Una expedición a la cueva catódica

La noche buscaba desesperada el camino de luces de la avenida Santa Fe, mientras Garibaldi en el centro de Plaza Italia sigue mirando a algún horizonte revolucionario, héroe de otras tierras, monumento adaptado de otras lenguas. Entre la espesura de un jardín frondoso en el medio del asfalto y la desinteresada idea de un jardín zoológico en decadencia, habita una cueva urbana de cemento, oscura y húmeda.

Al llegar a la entrada de Borges casi Santa Fe, ya se pueden encontrar varias Mostras, como ellos se hacen llamar, en honor a las mujeres más identificadas del medio Argentino. La gente habla desesperada mientras espera el acceso, jóvenes con peinados ¨raros¨, tinturas de fantasía, estampados que recuerdan a una mezcla entre los Beach Boys y Joy Division. Hora de aventura, la televisión trash, el cine de Tarantino, los clásicos de Steven Spielberg, todo se conjuga en los looks de estos asistentes, que ansiosos esperan entrar a La Mostra, fiesta que se realiza el primer viernes de cada mes en el barrio porteño de Palermo, cerca de Plaza Italia.

Basta con entrar para sentir la sinestesia entre el brillo de la purpurina y el olor a humedad, se conjugan en un hechizo mágico, que recuerda a una especie de recorrido por el barrio chino, donde el plástico, el color y la sensación de estar en un país mágico se percuten por cada poro. La cueva parece el cubil, en un barrio industrial abandonado, de algún malo de película de acción de los noventa. La música resuena en las paredes de un negro infinito, que pareciera no tener fin.

Éxitos de The Strokes intervenidos por ritmos bien populares como la cumbia o el cuarteto, imágenes lisérgicas con Twin Peaks de David Lynch tamizadas con after effects; las Mostras, felices. La barra ofrece lo que cualquier barra argenta se merece: el litro de fernet a “ochenta pe”, y si se ponen fifi, el litro de Campari a 100. Son las opciones más populares, por ende las mejores, teniendo en cuenta que es el espacio de la reivindicación de lo popular como producto, como resistencia a lo snob que intenta constantemente recurrir a dioses que dictaminan que está bien y que no en nuestro gusto.

Espacio donde el gore, lo kitsch, el porno, el pop, la tv trash, el arte moderno conviven contentos con los miles de jóvenes y no tan jóvenes que asisten. Buscando expurgar los clichés del supuesto buen gusto de la clase media tardía, que mira con desdén todo, desde un contrapicado y altanero plano secuencia.

La Mostra es un lugar donde todos somos iguales, las chicas toman fernet y los chicos toman Campari, las chicas encaran chicas, los chicos chicas y esas chicas también chicos que a su vez estos, buscan otros chicos. Cada uno explora al máximo la bandera de lo ¨no cool¨, se traspasa lo bizarro para llegar al mito, entre las tetas de Moria, como si fuera una Venus de Willendorf en una caverna prehistórica; la cueva revive el espacio más antiguo de la humanidad y la creación misma del arte, así se llega al espacio único del rito, donde cada una de las acciones toman forma sin tener un sentido mercantil y que de a poco se desentierran del barro del recuerdo para brillar como esas purpurinas con el ambiente a humedad. Estamos creando un mundo.

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