Nepal y cómo el terremoto me sacudió la existencia.

Fue un acto de rebeldía, lo sé, por simple altruismo o por ganar protagonismo, quedarme en Nepal después de vivir uno de los dos terremotos que representa una de las mayores tragedias para la humanidad en el último siglo, sin duda lo fue.

Ignorando el consejo del gobierno colombiano y las angustias de mi madre, me deje llevar por un impulso sordo y testarudo que hoy me lleva a contarles lo que voy a contar.

Los detalles de cómo paso todo, lo saben casi todos, y no es importante porque en mi destino estaba llegar a Nepal para que me diera cuenta de una vez por todas de que se trata la vida, la de verdad, no la de los cuestionamientos existenciales que nos abruman a todos porque el sueldo nunca es suficiente, les hablo de la vida que depende de si un helicóptero puede llevar suplementos a la cima de una montaña o de las horas que tarda un cuerpo de rescate en encontrar el cuerpo de una madre mientras sus hijos lloran viendo el proceso de remover escombros, la vida que añora un pedazo de plástico para tener un refugio con la esperanza de que las fuertes lluvias que están por venir no hagan más daños a un país que tiene la herida abierta y el seguro no le cubre el quirófano ni el cirujano, si no que esta en medio de una operación a campo abierto, esperando que cualquier cristiano que pase por la vía lo remiende a punta de curitas que solo sanan la superficie, como para medio seguir andando.

Vine a Nepal para entender que la suma de muchos anónimos sin logo en la camiseta, también pueden salvar vidas, que seguir el corazón es a veces es la más sensata de las decisiones y que estar ante un conjunto de incertidumbres y riesgos puede ser la base definitiva de una nueva forma de ver la vida.

Porque si hay algo que tengo que decir, es que ya nada, para nadie de los que estuvimos ahí volverá a ser igual, entre las muchas versiones de cómo a cada quien le toco vivir esto, la historia terminará siempre en: “Y entonces paso el terremoto”, un movimiento de la tierra que acabo con la vida de miles de personas, pero no con la mía, la mía permaneció intacta incluso después del segundo y las replicas que sentíamos a diario desde las aldeas en las montañas o por las calles de Katmandú, y es que Nepal me dio la oportunidad de experimentar lo que la suerte significa de verdad, ese conjunto de situaciones que suceden de una manera y no de otra para que lo tenga que pasar les pase a otros y no a mi.

Nepal me volvió experta en clasificar urgencias, en priorizar y dejar de poner todo en la lista de lo importante.

Ver a los nepalíes reconstruir sus casas sobre los escombros que quedan de la anterior es sin duda la más valiosa de todas las lecciones, una lección que llego desbaratada y fraccionada y que hoy unos días después de haber salido de Katmandú y retomar mi viaje vine a unir los pedazos y ponerlos sobre mi cabeza.

Hoy llegué a Bangkok sintiéndome aturdida por todo lo que paso, como si aún no terminará de entenderlo, anhelando un abrazo de los míos, cansada de tanto rodar, en la crisis de la mitad del viaje, del viaje de la vida.

Hace 5 meses salí de mi casa, paso Nepal me sacudió la existencia y será otra persona la que en 5 meses regresé a ella.