasgos masculinos como manzana de Adán, un mentón más cuadrado y exceso de vellos. Como debió ser en un principio.

La primera relación estable con una mujer surgió en la universidad. Ana Alarcón llegó a su curso en el penúltimo año de la carrera y actualmente llevan casi dos años de relación. Mientras él se planteaba una vez más lo de su identidad ella le dijo: “¿Por qué no cambias para ser feliz?, ¿qué te detiene?”

Llegó a la Organización por la Dignidad de la Diversidad (OTD), donde se familiarizó con los conceptos, respondió sus inquietudes y conoció experiencias. Gracias a ellos conoció al Dr. Rafael Ríos, y también a un departamento de jurisdicción para cambiarse el nombre legalmente. Ellos le permitieron dar uno de los pasos más difíciles: un psiquiatra certificó que estaba en condiciones de ser operado.

La espera había terminado.

La coronación de este proceso fue el pasado 09 de mayo: su pareja y su mamá le organizaron un cumpleaños sorpresa al que llegaron los familiares más cercanos. En la celebración le expresaron mensajes de apoyo y cariño. Inmortalizaron el momento con una torta de panqueques de chocolate que decía: “Feliz primer año Diego”.

Archivo personal