Muñeca rota

“doll closeup photography” by Fancycrave on Unsplash

Cerca a la hora del diablo el trip estalló. Drogada recorre la pista de baile como si estuviera sola. La música la llena, le llega hasta los huesos. Siente las miradas de los curiosos que la siguen mientras danza, posándose sobre su cuerpo, a veces acompañadas de manos que buscan un mínimo contacto. A ella le gusta, siempre y cuando otros lo vieran. Mientras más miradas y caricias recibiera, mejor se sentía. Todo en la vida vale la pena si consigue esos minutos de atención. La miran como si tuviera su luz propia, como si solo ella existiera en ese bar, en esa ciudad. Solo ella en el mundo. Sus rasgos parecen cambiar mientras se mueve a través de la pista sin perder la armonía. Sabe que quienes la miran o la desean o la envidian. Cualquiera que sea, le genera satisfacción. Se acerca a la barra, como tenía planeado y pide un trago, como había libreteado desde que llegó al bar: “un shot de lo que sea, y que alguno de ellos pague”, dice señalando a la fila de gente que la sigue, con un movimiento practicado varias veces frente a un espejo que por fin hoy decidió debutar.

Otra noche más de niños de papi y prepagos, de la misma música. Ya no baila ni se mueve, se limita a mirar como los otros se contonean, frotando sus espaldas con el pecho de algún desconocido. Quiere irse a casa, llegar a organizar la colección de muñecas que el gato había tumbado mientras perseguía una mosca esta mañana pero también le pesa la idea de pasar otra noche sola, porque hasta el gato naranja se va por las noches. Se queda entonces en el bar, sincronizando los latidos de su corazón al bajo de la música, evitando las pisadas torpes de aquellos borrachos que se dirigen hacia la barra. De repente la gente comienza a abrir un espacio en el centro de la pista de baile, rompiendo en dos el mar humano, así como Moisés al Mar Rojo. El vacío entre la multitud se va moviendo hasta llegar a la plataforma en la que se apoya la barra. Entonces la vio. No pertenecía a este ambiente electrónico y oscuro sino a una repisa, a un museo. Automáticamente se dirigió hacia donde ella estaba, incapaz de apartar la mirada. La escuchó pedir un trago y señalar al grupo de personas a su derecha cuando el bartender le cobró. Pidió un shot de lo mismo, sacó un billete y se lo puso el hombre en la mano. La perfecta desconocida se le quedó mirando.

— Es el primer trago al que me invita una mujer.

La habían mirado mujeres antes, claro, pero ninguna se había atrevido a dar alguna señal. Su acto de seducción funcionaba perfectamente abriéndole las puertas a una nueva categoría para explorar. Está dispuesta a mantener su estilo de vida estético, entregado al goce. Pasarla bien y disfrutar sin reparos pues la noche es joven y ella también así que, ¿por qué no? Esta mujer tiene un aire de misterio, un valor agregado, paralelo a la emoción de una primera vez. Si, acepta el trago.

— Espero que no sea el último.

Es una muñeca. Una cara perfecta le sonríe. Los ojos brillantes y coquetos, la nariz pequeña y respingada, los labios que se mueven lentamente mientras conversan… Quería quedársele viendo por horas, detallar sus facciones y memorizarlas, sacarla de ese ambiente ruidoso y desordenado en el que un ser tan maravilloso no encajaba y llevársela lejos, cuidarla, protegerla.

— ¿Quieres que nos vayamos?- dijo.

Por la manera en la que los ojos de la muñeca se posaron en los suyos supo que estaba de acuerdo con lo que iba a pasar.

Ella asintió.

Una luz rojiza se colaba por la cortina. Ya salía el sol y se sentía sucia, usada, ajena. Tonta pero satisfecha. Ese era el propósito de esas noches de exhibición: que la miren, que la toquen. Que la usen y luego la desechen como la basura que era. Tras de ella sentía el calor de una persona. La mujer que dormía a su lado parecía satisfecha. No recordaba cómo se llamaba.

Se paró de la cama buscando el baño. Era domingo y debía ir a misa. En esa casa había muñecas decorando todas las habitaciones. Salió de una habitación en la que los muebles iban desde el suelo hasta el techo, acumulando polvo y muñecas en las repisas. El largo corredor hacia el baño tenía un aire macabro. Un espejo en la pared izquierda reflejaba los centenares de Barbies y figuras de porcelana acumuladas en los travesaños que componían la pared de la derecha. Abrió la puerta del baño y salió corriendo un gato naranja que probablemente entró por la ventana abierta. Escuchó ruidos afuera del baño, su anfitriona debió haber despertado. Abrió la ducha rápido para poder salir cuanto antes de esa casa desconocida.

Miró a su alrededor y faltaba una muñeca, su nueva muñeca de colección. La volvieron a dejar sola y la furia se va esparciendo por su cuerpo, quemando como la penicilina pero sin matar ninguna infección. Entonces escuchó la puerta del baño y los pasos del gato que corre por todo el apartamento. Aquí sigue, no me ha abandonado. Quería ir y arreglarla, decorarla para que se viera perfecta al ocupar su lugar en la vitrina. El agua ahora corría y ella se dirigía por el corredor hacia el baño, ve su cuerpo reflejado en el espejo y al gato que la persigue mientras se dispone a abrir la puerta del baño y verla una vez más al natural, en todo su esplendor.

— ¿Qué carajos haces?

La mujer parada bajo el arco de la puerta la miraba como quien viera el sol por primera vez pero algo oscuro se escondía en esa mirada de deleite. Era la misma con la que había dejado el bar en la noche, pero algo no estaba bien, estaba transformada. El agua que cae ya no la relaja, de repente se siente más fría y la va congelando por dentro.

— Me termino de duchar y ya me voy, perdón- dijo.

— No te vayas.

Su anfitriona dio un par de pasos hacia ella, como si quisiera tocarla pero la exhibición ya había terminado. El gato naranja entró al baño tras ella, saltó hacia el lavamanos y sentado ahí comenzó a lamerse las patas. Ella se corrió en la ducha, intentando abrir la mayor distancia posible entre ellas para evitar que sus manos la tocaran mientras la escuchaba decir que le permitiera limpiarla. “Déjame cuidarte”, le decía. La mano de la desconocida capturó su muñeca para quitarle la barra de jabón, y en medio del jaloneo y auspiciado por el piso mojado las dos se vinieron al piso mientras el gato, desde el lavamanos, maullaba.

— Déjame cuidarte.

Se acercó para limpiarla, estiró la mano para quitarle la barra de jabón y consentirla, que se relaje para que quiera quedarse siempre, pero ella se alejaba dificultándole la tarea. Es suya, había aceptado irse con ella la noche anterior, se le había entregado y ahora estaba aquí, en su casa, desnuda frente a ella pero huyéndole. Cada una hacía fuerza hacia lados contrarios y el reducido coeficiente de fricción del piso del baño hizo que se resbalaran. Se escuchó un maullido, un golpe sordo y después nada más que el agua que corría. Se paró agitada y empapada para ver a su muñeca en el piso mirándola fijamente con la cabeza cerca al sifón. Un hilillo de sangre formaba un remolino.

— Perfecto. Otra muñeca rota.

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