El viejo vetusto.

Valeria Rodriguez
Sep 3, 2018 · 6 min read

Cara rancia, hombre viejo; pero sabio. Viejo, pero genio. Un vejestorio con magia entre las canas, entre las arrugas hondas, ¡pero que hondas arrugas! Tenía una cabecilla de alfiler donde guardaba de sobra el ingenio, lo malo es que ya no tenía cabellos, tampoco tenía dientes, él se justificaba con que se le cayeron de tanta substancia que él tenía. Por eso la boca le temblaba, las manos y las piernas al mismo son. A lo mejor si tuviera unas sonajas sería un buen bailarín de esos de carnaval, pues tenía un ritmo que invitaba. Y una sonrisa que seduce. El viejo decía que aún estaba bien chulo, que aún le quedaba que repartir. Vaya uno a saber que quería decir.

El viejo vivía en una casita destartalada en completa armonía con sus ubares, sus viudas negras y dos que tres ratones que se andaban entre las macetas y los tesgüinos. Vivía lejos de su mujer, no había creatura que le diera más miedo. Tanto así que se mandó mudar hace tanto y con el recelo del mundo se atrancaba bien antes de dormir. Vivía más a gusto de ese modo, donde podía meterse a la cama entierrado, con los hedores del día sin que nadie le reprochara nada de nada. Tenía consigo todo lo que necesitaba: sus huaraches, sus botas, las tres camisas salideras, las 10 camisas terrosas y, por supuesto, un muladar de recuerdos sin orden ni razón, metidos en baúles casi tan sucios como los rincones de su casita.

Este hombre no era el auténtico admirador de bañarse. De hecho, tenía un sistema de bañarse solo el segundo y cuarto domingo de cada mes, le tocara o no. Sus días eran un ir y venir entre canas revueltas y pies enlodados, de cuando iba a ver los riegos de sus hortalizas. También se ensuciaba de su vigilia a los animalitos de su rancho. Que dos cerdos, dos pares de vacas flacas, los tres guajolotes y las 14 gallinas. Sin olvidar sus favoritas, las seis o siete chivitas, con las que, cuando había poco trabajo, se sentaba en su compañía. Que eran muy buenas amigas, decía él.

Pero el hombre no se estaba en entera suciedad todo el tiempo. Cuando llegaban los días de baño no se podía negar a el mismo que no existía varón más guapo. Su secreto era el agua caliente, detergente en barra y una buena friega que, ¡hombre!, te dejaba como nuevo. Se rasuraba al ras, y la piel curtida y de arrugas vividas quedaba hasta brillosa. Se ponía una buena camisa, un pantalón limpio y el reloj, una posesión, basta ver, querida y, sobra decir, muy valiosa. Se ponía colonia como buen macho y se acomodaba la dentadura con su buen diente plateado, ese del que nunca quiso confesar si era realmente de plata.

En esos días solo se podía contar con que el hombre iba a ir a presumir su galantería, ya que echaba a andar su troca, ponía uno de los corridos que le había puesto a escuchar por primera vez su abuelo Chencho y partía para la loma, que lo llevaría a la carretera y esta lo llevaría al pueblo. Ahí solía verse con los amigos de todos los tiempos, esos que nunca desairaban un trago, esos que loa componía uno de la borrachera con un golpe certero. Se estacionaba en su lugar junto a la cantina donde se escuchaba el rumor de otros corridos que también le habrían gustado a su abuelo. La bola de hombretones con botas coloridas y sombreros ladeados le daba la bienvenida, se notaba que habían empezado temprano. El viejo vetusto se sentaba placido, pero no se ponía a tomar, así como nomas, él tenía más clase que ese grupo de borrachines. Así pues, se tomaba un mezcal cada tres minutos, para que la tarde — y el dinero — le rindieran más.

Cuando ya saboreaba la sombra de la embriaguez es cuando se levantaba y pagaba la cuenta mientras pedía que la anotaran la mitad para el domingo siguiente. Se iba con marcha serena demostrando que, ni borracho, el andaba a tientas. Salía al día que aún se notaba temprano y se recargaba en la troca donde se fumaba un cigarrillo. Entonces se subía a andar, enfilaba hacía plaza a darse una vuelta, justo como otras quince trocas. Ahí se veían a las lindas muchachitas dando pasitos coquetos con sus amigas. O los jóvenes en la nevería pidiendo malteadas, riendo, con los peinados encrespados y las botas bien lustradas.

En los domingos que tenía suerte podía a ver a Marifer, la secretaria de la unidad de salud más guapa que el haya visto. Cuando la vio detrás de su escritorio seis meses atrás, casi se cae de tonto y, aunque intento lucirse, la mujer lo vio con ligera lastima y mucha risa que dejó al hombre con el orgullo henchido de rabia. Pero esa vez había sido porque me andaba componiendo de una tos que casi me saca la tripa, solía decir, cuando esté más galán a ver si se me resiste. Pero nunca lo volvió a intentar. Inclusive le agarraba una temblorina adicional el día de consulta ante la pura posibilidad de verla otra vez. Pero ese día, montado en su troca, con su tejana y la cara recién lavada podría habérsela encontrado como mera coincidencia y el estaría en su elemento para volverlo a intentar. Le invitaría una nieve, le daría una vuelta y la dejaría en su casa. Mire la suerte del viejo, pues de puros puntos, ahí andaba. El viejo que no se andaba con rodeos se le acerco tímido.

La mujer iba sola comprando estambre cuando lo vio y una sombra de ironia le cruzó el rostro, pero el hombre se hizo el desentendido y siguió con los bríos bien puestos.

— Buen día, Susanita. — dije el hombre con su ademan de cortejo y una sonrisa impresa de lo más lindo.

— Buenas tardes, don Ramón.

— ¿Qué anda haciendo?

— Pues comprando unos hilos para mi mamá ¿Cómo la ve?

— Muy bien, muy bien. Oiga, Susanita ¿no querrá comerse una nieve?

— Fíjese que no, a mi no me gusta la nieve. — dijo con una cara amarga, amarga, como pepino.

— ¿y un cafecito?

— Pues resulta que tampoco me gusta.

— Ah caray ¿entonces que quiere? — dijo el viejo intentando sonar simpático.

— Que un vetusto como usted no me ande cortejando — seguido de eso, se dio media vuelta y se fue caminando. Al viejo todavía no le caía el veinte de lo que acababa de pasar, ¡pues si estaba tan nervioso! Todo le paso zumbando y cuando se percato que la secretaria se había marchado le quedo un sabor a tristeza que ya no tuvo ganas de seguir paseando.

El viejo se fue a casa, donde su mujer con las greñas de fuera le gritaba cosas a lo lejos. Que flojo, que se va de paseo y ni sus luces deja, que ella necesitaba un mandado. Pero el hombre que, usual mente no hacía caso, ahora estaba sordo sin remedio. Se metió a su cuarto y sacó los baúles, donde se puso a ver sus memorias. En todas sus fotos había algo que desear. Estaban sus lepecitos chicos que ahora andaban regados por doquier. Tenía en esos recuerdos polvosos su rancho andando, no esa parcela seca que era ahora. Y también estaba el, el todo poderoso Don Ramón, que intimidaba fiero y desarmaba galante. Como pasa el tiempo, fue lo que pensó.

Aun escuchando los reclamos de su mujer a la distancia se metió en la cama donde prendió la televisión carente de colores y se perdió ente pistolazos y damas güeras con mucho escote. El mismo comenzó a reírse de sus intentos de coquetería. Al final de la noche ya nada recordaba de la secretaria pérfida y de su hombría cuestionada, pues él seguía siendo Don Ramon, y de chulo no se le quitaba nada.

Valeria Rodriguez

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Casualmente escribo cuentitos ocasionales, y solo por tener el permiso de leer.