“Alguna vez todos los de mi generación fuimos bufones”


Entrevista a Juan Forn

Nando Varela Pagliaro

“Yo creo que hay un libro que nos está esperando a todos. Lo bueno que tiene la literatura es que ese libro en realidad son un millón de libros. Alcanza con que encuentres uno sólo que te guste y vas a entender de qué se trata todo”, dice Juan Forn. Lo dice desde Villa Gesell, su tierra elegida, el lugar que encontró para refugiarse, para escapar del ruido de la ciudad. Se fue a allí hace más de diez años. Los motivos de la retirada fueron dos: a los cuarenta años tuvo una hija y a los cuarenta y uno, una pancreatitis que lo mandó al hospital. Por esas dos razones vive cerca del mar. Ahí, lee como sólo a los veinte era capaz de leer y escribe siempre que tiene algo que decir.

-Alguna vez dijiste que primero montaste el número de escritor y te creíste escritor, pero que hasta que intentaste escribir en serio pasó mucho tiempo, ¿te acordás si hubo un momento a partir del cual te empezaste a considerar escritor?

-Me acuerdo muy claramente cómo impostaba, cómo montaba el numerito del poeta rebelde y transgresor para levantar minas, para creérmela yo mismo. Como cuenta Kundera “el joven poeta se mira en el espejo para ver si puede construir el personaje que quiere ser”. Además de agradecer el Premio Nobel mientras se ducha y esa clase de cosas. Yo me acuerdo que la primera vez que sentí que había escrito algo que estaba bien fue con la escena de la llegada del hombre a la Luna que puse después en mi primera novela y creo que también la saqué en alguna contratapa. Esa es una escena que creo que quedó bien, la podría haber escrito cualquiera y creo que me gustaría igual. Me daba cuenta que incluso a la gente le gustaba, les producía algo. La segunda comprobación fuerte fue cuando publiqué “Nadar de noche” y me empezó a agradecer gente por la calle, que a ellos se les había muerto el padre y ese cuento les sirvió, tal como me sirvió a mí. Yo no podía salir de la muerte de mi viejo. Me tenía totalmente perturbado. Después con el tiempo descubrí que me había liberado, que cuando no tenés más a tu padre encima tenés mucha más libertad para hacer lo que quieras. Pero en el momento, quedé fijado a esa escena. Los actores trabajan eso que se llama la memoria emocional, que cada vez que tienen que construir un personaje o una escena, buscan adentro un lugar que es el que les sirve para trabajar. Con los años he descubierto que ese lugar en mi caso es la muerte de mi viejo. Me hice hombre de golpe. Tuve que hacerme cargo de mi vieja y de mi hermana. Tuve que empezar a lidiar con abogados que era algo que nunca me había pasado. Yo tenía veinticinco años y lo único que quería era ser escritor, quería ser eternamente joven. Si era por mí hubiera seguido trabajando de cadete toda la vida con tal de poder escribir a la noche. No quería obligaciones, no quería responsabilidades y eso me acomodó, fue el gran detonante.

-Muchas veces te referiste a la literatura como una religión politeísta. Tener esa mirada, ¿en algún momento te paralizó a la hora de sentarte a escribir?

-No, todo lo contrario. Es una especie de malentendido. La gente cree que una religión politeísta significa tener muchos dioses como el Dios católico, el Dios cristiano, que es un Dios atronador, que todo lo ve, que todo te juzga. Lo que tiene la literatura es que a vos te pueden gustar con locura tipos que son completamente opuestos y que se odian entre sí o que se hubieran odiado, si se hubieran conocido. Sin embargo, los dos te nutren mucho y de hecho vos si sentís que ellos son tus maestros, creés que sos coherente con los dos. No traiciono a ninguno de los dos haciendo lo que hago. Eso es muy propio del arte. Con los años he descubierto que el nódulo central del arte es mestizo: son dos cosas diferentes que al cruzarse sacan una chispa. El artista está acostumbrado a trabajar con la dualidad porque como le interesa la chispa, lo atraen dos cosas diferentes siempre. Eso va en contra de todo monoteísmo y en contra de toda creencia de las habituales porque las creencias habituales son una cosa y su opuesto. Es el sistema binario occidental. Hay un frase de Marechal que es divina “de todo laberinto se sale por arriba” y esto tiene que ver con no querer hacer ni blanco ni negro, sino con hacer blanco y negro y gris y todo lo que se pueda. A mí me gusta eso.

-Durante mucho tiempo trabajaste como editor en Planeta y Emecé, después estuviste al frente del suplemento Radar unos cuantos años. Haber estado del otro lado del mostrador, ¿te hace ser más crítico con tus propios textos? Me imagino que no debe ser fácil ser editor tuyo.

- Es que es muy bizarro haber estado sentado de los dos lados del mostrador. Yo corregí libros que se iban a publicar, cuando todavía no tenía ni una novela publicada. Hay que tener cierta inconsciencia para atreverse a hacerlo. Yo creo que eso marcó un montón mi manera de escribir. Yo no fui a la facultad, yo aprendí leyendo y en una editorial, que era adonde había libros y adonde había escritores. Me parecía que era el lugar más cercano para aprender. Era lo mismo que ir a un taller mecánico, si te gustan los fierros. Seguro aprendés mucho más ahí que estudiando ingeniería mecánica. Eso definió mi manera de escribir y a mí me gusta corregir tanto o más que escribir. Una vez que la idea empieza a asomar, lo que más me gusta es acercarla, hacerla coincidir, hacerla fluida, después hacer que el que la lea crea que surgió de una manera completamente natural. Si vos ves como termina el mármol de las estatuas de Miguel Ángel es bárbaro. La última parte, cuando el tipo está pasando la lija fina y dice “un poquito más, un poquito más, todavía le falta”. Yo escribo así. Entonces, a mí haber estado del otro lado me ha resultado bastante útil porque las cosas me quedan bastante paradas cuando las escribo. Saccomanno siempre me dice, “hijo de puta vos escribís y ya te cae parado todo”. El trabajo de corrección es menor porque yo hago mucho trabajo dentro de la cabeza hasta que lo bajo. En gran medida me pasa porque he conseguido desarrollar eso que se llama el lector crítico, crítico de vos mismo, la sombra arriba de tu hombro. Yo me leo a mí mismo un poco desde afuera y un poco desde adentro. Pero a veces esto es medio paralizante. Hubo una época famosa en Emecé en que los escritores se corrían la bola y decían: “Che, ¿está escribiendo algo forn? Porque le tengo que entregar un original y se va a meter, porque cuando no puede escribir siempre se mete en el texto del otro”.

- Mientras estuviste al frente de Radar de algún modo, ocupabas un lugar bastante importante a nivel cultural, ¿hay algo que extrañes de esa época en las redacciones?

-Yo me acuerdo muy bien de la adrenalina que tenía. Hay una vieja teoría que dice que en cada generación nace un pibe que es algo así como el portavoz, la antena o el que canaliza, que muchas veces tienen un discurso propio o sólo es el tipo que aglutina. Yo no creía tener discurso para pontificar a toda mi generación, pero sí sentía entender por dónde venía la mano. Tengo intereses muy diversos y me gusta entrecruzarlos, entonces era una combinación ideal tanto para dirigir una editorial como una revista cultural. Además, siempre me gustó armar movidas y creía en la mística de los grupos de laburo. Eso sí fue espectacular, pero con el tiempo empezás a tomar conciencia de la energía y la verdad que no está bueno. Yo prefiero trabajar con otra clase de energía que la del poder, la de mandar, la de tener la manija. A los treinta años me llenaba de adrenalina y me creía el guacho pistola, ahora la verdad la paso mucho mejor estando tranquilo en Gesell. Me gusta mucho más escribir la contratapa delicadamente que tener el poder.

-Y hoy que ya no estás adentro, ¿cómo es tu relación con los suplementos culturales? ¿los leés con la misma mirada que antes?

-Con respecto a esto me pasó una cosa muy nítida. Yo creía que todavía vivíamos en mi época y yo entendía mi época, pero te diría que a partir de que cumplí los cuarenta y dos, a partir de que me vine a vivir a Gesell, Buenos Aires dejó de ser mi Buenos Aires. Todo cambió y yo ahora voy a Buenos Aires y la veo desde afuera, ya le presto menos atención. Entonces, siento que ya no es mi época. Yo ya escribo del pasado. De hecho, cada vez escribo más sobre el pasado más remoto. Ahora la movida es de otros y se rige por otros códigos. Algunas cosas, sobre todo las relacionadas con el mestizaje, sí me interesan muchísimo. Yo creo que las épocas, en que las artes dialogan entre sí, se contagian y transmiten su virus de unos a otros, son las épocas más fructíferas. Pero, de todos modos la de ahora ya no es mi época. Hay cosas que nosotros las hacíamos con más empuje, con más pasión, con más fervor e incluso con fanatismo. Tenía que ver con que veníamos de una dictadura y era una época en que todo era difícil de conseguir. Yo podía recorrer la ciudad buscando un disco de Frank Zappa. Sabía que había un tipo que tenía en Villa Luro el disco de Frank Zappa y me podía ir a Burzaco para buscar un grabador y volver a Villa Luro para tenerlo grabado de grabador a grabador. En cambio, ahora todo te lo bajás de internet y listo. Hay cierta clase de fanatismo, de fervor y de mística que el esfuerzo te la estimula. Es como un músculo. Si vos estás corriendo y jugando al fútbol todos los días, vas a estar jugando bien. Pero por otro lado, nosotros teníamos un montón de tabúes con el tema de la seriedad. Teníamos que ser serios y para aflojar con la seriedad tuvimos que hacer de bufones. Hablo de nosotros porque todos los de mi generación fuimos bufones en algún momento e hicimos algunas payasadas. Yo salí como tres veces en una foto de doble página en la revista Gente. Una vez me dijeron hacemos lo que vos quieras y yo les dije: “consíganme un traje blanco y quiero estar adentro de una cámara de un tractor flotando en una pileta y de noche” y me lo produjeron. El tema es si ahora lo seguís haciendo . Yo no, esas cosas ya no las hago más. No voy a jetonear ni a caretear a ningún lado.

-Antes hablabas de tus contratapas en Página, ¿vos creés que trabajar en periodismo puede ser contraproducente para alguien que se quiere dedicar a la literatura?

-Depende de los lugares porque hoy el periodismo cambió. En una época lo más interesante que tenía el periodismo no era el laburo en sí, sino que lo bueno era que en las redacciones había escritores. Entonces, lo lindo era quedarte a la noche, cuando terminabas la nota y el tipo te corregía. Pero tu verdadera literatura no pasaba por lo que escribías para el diario, pasaba por lo que hablabas con esos tipos. Después vino una época, a mí gusto, bastante gloriosa, que encarna desde la revista Humor, El Periodista y El Porteño y desemboca en Página, que es por primera vez un diario en donde estaba bueno lo que vos escribías, aunque fuera la crítica de una película. Todos ponían pluma y ni hablar si te daban la contratapa. A mí me han pedido en Página que comentara partidos de fútbol de la selección, programas de Gasall o hasta ir a cubrir una olla popular. Una vez había un tipo parado en la cornisa de la Catedral y me llamaron y me dijeron “hacé la contratapa”. Hubo un momento en que la prosa periodística era tan potente y tan atractiva que tenía un nivel de potencia casi literario y los que la escribían le ponían tanta libido, además de firmarla, que es una cosa que antes en los diarios no te dejaban y de pronto Página hizo que todas las notas fueran firmadas. Eso te daba una sensación muy parecida a la literatura, pero con la inmediatez que tiene el periodismo. Eso de que vos escribís, el diario todavía no se terminó de secar y ya está impreso en los quioscos y enseguida tenés el rebote. Vos te sentabas en un bar a partir de las ocho de la mañana y podías relojear a la gente leyendo una nota tuya. Te fijabas en qué página del diario iba y decías “está leyendo mi nota” y seguramente no tenga idea que soy yo el que la escribió. El otro día me pasó. Estaba en el subte, iba todo lleno, la gente apretada yo estaba agarrado del pasamanos y de pronto en uno de los movimientos se abre la gente y veo a un viejo sentado con Página doblado del lado de la contratapa. Lo veo que está con la cabeza gacha, miré para ver si estaba dormido, pero me di cuenta de que iba siguiendo la nota, que la iba leyendo. Después, se volvió a abrir la gente y cuando el tipo estaba terminando, tiró la cabeza para atrás, me vio y evidentemente me reconoció porque mirándome asentía con la cabeza como diciéndome: “tenés razón”. Enseguida se volvió a cerrar la gente y no lo vi más, pero fue precioso. Esos son momentos mágicos que tiene el periodismo. Yo con los años he conseguido escribir lo que más me gusta y todos los viernes. Porque esa es otra, en el mundo del periodismo todos pelean para tener la firma y una vez que tenés la firma se te convierte en una condena. Entonces, al tener que hacer todas las semanas la nota, la terminan haciendo de taquito o escribiéndola sin ponerle la menor libido. Esa es una de las grandes contradicciones permanente del periodismo. La otra es que si escribís bien, te ascienden a editor y ya no escribís más. Tenés que corregir los textos ajenos. Muchas veces el periodismo es como una serpiente que se come la cola. Yo creo que lo mejor es ser quintacolumnista. Cuando yo hacía Radar les decía “acá vamos a escribir, vamos a hacer un suplemento que salga el domingo pero que la gente lo tenga que tener guardado toda la semana porque no le alcanza el tiempo para leerlo todo y quiere leerlo todo”. Así eran las revistas que me gustaban a mí. Pero por otro lado, el periodismo también es una trampa cazabobos y te maleduca porque en mi caso, esto de tener rebote todos los viernes se termina convirtiendo en una adicción. La semana que yo escribo y me llegan pocos mails siento que algo hice mal, que no estuvo bueno.

- Siguiendo con la formación de un escritor. Con respecto a los talleres, ¿qué opinión tenés? ¿Se puede aprender a escribir en un taller literario?

-Algo tienen que traer lo que se puede enseñar son ciertos rudimentos técnicos. Yo lo que me fijo es para qué servís, qué es lo que te sale bien, cuáles son tus virtudes y tus herramientas. Después lo que hago es marcar cuáles son los lugares en los que no se meten por miedo. Esas son las cosas que yo les puedo dar, pero después tenés que seguir solo. A mí lo que me dio Abelardo Castillo, cuando me invitó al taller, que no deja de ser una situación medio bizarra porque yo fui a su taller y la vez era el editor de él en Emecé. No sé cómo tenía el tupé de corregirle algo a Abelardo. Me divertía como loco porque él me esperaba como con diez diccionarios para ganarme cualquier discusión. En su taller yo iba y leía capítulo por capítulo mi primera novela y la verdad que me vino bárbaro porque las cosas que me decía Abelardo eran extraordinarias, estimulantes, me abrían la cabeza. Entonces, yo iba al taller y después me pasaba dos semanas corrigiendo lo que me habían dicho y otras dos semanas escribiendo el capítulo nuevo. Otras veces, también iba sin llevar nada para leer, solamente escuchaba. En la práctica, el laburo que yo hacía en editoriales es el mismo laburo que hace un tipo en un taller, con la única diferencia que en una editorial lo hacés mano a mano con un tipo que es profesional. En cambio, en un taller lo hacés con diez a la vez que todavía están buscando su voz y su proyecto propio. Para mí mientras están escribiendo para ver si escriben, no tiene mucha gracia el asunto. Es un acto literario pero muy diluido y yo siento que sirvo de poco, porque hay cosas que el otro tiene que descubrir solo y hasta que no las descubre, no le sirvo. Una vez que las encuentra le soy más útil hasta un punto en donde va a querer empezar a pensar él solo. Al menos eso me pasó a mí. Hubo un punto en el que dije ya entendí cómo piensa Abelardo para decirme cómo tengo que corregir. Ahora no quiero que me lo diga más, quiero sentirlo yo. Hay gente, en cambio, a la que le encanta que le sigan corrigiendo toda la vida. A mí no me gusta. Me divierte, de patotero que soy, que alguien me mire un texto, pero nueve de cada diez sugerencias que me hacen son cosas que yo ya pensé y ya descarté. Lo hago porque de pronto te encuentran una que puede ser útil y porque tengo la suficiente confianza en mí mismo para que no me joda. Si le doy algo a Saccomanno y me dice cinco cosas de las cuales cuatro me hinchan las pelotas ya no me pone de mal humor. Hay tipos que son más inseguros y por cosas así hasta pueden llegar a arruinar una amistad.

- Alguna vez dijiste que todos tus personajes están hechos de vos mismo más observación, ¿la profundidad de un personaje siempre tiene que estar estrechamente ligada con lo autobiográfico?

-No, me parece que muchas veces lo que veo a través de la observación, lo que he pescado de otra gente es la parte más profunda del personaje. Lo que le pongo mío es un poco de relleno para darle algo más de carnadura. Le puedo poner algún tic mío, una costumbre o algo que hice alguna vez porque yo soy eminentemente curioso. Puedo estar al lado de un tipo que hace yoga y si el tipo tiene una manera interesante de explicar cómo hacer yoga, yo no voy a hacer los movimientos que hace él ni en pedo, pero me quedo escuchando y me divierto. Estoy con un amigo pescador y también me encanta escucharlo cuando viene de pescar. Me puede invitar a que vaya con él, pero a mí no me hace falta, yo ya lo vivo cuando él me lo cuenta. Tengo mucha empatía y eso me da una impunidad total para escribir. Me animé a traducir a Kawabata aunque fuera del inglés y yo te garantizo que mi traducción está bien. Me leí la traducción en francés, en italiano y en portugués para estar más seguro, para ver cómo lo tradujeron cada uno de ellos, pero yo te juro que lo entendí. Otros escritores japoneses no sé si los entiendo, pero en los libros de Kawabata sí sé perfectamente lo que el tipo quiere decir.

-Un escritor consciente o inconscientemente vive cazando personajes, el hecho de vivir en un lugar como Villa Gesell, ¿hace que puedas cazar más o menos que en una gran ciudad?

-Acá hay otro registro. En la ciudad vos te movés con un grupo de gente en el que casi todos están en el mismo palo. Gesell es un pueblo chico y casi toda la gente que vive acá vino de otro lugar a probar otra cosa. Entonces, cuando te hacés amigo de alguien lo primero que te cuenta es cómo y por qué llegó, de qué escapaba. Yo tengo una pandilla de amigos que si estuviera en Buenos Aires no podría tener ese nivel de diversidad. Sería incapaz de tener amigos así. La mayoría de mis amigos estaría más en el palo artístico e intelectual. Esa variedad a mí me resulta súper atractiva. Hace un tiempo escribí una contratapa sobre uno de mis amigos de la pandilla de Mar de las Pampas. Es un tipo que tiene onda con los animales y lo contrataban en las películas para que adiestrara un buitre u otros bichos raros. Cuando me cuenta eso, al otro día ya lo llamé y me fui con la libretita para terminar de redondear algunas cosas. Después, cuando salió en la contratapa él no lo podía creer. Además, lo puse con nombre y apellido y por eso se contactó con gente del mundo del cine que hacía más de diez años que no lo veían, así que más contento todavía.

-Durante la época de Nadar de noche había en tu literatura una cierta adrenalina que calculo también tenía que ver con tu forma de vida, ¿te costó mucho cambiar de hábitos?

-El día que exploté, que me agarró la pancreatitis, fue uno de esos cierres épicos de Radar que terminás a las dos de la mañana y es tal el nivel de camaradería que tenés con los que te estuviste puteando, laburando a tu lado, que después decís: “vamos a tomar algo juntos”. Y ahí chupamos todos como bestias y yo en mi recuerdo nunca fui el que tomaba más ni el que se drogaba más ni el que más nada. En todo caso era el que más trabajaba. Pero igual exploté y recuerdo que cuando me pasó, que estaba hecho un ovillo en el baño de casa, le gritaba a mi mujer para que llamara a una ambulancia porque sentía que me estaba muriendo. Ahí yo pensaba, “todos chupan más que yo y sin embargo me estoy muriendo yo”. De todos modos, sé que a cualquiera que sea más o menos curioso, en algún momento de su vida le interesa aunque sea estar por un ratito en el carril rápido, en el borde peligroso de las cosas. Igual, yo me reconozco a mí mismo más como un superviviente nato que como un tipo autodestructivo. Hay gente que vive siempre atormentada y le gusta el bardo para probar el peligro y cada día prueban un poquito más. Yo, en cambio, pruebo un poquito y con eso ya tengo para escribir, que es lo que busco. No me interesa quedarme ahí y tener una dosis más grande, prefiero vivir y quedarme más tranquilo. Además, vi a unos cuantos estrolarse muy feo. Tengo amigos que se suicidaron, que murieron de SIDA, de sobredosis, otros que se murieron en accidentes, salvando gente. De eso es inevitable no aprender.

-En alguna de tus contratapas dijiste que había escritores que te apasionaban más por lo que leían que por lo que escribían, ¿te molestaría que alguien dijera lo mismo de vos? ¿Decir eso no es una forma de ningunear el trabajo de un escritor?

-Creo que lo dije refiriéndome a Javier Marías. A mí cuando él escribe sobre lo que lee, me encanta, pero cuando escribe sobre lo que piensa, me gusta menos. Yo sé que corro el riesgo de que lo digan de mí porque hablo todo el tiempo de libros. Pero por otro lado, una de mis pequeñas satisfacciones es que muchas veces gente que va a esos libros de los que hablo, después me dicen que les gustó más mi nota que el libro. Igual, los libros que recomiendo siempre están buenos. Yo siempre digo que soy un plan de alfabetización de una sola persona. Todos los viernes digo lo que tienen que leer. Si leen lo que yo digo, van a disfrutar y van a aprender. Así que si me recuerdan por lo que leí, está buenísimo.

-Entre tanta lectura, ¿cómo hacés para dosificar tu tiempo y sentarte a escribir? Me imagino que en un lugar como Villa Gesell, donde hay mucho menos para hacer, la relación con la literatura debe ser todavía más culposa, ¿no?

-Yo leo todo el tiempo y los días que no lo hago tengo como un síndrome de abstinencia. Cuando no tengo buena lectura flotando a mi alrededor me preocupo, porque además de que me gusta, tengo que alimentar la contratapa. Ahora, con el tiempo, cada vez me siento más a escribir. Antes era distinto. Yo llevo diez años en Gesell, en los primeros siete la relación era seis horas de lectura y como mucho escribía una o dos.

-¿Y no te sentías culpable por escribir tan poco?

-En un punto sí. Una de las razones por las que se derrumbó mi matrimonio fue esa. “Estás leyendo todo el día, estás en otro mundo”, me decía mi mujer. Yo le contestaba “sí, pero hago las cosas igual” y ella me respondía, “las hacés, pero las hacés distraído”.

Antes puede que me sentía culpable porque todavía estaba un poco inseguro. Sentía que si no escribía no era escritor, pero después de María Domecq y de hacer las contratapas me agarró mucha más seguridad. Yo sé que escribo todas las semanas. Además, también estoy escribiendo una novela pero hago exactamente lo inverso a lo que hacen todos. Todos escriben de taquito las contratapas y ponen la libido en la novela que escriben. Yo hago todo lo contrario, la novela la escribo con lo que se me ocurre en el momento y pongo la libido en las contratapas.

Ahora ya no tengo culpas. Sé que soy escritor, sé cómo me funcionan las cosas. Conseguí salir del laberinto por arriba y ya no le hincho las pelotas a nadie por si no tengo tema o no estoy inspirado para escribir una novela. Puedo hinchar las pelotas los lunes cuando no tengo el tema para la contratapa, pero es porque yo elegí escribir estas contratapas sin red, sin hacer parrilla, sin tener cosas preparadas. A mí me parece que la contratapa sale por la presión del cierre. Yo el lunes y el martes camino por la playa como un condenando hasta que termino de entender. Leo, voy a la computadora, busco en internet, vuelvo a los libros, a los subrayados y me pregunto qué quiero contar, qué historia tengo. Una vez que la veo ya sale con fritas. Ese proceso ya he conseguido hacerlo de una forma más disimulada para no romperle las pelotas a nadie de los que tengo a mi alrededor. Ahora, esto de vivir solo está bueno porque cuando estoy insoportable, estoy insoportable a solas.

Publicada en Revista Bacanal.