¿Lo importante es saber programar?

Acerca de la máxima “programa o sé programado” de Rushkoff, desplegada en su libro del mismo nombre.


De la misma forma que las advertencias sobre el cambio climático han ido aumentando en volumen y frecuencia, en los últimos tres o cuatro años vimos un aumento demencial de las advertencias sobre la importancia de aprender a programar. La máxima “programa o sé programado” (quizás introducida por Douglas Rushkoff en su homónimo “Program or be Programmed” de 2010) se volvió casi eslógan de un movimiento.

Hace poco menos de un año, y en sintonía con este movimiento, surgió la iniciativa de code.org. Esta organización sin fines de lucro cuenta con auspiciantes tales como Bill Gates y Mark Zuckerberg y con entusiasmo rayante con la euforia afirma que “todos pueden aprender”. En efecto, su principal propuesta -The Hour of Code- , llevada a cabo por primera vez entre el 9 y el 15 de diciembre de 2013, se jacta de haber logrado que más de 23 millones de personas hayan aprendido una hora de código y en conjunto hayan escrito unas 771,464,080 líneas de código.

Adelantándose a las críticas, code.org aclara que medir el progreso en líneas de código es ridículo, pero es la mejor medida que encontraron. Ese número, de hecho, remite únicamente a los usuarios de los tutoriales en su plataforma (unos 10 millones), y no a la totalidad de personas que participaron del evento (poco más de 23 millones).

Tal fue el alcance de la iniciativa que inclusive en Argentina el Ministerio de Educación unió esfuerzos con los andamiajes de Conectar Igualdad y educ.ar (entre otros) y puso en marcha lo que bautizaron “La hora de <PROGRAM.ar>”, que básicamente consistió en la propuesta de code.org aunque con el branding gubernamental. Sin embargo, cabe mencionar el rol estelar de Pilas Engine, desarrollado íntegramente en Argentina, que consiste en una plataforma para aprender a programar desarrollando videojuegos (el creador, Hugo Luis Ruscitti, trabaja ahora en Conectar Igualdad en línea con el objetivo de enseñar programación con las netbooks entregadas por el gobierno).

Quizás no se trata de aprender a programar…

Las palabras de Rushkoff, más allá de lo sugerente del título, no remiten directamente a la importancia de aprender sintáxis y semántica formales para lograr volcarnos en líneas de código y desarrollar nuestros propios programas. En cambio, el punto central de Rushkoff remite a la importancia de entender la relación que mantenemos con la tecnología. Después de todo el subtítulo del libro es “10 mandamientos para una era digital”, no sólo en clara alusión a los mandamientos bíblicos sino también dejando en evidencia que el libro es un tratado ético respecto de la tecnología digital.

El eje del libro es que en cada revolución mediática cambia la perspectiva que tenemos frente al mundo. La influencia de “Understanding Media” (1964) de Marshall McLuhan se hace evidente ya en la introducción: el medio a través del que nos comunicamos afecta a la sociedad en cuestión, no por el contenido que transmite sino por las características mismas del medio.

When human beings acquired language, we learned not just how to listen but how to speak. When we gained literacy, we learned not just how to read but how to write. And as we move into an increasingly digital reality, we must learn not just how to use programs but how to make them. (p. 7)

El plan del libro es, entonces, que logremos reconocer de qué forma los medios o herramientas (en este caso, digitales) afectan no sólo nuestra cosmovisión sino también nuestro comportamiento. El argumento a destacar en el despliegue de Rushkoff es que este fenómeno cobra un matiz muy especial cuando se trata de las tecnologías digitales.

Haciendo una revisión a vuelo de pájaro -aunque fina- sobre una suerte de genealogía de las herramientas, ubica en un lugar especial a las tecnologías digitales. Estas ya no son meras herramientas sino que son más bien parecidas a los seres vivos: traen instrucciones no sólo para su uso, sino también para ellas mismas. Aquí se detiene a ubicar en “un rol cada vez más importante” a la gente que las programa (lo que llamará pequeñas elites).

Es importante reconocer que en última instancia serán las herramientas mismas las que le darán forma a nuestro mundo, con o sin nuestra explícita cooperación. (p. 8)

Su introducción no intenta ocultar ni por un instante el agrio sabor del futuro que nadie deseó, desplegando ejemplos de desencanto tecnológico a diestra y siniestra:

Retailers migrate online only to find their prices undercut by automatic shopping aggregators. Culture creators seize interactive distribution channels only to grow incapable of finding people willing to pay for content they were happy to purchase before. Educators who looked forward to accessing the world’s bounty of information for their lessons are faced with students who believe that finding an answer on Wikipedia is the satisfactor y fulfillment of an inquiry. Parents who believed their kids would intuitively multitask their way to professional success are now concerned those same kids are losing the ability to focus on any one thing. (p. 9)

La estrategia argumental de Rushkoff no pretende ni por un instante ser sutil. A través del desencanto con la era digital es que busca empujar su agenda por el uso crítico de la tecnología:

Una sociedad que veía a internet como un camino hacia comunicaciones altamente articuladas y hacia nuevos métodos de creación de significado, en cambio, se está encontrando a sí misma desconectada, denegada de pensamientos profundos y drenada de valores duraderos. (p. 10)

No tiene por qué ser así

Afortunadamente para el lector que no quiere escuchar sólo malas noticias, no tarda mucho en adelantarnos algo de optimismo: si conocemos los sesgos o tendencias de las tecnologías que usamos y nos volvemos participantes conscientes de sus emplazamientos podremos escaparle al holocausto tecnológico.

El libro está colmado de nuggets o bocadillos de sobrada lucidez, aunque no necesariamente de su autoría. Haciéndose eco de lo que autores como Shirky (“Here Comes Everybody”, 2006) o Rheingold (“Smart Mobs”, 2002) vienen profesando hace años, Rushkoff nos aleja de la idea de que el pensamiento es un fenómeno exclusivamente privado y propone que el pensamiento…

…es algo que sucede de una nueva manera, interconectada. Pero el organismo cibernético, hasta ahora, funciona más como una muchedumbre [mob] que como un cerebro humano colectivo. La gente está siendo reducida a sistemas nerviosos configurables, mientras que las computadoras son libres de interconectarse y pensar de formas más avanzadas que lo que alguna vez lograremos. (p. 11)

Perdonándole el descuidado uso de “pensar”, el punto no deja de ser interesante. De algún modo alinéandose con aquel desliz de las “máquinas pensantes”, no pierde un instante antes de anunciar que “la resistencia es inútil”, pero que “también lo es el abandono de la experiencia personal de cada individuo. No somos solamente una mente colmena operando en un plano completamente divorciado de la experiencia individual. Hay un lugar para la humanidad, —para todos nosotros— en el nuevo orden cibernético.” (p. 12)

Las revoluciones mediáticas ofrecen a las personas perspectivas completamente nuevas para relacionarse con el mundo

Algunos ejemplos (p. 12) son:

  1. Lenguaje: aprendizaje compartido, experiencia acumulativa, posibilidad de progreso.
  2. Alfabeto: Contaduría, pensamiento abstracto, monoteísmo y ley contractual.
  3. Imprenta y lectura íntima: Individualidad, religiosidad personalizada, derechos humanos, la Ilustración.

Lo que Rushkoff argumenta aquí es que en cada revolución mediática no solo el status quo cae bajo escrutinio, sino que se revisa y reescribe por aquellos que logran tener acceso a las nuevas herramientas. Este acceso, desafortunadamente, suele estar limitado a las «pequeñas elites»:

  • La invención durante la Era Axial del alfabeto de veintidós caracteres no llevó a una sociedad de israelitas alfabetizados, sino a una sociedad de oyentes que se juntaban en la plaza del pueblo a escuchar a un rabino leerles la Torá.
  • La invención de la imprenta llevó a una sociedad de lectores, y no a una de escritores.
  • La radio y TV son medios de uno-a-muchos que distribuyen historias e ideas de una «pequeña elite».
  • No hacemos televisión: la miramos.
Las computadoras nos ofrecen, finalmente, la posibilidad de escribir. Y escribimos en nuestros blogs, sitios y redes sociales. Pero la habilidad que realmente importa de la era computacional es la de programar — que la mayoría de las personas no posee. (…) Le enseñamos a los niños a usar software para escribir, pero no les enseñamos cómo escribir software. Esto significa que tienen acceso a las capacidades otorgadas por otros, pero no tienen el poder para lograr determinar por si mismos las capacidades generadoras de valor que estas tecnologías ofrecen. (p. 13)

Creo que fue la lectura de este libro lo que me volcó por primera vez al estudio crítico de la noción de alfabetismo. Rushkoff resume con soltura algo que debería sernos obvio a esta altura: adoptamos las nuevas tecnologías y alfabetizaciones de nuestra era sin aprender realmente cómo funcionan ni cómo operan sobre nosotros. De este modo es que nos mantenemos siempre “un paso detrás respecto de lo que efectivamente nos ofrecen”.

La «pequeña elite» y el control de los nuevos medios

“La gente escucha mientras los rabinos leen; la gente lee mientras los que tienen acceso a la imprenta, escriben; hoy escribimos, mientras nuestra tecno-elite programa.” (p. 14)

Como resultado de esto, “la sociedad permanece ubicada muy por detrás del conocimiento y capacidad que tienen aquellos pocos que monopolizan el acceso real al poder, durante cualquier era mediática.” (idem)

Rushkoff insiste en que lo que sucede ahora no es como nada que la humanidad haya pasado antes: perder el poder esta vez es mucho más grave. Entender el sesgo de la tecnología no es un lujo sino un requisito. Lo que se pone en juego es nuestra mismísima capacidad de actuar (nuestra “agencia”).

“En una era digital, perder el poder podría significar rendirnos frente a las máquinas cediéndoles nuestra propia capacidad para darle forma a la realidad. El proceso parecería haber ya comenzado.” (idem)

Estamos optimizando a los humanos para las máquinas, y no al revés

Cualquiera que trabaje a diario desarrollando tecnología —en su estudio critico—, no podrá más que estar de acuerdo: “en vez de optimizar nuestras máquinas para los humanos, [estamos optimizando] a los humanos para las máquinas.” (p. 15)

El crescendo de la alarma que Rushkoff hace sonar desde el comienzo del libro llega aquí a su ápice: las decisiones que tomemos (o no) ahora mismo realmente importan tanto o más que aquellas que nuestros antepasados tomaron cuando tuvieron que lidiar con el lenguaje, el texto, o la imprenta. La diferencia esta vez está en la naturaleza de lo que ofrece la programación.

No estamos simplemente extendiendo la agencia humana a través de un nuevo sistema lingüístico o comunicacional. Estamos replicando la función de la cognición a través de mecanismos externos o extra-humanos. (idem)

Mientras que la era industrial nos desafió a repensar los límites del cuerpo humano (¿Dónde termina mi cuerpo y comienza la herramienta?), la era digital nos desafía a repensar los límites de la mente human (¿Cuáles son los límites de mi cognición?)

Mientras que las máquinas sólo usurparon el valor del trabajo humano, las computadoras y redes hacen más que sólo usurpar el valor del pensamiento humano. No sólo copian nuestras funciones cognitivas computables (repetitivas, recursivas, etc) sino que desmotivan nuestros procesos más complejos (cognición de orden superior, contemplación, innovación y generación de significado) que deberían ser en primer lugar el beneficio de “tercerizar” nuestra aritmética a los chips de silicio.

Aquí Rushkoff es tan duro como acertado: con las primeras computadoras podíamos no entender cómo funcionaban, pero teníamos una idea bastante buena de lo que hacían por nosotros, sin importar si se tratara de sumar un número con otro, encontrar una raíz cuadrada, o lo que fuera. En cambio, cuando se trata de computadoras y redes, y a diferencia de nuestras calculadoras, ni siquiera sabemos lo que les pedimos que hagan, mucho menos sabemos cómo lo harán.

Cada búsqueda en Google es un pedido a una caja negra. ¿Cómo sabe qué es relevante? ¿Cómo toma sus decisiones? Y tenemos muy poco tiempo —o al menos vivimos como así fuera— para preguntarnos sobre las consecuencias de no tener idea de lo que quisiéramos saber de nuestras computadoras.

Sin rodeos Rushkoff dice que no sabemos programar nuestras computadoras, ni nos interesa. En cambio, usamos mucho más tiempo tratando de entender cómo usarlas, y este es potencialmente un grave error.

La falta de inocencia de la tecnología

Luego de la introducción, donde no sobra una sola línea para contextualizarnos respecto de su programa ético de uso crítico de la tecnología, Rushkoff se vuelca en sus “mandamientos”. Estos estos están basados en torno a los sesgos o tendencias de los medios digitales, y sugieren cómo balancear estas tendencias con las necesidades de la gente real, “que vive y trabaja en entornos tanto físicos como virtuales y, a veces, en ambos al mismo tiempo.” (p. 20)

Según Rushkoff, un sesgo es simplemente una inclinación—una tendencia a promover un conjunto de comportamientos sobre otro. Y según esta definición todos los medios y tecnologías están sesgados:

  • “Las armas no matan, las personas matan”, pero la armamentística es tecnología que tiende más a matar que, digamos, un reloj de pulsera.
  • Los televisores promueven a la gente sentada en sillones mirando. Los automóviles promueven el movimiento, la individualidad y la vida en los suburbios.
  • La cultura oral está inclinada hacia la comunicación en persona, mientras que la cultura escrita lo está hacia la comunicación a través de espacio-tiempo diferido.
  • La fotografía analógica estaba inclinada hacia la escasez, mientras que la fotografía digital tiende a lo inmediato y masivo. (idem)
No podemos percibir el sesgo a medida que pasamos de tecnología en tecnología, o de tarea en tarea. Escribir un email no es lo mismo que escribir una carta, y enviar un mensaje a través de una red social no es lo mismo que escribir un email. No sólo cada uno de estos actos devuelve resultados distintos, sino que requiere de distintas mentalidades y acercamientos de parte nuestra. Del mismo modo que pensamos y nos comportamos de manera diferente en distintos contextos, pensamos y nos comportamos de diferentes maneras cuando operamos con diferentes tecnologías. (p. 21)

Y aquí es donde la síntesis de la “ética rushkoffiana” para el uso crítico de la tecnología toma su forma definitiva:

Sólo entendiendo las tendencias de los medios a través de los que nos relacionamos con el mundo es que podremos diferenciar entre lo que nosotros queremos y lo que quieren para nosotros las máquinas que usamos—lo sepan o no sus programadores. (idem)

10 mandamientos para una era digital

Este es un breve resumen de los puntos principales del texto. Puede leerse un resumen más completo de los mandamientos en este documento.

  1. Tiempo. No estarás siempre conectado. Internet es una red asincrónica, no es sensato depender de ella permanentemente. Debemos fomentar el reconocimiento de que “mi tiempo es mío”.
  2. Lugar. Vivirás en persona. No harás remotamente aquello que puedas hacer en persona. Usar tecnología desarrollada para la larga distancia en situaciones de corta distancia es desaconsejable; no es sensato usar la educación a distancia en contextos localizados.
  3. Elección. Siempre podrás elegir no elegir entre las opciones. La tecnología digital manipula valores discretos, dejando de lado los matices. Sitios como Facebook obligan a elegir de un conjunto definido de opciones, sin lugar a la diferencia. Es menester reconocer que nuestra opción no está incluida.
  4. Complejidad. Nunca tendrás toda la razón. La red tiende a reducir la complejidad. Inclinados en contra de las contradicciones y compromisos, los medios digitales polarizan todo en campos opuestos, incapaces de reconocer valores compartidos o lidiar con las paradojas.
  5. Escala. No hay talle universal. Internet tiende a poner todo en el mismo nivel. Se debe exaltar lo particular, lo diferente. No todo es escalable, debe escalarse o necesita escalarse.
  6. Identidad. Sé tú mismo. Nuestras experiencias digitales son incorpóreas. Polémicamente, Rushkoff ubica como un mandamiento el escape al anonimato. Dice: “el anonimato promueve el volverse parte de una muchedumbre o turba polarizada que carece de sentido de consecuencia, ignorando el prejuicio. (…) Mantener un estricto sentido de la identidad es liberador, inclusive fortalecedor”. (p. 89)
  7. Social. No venderás a tus amigos. Debemos recordar que la tendencia de los medios digitales es hacia el contacto con otras personas, y no hacia su contenido o dinero. Se refiere a la tendencia en plataformas como Facebook de ver a nuestros amigos o contactos como ‘bienes’, intercambiables por beneficios.
  8. Hechos. Dí la verdad. “La red es como un suero de la verdad: di algo falso y eventualmente será revelado como una mentira. La tecnología digital está inclinada en contra de la ficción y hacia los hechos, en contra de los cuentos y hacia la realidad. Esto significa que la única forma de comunicarse en estos espacios es decir la verdad.” (p. 100)
  9. Amplitud. Comparte, no robes. La arquitectura de las tecnologías digitales es una de recursos compartidos que ha engendrado una tendencia hacia la apertura. Es como si nuestras actividades digitales nos inclinaran a compartirlas con los demás. Rushkoff deja un enorme margen al disenso cuando afirma que “en tanto estamos inmersos en una cultura y economía inexperta en este tipo de colaboración, nos cuesta mucho distinguir entre compartir y robar.” (p. 115)
  10. Propósito. Programa o sé programado. “No es ni muy difícil ni muy tarde para conocer el código que hace funcionar a las cosas que usamos —o al menos entender que detrás de sus interfaces hay código. De lo contrario, estamos a merced de aquellos que las programan, de aquellos que les pagan, o de la tecnología misma.” (p. 128)

Y no se achica en este punto:

“Programar es el punto clave, el gran punto máximo en una sociedad digital. Si no aprendemos a programar, nos arriesgamos a ser programados. (p. 133)

“Program or be Programmed” es una lectura por demás amena y despertadora de pensamientos. Sospecho que gran parte de los lectores se sentirán ‘despertados’ por el tono de alarma de Rushkoff y por momentos inclusive ofendidos o eufóricamente ávidos de discutir la naturaleza a veces hiperbólica de algunos de sus “mandamientos”.

Es destacable la cuidadosamente curada selección de textos sugeridos al final del libro para aquellos lectores que decidan mirar a su computadora con otros ojos al cerrar el libro. No sólo tuvo el atino de de incluir clásicos como el mencionado texto fundacional de McLuhan, sino que también incluyó obras contemporáneas de tecnodisidentes como Lanier (“You Are Not a Gadget”, 2009), Kelly (“What Technology Wants”, 2010) o el magnífico “The Future of the Internet—And How to Stop It.” de Jonathan Zittrain (2009), que en los últimos años encendieron perspectivas no tan complacientes respecto de la tecnología y las maravillas del tercer milenio. Probablemente el lugar central de aquella generación lo ocupe ahora con su ruidosa personalidad l’enfant terrible Evgeny Morozov que con su “To Save Everything, Click Here” (2013) el año pasado nos ha dado de qué hablar en innumerables discusiones. Además de lecturas recomienda un par de documentales, costumbre que espero ver reflejada en otras obras y demostrando una consistencia inusitada para el tipo de lectura, recomienda herramientas para aprender a programar, muchas de las cuales son las que también recomienda code.org en su cruzada por una humanidad tecno-alfabetizada.

Lejos de ser la obra representativa del movimiento por el uso crítico de la tecnología que podría pretenderse con el título, “Program or be Programmed” logra destacarse por su ameno ritmo y su capacidad para invitarnos a repensar lo que hacemos con cada clic. Sin embargo, y más allá de cualquier observación, el libro es magníficamente efectivo en instalar la importancia de la comprensión del funcionamiento de la tecnología, sin entrar en la discusión sobre entender a programar o no.

Como si de un texto bíblico se tratara, cada lector encontrará un punto que le despertará escepticisimo (tanto de la tecnología como de Rushkoff mismo) y algún otro que lo llamará inmediatamente a la acción, aunque difícilmente tome con seriedad el despliegue ético del libro en su totalidad.

Program or Be Programmed: Ten Commands for a Digital Age” de Douglas Rushkoff fue publicado por OR Books, New York en 2010.
ISBN: 978-1-935928-15-7; ISBN: 978-1-935928-16-4.


Este artículo está en gran parte basado en una serie de clases dadas en la Cátedra Piscitelli de Datos en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) durante el 2013.