Las veces que haga falta.

Vacío, cansado, inconexo, desconcertado y aturdido. La ignorancia aliándose con la indiferencia. Sientes que no sabes nada. Que no eres nadie.

Todos corren más, todos pegan más fuerte, son más altos, más guapos y más listos. Mejores. Un cosquilleo lacerante que baja desde el hipotálamo. Miedo suprarrenal.

Desasosiego que sale de dentro y te da la vuelta como un calcetín. De repente, el fondo. Todo pesa y es líquido y templado y oscuro. Autocomplacencia y autodestrucción al 30–70.

Pero no, no estás solo, son ellos, tus fantasmas están allí abajo contigo. Están desde hace tiempo y te preguntas quién les dejó entrar. Pero lo único que realmente importa es por qué dejas que sigan ahí.

Lucha, aprieta los dientes y lucha.

Encaja y golpea. Levanta, cae y vuelve a levantarte. Golpea más duro. Sube, nada, llega. Y con la primera bocanada de aire… aprecia lo bonito que es todo.

Gilipollas.