Nos vimos frente a frente en la cima de una montaña, como niños rodando hacia las puertas de un futuro incierto. Esperando ansiosos y de puntillas al amanecer.
Dejándonos abrazar por los rayos de sol, respirando bajo las copas de los árboles, que extendidas se abren deseosas, como si a gritos pidieran alcanzar el cielo.
Pero de un momento a otro, podemos despertar de ese sueño de amores eternos. Donde sentimos que la vida se nos destroza, quedando con la fuerza justa para correr descalzos y enfrentar cara a cara al más feroz de los sentimientos, con el único deseo de volver a la cima. Donde ese extraño no llega, no alcanza, no penetra.
La cima de una montaña de la que no debimos haber salido nunca, ya que una vez que ese vil y perfecto sentimiento nos alcanza, no existe marcha atrás.
Porque sin consentimiento alguno nos ata de manos a despensas del corazón. Convirtiéndonos en títeres, que se rehusan a escuchar a la razón, “vagando entre la suerte y pensando en la existencia de un destino prometedor”.
Aquí es donde éste nos termina de afirmar sin necesidad de hablar, que es y será el sentimiento más cruel, sincero y hermoso a la vez.
Atentamente,
El amor.
