Conocé la historia de uno de los últimos sastres artesanos de Capital Federal

Por Vanessa Zolari

A través de una pequeña ventana en la calle Scalabrini Ortíz 3342 de Palermo, se puede ver a Alfredo Lisi de 83 años, vestido con corbata de moño rojo, chaleco y gorra boina estilo años cuarentas . Es justamente por esa ventana donde Lisi atiende a su clientela, es el verdadero sastre artesano de Palermo.

Don Alfredo posa en su taller. A su derecha la foto de su madre y detrás el diploma de Cortador Sastre, emitido en 1953.

La habilidad en sus manos es asombrosa, surce el dobladillo de un pantalón que tiene que entregar en pocas horas. Con el dedal en forma de anillo que lo cambia según sus necesidades y su puntada de oro, son como una melodía en perfecta armonía, mientras levanta una pesada plancha para marcar el doblado.

No usa anteojos a pesar de su edad, y enhebra una aguja, casi invisible con la facilidad de quien pasa una página de diario. Todas estas actividades las realiza mientras recuerda cómo empezó su vocación en 1945 cuando tenía 13 años. Fue uno de cinco hermanos que se criaron sin la precencia de un padre, y al mencionar esto, sus ojos cambian de tono, se vuelven mas grises y melancólicos. Tras una pausa continúa su relato donde aflora en su voz el amor que siente hasta hoy por su madre, la que lo acompaña en una fotografía que tiene en la pared y la cual pareciera darle fuerzas cada vez que la mira.

Don Alfredo en plena consulta de una cliente.

Suenan unos golpecitos en la ventana, es la primer cliente del día. El la abre de par en par y se asoma. Es Juliana, una joven que viene a buscar unos pantalones que mandó a arreglar. El pedido no esta listo, Alfredo esta todavía terminando el pantalón, le pide el teléfono y promete llamarla. Ella consulta por otro arreglo y el le dice:

“ Si yo le digo al doctor que me duele la panza, me va a pedir que valla al consultorio, esto es lo mismo, yo necesito ver la prenda”, Juliana rie por la ocurrencia del sastre y a simple vista se ve la calidez, la simpatía y lo personal de la atención que el ofrece.

“Me parece un buen señor, siempre vengo porque es muy respetuoso y cuesta conseguir alguien así y sobre todo que trabaje tan bien”, dijo Juliana con una sonrisa al marcharse.

Al ser consultado sobre el cambio que ha sufrido la moda y la disminución de su trabajo a raíz de eso, reconoce que no solo se ha perdido la buena vestimenta, sino que también los valores de antes. Siempre usó sombrero y la existencia de fábricas, hacían de ellos un accesorio muy popular. La desaparición de este accesorio se llevó consigo muchas costumbres. Don Lisi recuerda que “cuando iba a un velorio era de respeto sacarse el sombrero y saludar a la familia”.

Vuelve a haber una pausa, de esas que llenan de emociones la atmósfera, levantó la mirada por unos segundo y dijo: “Considero que esto es parte de mi vida, lo que me mantiene vivo, esto es una satisfacción porque pasaron muchos años para llegar acá, no fue fácil”, ahora su voz cambió y se puede percibir detrás de sus ojos una serie de imágenes que transcurren como una cinta de cine, luego de otra pausa habló de la perdida de su mujer y de una de sus hijas . No tiene nietos y confiesa que su actividad lo ayuda a sacarlo un poco de la depresión. Pareciera que la vocación de servicio que siente este sastre artesano es su gran fortaleza.

Ya con el sol del mediodía entrando por la ventana, Don Alfredo se anima a citar una frase de tango: “Detrás de toda mi soledad digo una sola cosa, para mi es una forma de filosofar en profundidad, abajo dice salud, no pidamos mas”.

Su sonrisa es otro de los servicios que brinda a los transeúntes.

La ventanita se seguirá abriendo para todo aquel que busque sus servicios y una atención de las de antes, de aquella donde los vínculos humanos estaban en su esplendor y en cada una de sus puntadas quedará la escencia y el amor de este sastre que con su carisma y su buen vestir ilumina una de las grises veredas porteñas.