La originalidad está sobrevalorada

Debemos desterrar la idea del genio solitario, de los momentos eureka, y de la intelectualidad como un fenómeno privado.

Graphic Design is a Process” by Lilith Louise Lysgaard Hasbeck (CC BY-NC-ND 4.0)

Es un poco esquivo el origen de la pretensión por la originalidad. Quizás remite a cierto interés por ser especiales, por haber hecho algo que nunca nadie antes haya hecho — o dicho — pero creo que es equivocado; no creo que debamos ser originales. O mejor dicho, creo que la originalidad pasa por otro lado.

A veces la reacción frente a una idea que se nos cruzó por la cabeza puede ser lamentarnos porque eso mismo, tal cual, se nos había ocurrido también. La angustia viene, quizás, de la sensación de falta de originalidad. Al final nuestra idea, tan brillante que parecía y nos alegraba, era la misma idea que tuvo el tipo este que habla en la pantalla. El asunto es que encontrar nuestras ideas en alguien previo no es sino un enorme motivo para alegrarnos.

Las ideas prácticamente nunca surgen de la nada. Más bien, el “adyacente posible” del que nos hablaba Steven Johnson en su historia natural de las ideas es expandido cada vez que las ideas actuales son recombinadas de una manera novedosa, y no necesariamente cuando ex nihilo un genio solitario tiene un momento eureka. Puesto de esta forma, nuestra pretensión de originalidad puede mutar en algo quizás más concreto: la pretensión de expandir el adyacente posible.

“The strange and beautiful truth about the adjacent possible is that its boundaries grow as you explore them. Each new combination opens up the possibility of other new combinations. Think of it as a house that magically expands with each door you open. You begin in a room with four doors, each leading to a new room that you haven't visited yet. Once you open one of those doors and stroll into that room, three new doors appear, each leading to a brand-new room that you couldn't have reached from your original starting point.
Keep opening new doors and eventually you'll have built a palace.
—Steven Johnson, The Genius of the Tinkerer

Esta recombinación de la suma de la producción cultural de la humanidad hasta el momento en el que nos encontramos es el reconocimiento concreto de que todo es un rémix. El amplio lugar que hay para la novedad está en tomar aquello que fue producido por alguien más y recombinarlo de una manera novedosa. El truco está en poder reconocer cuáles son los elementos de los que disponemos para poder remixarlos.

En el caso de una canción, a veces contamos con las pistas que hacen a la mezcla. Secuencias pre-producidas separadas por instrumento, por ejemplo, donde podemos echar mano. A veces, incluso, contamos con mayor granularidad y podemos remezclar las propias pistas de instrumentos, y así sucesivamente. En el caso de las ideas, quizás el símil más útil es el de los libros donde hay que unir los puntos. En principio la página nos presenta una constelación de puntos con números y a partir de estos números y sus uniones podemos formar una figura posible, delimitada previamente. La salvedad sería, en este caso y para nuestro deleite, que nuestros puntos no tienen números.

Creativity is just connecting things. When you ask creative people how they did something, they feel a little guilty because they didn’t really do it, they just saw something. It seemed obvious to them after a while. That’s because they were able to connect experiences they’ve had and synthesize new things. And the reason they were able to do that was that they’ve had more experiences or they have thought more about their experiences than other people.”
— Steve Jobs @ Wired
Milky Way from snowpeak (CC-BY 2.0)

La analogía con las constelaciones no es ingenua. ¿Por qué las estrellas que forman a la Ursa Major o a Orion forman esa y no otras constelaciones? La respuesta no está en las estrellas sino en quienes las observaron y tomaron nota. En nuestras exploraciones intelectuales debemos salir a la búsqueda de estrellas, de puntos con los que formar constelaciones eidéticas. Estos puntos pueden ser las series que miramos, cada libro que hojeamos, aquel artículo que encontramos, esa idea que tuvimos al mirar por la ventana del colectivo, una reflexión surgida en una cena con amigos…, en fin, las posibilidades se aproximan al infinito. Para poder empujar el adyacente posible, entonces, debemos nutrirnos de puntos para unir. En última instancia, la creatividad surgirá de la variedad de nuestras experiencias.

¿Y de dónde vienen las buenas ideas? Las ideas, tomadas como puntos, no son más que constelaciones vistas desde muy lejos. Al alejarnos, sus complejísimos entramados se disuelven hasta parecer simplemente un punto. No hay idea que al acercarnos no se muestre como una constelación de personas, lugares, eventos, que hicieron posible cierta combinación, resultando en, por ejemplo, la teoría de la selección natural o la invención de YouTube. El juego de la creatividad está en saber hacer zoom para poder ver estos puntos, y luego alejarnos, para entender que nuestras propias constelaciones pueden ser un punto en la constelación de alguien más.

Cuando escuchamos una idea en una conferencia que resulta ser la misma misma idea que tuvimos cuando nos bañábamos esa mañana no debemos desalentarnos, sino más bien, entusiasmarnos. En mi caso, no soy un ávido consumidor de charlas TED, pero sí un frecuente lector de los libros que escriben sus oradores. Paso directamente a sus ideas sin mediar por el irritantemente exitoso formato de las charlas, y me resulta bastante bien. Al encontrarme con observaciones similares a las que en algún momento tuve, las sumo a mi constelación. Tomo nota de estas ideas, de quién las dijo y de dónde aparecen, y como si se tratara de un jugador más en mi equipo, lo dejo sentado por si en algún momento tengo que pedirle que empiece a entrar en calor.

De este modo busco reforzar mis propias perspectivas. Salvo en casos extraordinarios, siempre encontramos que si bien lo que dice alguien coincide con nuestro punto de vista, en algún lado siempre hace agua. Y ahí es donde entramos nosotros, a reforzar aquello con lo que coincidimos y derribar aquello con lo que no, en un clásico ejercicio dialéctico. Así es como reconocemos el trabajo y las propias exploraciones intelectuales de quienes estuvieron antes, adquiriendo confianza en nuestras propias ideas, o mejor dicho, en nuestra versión particular de la constelación eidética.

Creo que debemos desterrar la idea del genio solitario, de los momentos eureka, y de la intelectualidad como un fenómeno privado. Por el contrario, creo en la apertura de nuestros procesos creativos; en desmenuzarlos, en dedicarnos a entender cómo funcionan para mejorarlos o abandonarlos por otros mejores. Un primer paso es sacarnos de encima el peso de ser originales, al menos en este sentido que nos corroe. Propongo, entonces, entendernos como entusiastas infantes sentados frente a libros con puntos para unir de los que corajudamente decidimos ignorar los numeritos para formar un dibujo que nadie, ni siquiera quienes hicieron el libro, imaginaron antes.


Curiosidades

Nothing is original. Steal from anywhere that resonates with inspiration or fuels your imagination. Devour old films, new films, music, books, paintings, photographs, poems, dreams, random conversations, architecture, bridges, street signs, trees, clouds, bodies of water, light and shadows. Select only things to steal from that speak directly to your soul. If you do this, your work (and theft) will be authentic. Authenticity is invaluable; originality is nonexistent. And don’t bother concealing your thievery — celebrate it if you feel like it.
In any case, always remember what Jean-Luc Godard said:
“It’s not where you take things from — it’s where you take them to.”
— Jim Jarmusch @ Movie Maker