Siesta en el parque. kodak 200

Híbridos

Hace poco leí un texto de Borges, que hace referencia a la cultura argentina y la convergencia de escribir desde la autenticidad gauchesca o no. Cosa muy rica y no del tanto obvia.

Para seguir con la sintonía, parafraseando a Cesar Aira, me entregué a las lecturas que seguían en mi lista y otra que me emocionó fue Manifiesto antropófago, de O. de Andrade, y se me ocurrieron algunos versos que podrían ser transfigurados desde mi nacionalidad; al fin y al cabo lo que entendí fue la fuerza con que asumen estos escritores un lugar de pertenencia, o quizás de no pertenencia pero en definitiva identidad cultural…

Sucede que es un poco imposible asumir una identidad cultural con una frase que da vueltas mi cabeza y dice: “mi país es el mundo”, aunque quizás lo escuché en contextos poco formales, más como un encanto de viajero que como una filosofía de vida. De alguna manera esto me parece comparable con las personas que me sonríen y dicen: “¡Si vos y yo somos de la patria grande!”. Yo quedo un poco perpleja sin saber si reír o afirmar: “Si, la patria grande de Bolívar”. El verdadero pensamiento ante esa situación es caótico: ese era un sueño (romántico quizás, más que utópico); y como escribiría Alfonsina Storni, he comprendido que debo vivir en mi siglo y mato al romanticismo…

Recordé a un amigo que se llama Wim Kamerbeek Romero. Su nombre de pila y su apellido son una imitación del nombre de su papá, un hombre suizo que conoció a la señora Romero (por eso el segundo apellido) en Sucre, Bolivia. Fue a hacer un estudio antropológico y se enamoró de la hermosa…pongámosle Estela Romero, tuvo dos hijos preciosos que son de pelo rubio, tez morena y ojos azules como el mar que no tenemos.*

Pero como yo no vengo a contar una historia de amor ,si no sólo hacer un preámbulo de la vida política de Wim Kamerbeek Romero, que hoy por hoy escribe en páginas como Diario Siete, y Sucre Capital, además de las frecuentes entrevistas radiofónicas, donde defiende ominosamente ideas de izquierda y critica a la élite capitalista y al lunfardo de niños “bien” que él conoce más que nadie, pues ahí creció, no porque su padre haya querido, si no porque su madre había logrado el sueño de muchas jovencitas pobres: que les rescate el príncipe, y pasen de clase media baja a pequeñoburgueses. Todo esto es posible porque estudió en Suiza dos doctorados y aprendió el idioma de su papá, para reafirmarse como boliviano.

En todo caso nadie podría decirle que no lo es. ¿Hasta dónde una puede decir cuán patriota es? ¿Y por qué la Patria Grande se limita a los pueblos invadidos hace años?

Con esto retomo el sentimiento de “pertenencia”, y más allá de caer en discursos existencialistas, quería pensar, como el texto de Borges, la complejidad de no escribir bajo el estímulo de la ciudad americanizada, o más vorágine: los cafés con estilos europeos, a los libros durísimos rusos, a las costumbres argentinas (como la canción) y a los señalamientos que mis compatriotas harían, por no escribir con énfasis indígenas y/o selváticas. No definir un lugar específico y delimitado de nacimiento ya es un problema.

El guerrillero Manuel de Santa Cruz, allá por el siglo XX dictaminó: “El libro que yo quisiera escribir es uno que llegue a todas las voces.”
 ¡Las voces de mi patria (para seguir con la misma énfasis) son treinta y seis etnias, con tres lenguas y centenares de comunidades!

¿Entonces cuál es la convergencia? ¿Disipar las ideas? ¿Cuál es la lucha?

Pero claro, Manifiesto Antropófago se escribió en otras épocas donde sí había una lucha para defender algo que se creía propio, aunque “No se derrama sangre para conquistar el poder, sino para consolidarlo”, escribió E. Alemian, justamente comentando una película de época guerrillera en Cuba.

Estos años también son complicados para establecer una identidad cultural con simientes firmes. Hay una suerte de hibridación entre mis pares, de hecho, decir pares me suena demasiado ambiguo. Buenos Aires está llena de hijos de peruanos, paraguayos, colombianos, y no estoy segura qué tan consientes son las personas de que esos hijos después se sienten más argentinos que los mismos argentinos.

Quizás solo es coincidencia o quizás mi reproductor de Youtube pone mis canciones favoritas, que son favoritas porque provocan que mi frecuencia cardiaca acelere; pero en este momento suena Habana Blues, y dice: “donde quiera que me encuentre yo siento que es tierra mia…” (pero no me pasa como a Juan Gelman que conmovido con la canción de Yao Lin, admite unas lágrimas nostálgicas)

Quizás eso es pertenencia: llevar la nacionalidad al mundo.

Y cada una nace donde quiere. Carajo.