Darjeeling eterno

El día que salí de Nepal, lo hice por el lado contrario, por el más complejo y por el que pocos turistas escogen, el de Kakarbhitta, solo porque era la vía más corta para llegar a Darjeeling, una ciudad obsesión que solía tener gracias a Wes Anderson.
Tenía muy poco tiempo para mi travesía, en menos de una semana necesitaba visitar Darjeeling, ir a Calcuta pedir una visa y volar Bangkok, y aunque era un misión destinada a fracasar, qué sería de la vida sin esa adrenalina generada cuando estás arriesgando todo por algo que no sabes cómo va a terminar.
Tomé un bus de 16 horas desde Katmandú y llegue a Kakarbhitta.

Un pueblo frontera de esos en los que no pasa nada más que tristeza y solo se ven circulando personas que no pertenecen ahí.
Me baje del bus, caminé hasta migraciones, una casa en mal estado que solo tiene como propósito “Vigilar el transito” de Nepal a India y me sellaron el pasaporte, dejando Nepal con esa nostalgia tan especifica, por todo lo que ahí paso.
Los policías fronterizos como todos a su alrededor me miraban un poco incrédulos, por ser una mujer viajando sola, cruce el puente caminando con mi mochila de 14kg, con una determinación que hoy no me creo, con esa mezcla exacta de miedo, y orgullo propio.
Llegue a Panitanki, la horrible ciudad frontera del lado de la India, siendo la única occidental a la redonda, tomé más buses, y finalmente llegué a mi adorado Darjeeling,


Vi pasar el famoso tren, conocí las hermosas plantaciones de té y como si no fuera fruto de la casualidad pero si del destino en el que no creo, me cruce, en una vieja fabrica con un particular viajero de unos 70 y tantos, ex profesor de literatura de Princeton y termínanos caminando para contarnos nuestras vidas, para evitar la soledad.
Cuando le conté las historia de mi viaje y la razones porque las que estaba haciendo lo que estaba haciendo, me dijo algo que hasta ahora, es el mejor cumplido que jamás había recibido:
“Ojalá hubiera tenido más estudiantes valientes como tú”,
y es por eso que la cruzada de ese puente, es un hito histórico en mi vida.
Porque ahora que un finlandés de 1.85m, se convirtió en mi compañero de aventuras, mi vikingo propio, el que me da una sensación de seguridad más grande que andar con el FBI a espaldas, ya no viajo sola.

Y me sorprendo constantemente pensando en cómo hubiera sobrevivido sin él, a los fiordos Noruegos, a los -16 grados necesarios para ver la Aurora Boreal, a la montaña Salkantay en Perú, o a los tantos viajes que ahora hacemos. Sin él, que siempre sabe exactamente dónde está, y cual es el camino de regreso a casa, cualquiera que sea este, (tenemos este vicio de andar creando hogares temporales alrededor del mundo.
Pero un día, en un desespero de independencia me fui sola a Bolivia, y estando en Isla de Sol con una vista increíble al Titicaca, pero completamente sola.

Me di cuenta que no es que necesite viajar sola, lo que necesito es encontrarme con la Valentina valiente que cruza fronteras al otra lado del mundo, que es capaz de eso, y todo lo que la vida quiera ponerle en frente, por eso Darjeeling es uno de mis trofeos propios, un lugar al que recurro en la memoria para encontrarme con la versión más valiente de mi misma.

Al final si algo me han enseñado los viajes es que nada pasa por casualidad, finalmente y contra todos los pronósticos obtuve la visa a Tailandia en tiempo record, viaje de Calcuta a Bangkok, y dos semanas después en un pequeño pueblo llamado Pai, el vikingo apareció en mi vida.
Hoy después de un poco más de 2 años de la cruzada de ese puente, aunque daría mucho por volver a recibir las palabras de asombro por ser alguien capaz de hacer semejantes travesías sola, porque nadie te alaba cuando dices que viajas por el mundo con un Vikingo protector, debo decir que ninguno de esos viajes, me hace sentir tan feliz como los que hago con él.
Porque en mi caso, puedo afirmar que es cierto lo que dicen por ahí,
“La felicidad solo es completa cuando es compartida.”
