“Estoy más contento con que me lea el que nunca leyó y no el crítico literario de La Nación”.

Nando Varela Pagliaro
Es el narrador virtual más leído en lengua española. Su obra Más respeto, que soy tu madre fue galardonada con el premio al mejor weblog del mundo; su versión teatral, protagonizada por Antonio Gasalla, que acaba de estrenar su segunda parte, se convirtió en la comedia más taquillera del teatro argentino. Como si fuera poco, por iniciativa de Mario Pergolini, Casciari empezó a grabar en 2012 unos micros radiales para Vórterix, a partir de textos propios. El resultado gustó tanto que el autor mercedino llegó con sus cuentos hasta el Cosquín Rock y este año, como un rockstar literario, se dispone a realizar recitales por distintas ciudades del país.
Hernán Casciari debía tener no más de cuatro años cuando sus padres le enseñaron las únicas dos cosas del mundo que todavía hoy hace con placer: leer y escribir. Ya desde sus primeros garabatos supo que la herramienta de la escritura la usaría para contar cuentos. Una tarde, como tantas otras en su Mercedes natal, se vería obligado a arrancar la primera hoja en blanco del cuaderno de matemáticas y al igual que Twain, Poe o Stevenson , él también tendría que echar luz sobre sus miedos y sus sueños para que alguien los leyera. Sin embargo, confiesa que tardó muchos años en considerarse un escritor:
“Mi viejo estaba en el baño leyendo una revista que yo hacía en Mercedes. Él nunca leyó, nunca había leído nada. Y cuando escuché una carcajada suya sabía que estaba leyendo algo que yo había escrito en esa revista. Porque uno en realidad se considera escritor cuando puede enganchar al lector que a uno más le importa que lea. Y en mi caso siempre fue mi viejo. Yo creo que a los diecisiete, dieciocho, cuando escuché que él entendía lo que estaba haciendo, cuando él entendió que aunque lo mío no fuera el deporte, que era lo que él quería, cuando entendió que escribir estaba bien, me parece que me sentí por primera vez que tenía algo de sentido lo que estaba haciendo”.
En sus primeros pasos como lector, fue de vital importancia una bolsa enorme repleta de libros que le regaló su tía Ingrid. En esa bolsa estaba casi toda la colección Robin Hood: Doyle, Verne, Salgari y tantos más. Pero, fue con “El gato negro” y “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgard Allan Poe que Casciari descubrió una literatura superior. Algo mucho más potente, algo que de verdad lo asustaba. Se dio cuenta de que era muy impresionante lo que le podía pasar a una persona cuando leía. A partir de entonces comprendió que él haría lo imposible para provocar esa misma sensación, esos mismos sentimientos en sus lectores.
A Chiri, su gran amigo, uno de sus primeros lectores y luego el protagonista de muchos de sus relatos, siempre le resultó muy sorprendente el poder de abstracción que tenía Casciari.
“Muchas veces, estábamos en medio de una fiesta en los departamentos donde vivíamos, estaba todo el mundo fumando “cuete” y tomando cerveza y yo, haciendo exactamente lo mismo, estaba escribiendo un cuentito en una máquina de escribir”. Esto viene a probar que tal como decía Roberto Arlt, “cuando se tiene algo que decir, se escribe en cualquier parte. Sobre una bobina de papel o en un cuarto infernal”. Lo único que no puede faltar es la voluntad de sentarse y teclear hasta sacar de adentro lo que todo autor lleva consigo.
A pesar de que desde muy pequeño Casciari supo cual sería su vocación, entre los dieciocho y los treinta años tuvo una época larguísima en donde, según dice, no entendía nada de literatura y suponía que ser escritor era una tarea demasiado compleja.
“Cuando escribía periodismo me salía todo muy suelto, porque realmente no me importaba y cuando me sentaba en la máquina de escribir a hacer literatura era como si me pusieran una corbata y pensaba que todo era muy solemne y me salían unas cosas horribles. Recién en España, cuando empecé a escribir para Internet, que no es literatura, da la impresión de que fuera mucho menos respetuoso, encontré mi propia voz. Cuando empecé a escribir para nadie, sin ninguna intencionalidad de publicación, sin que realmente me importara, encontré mi voz. Yo creo que las voces personales, los estilos, se encuentran, sobre todo, cuando se les pierde absolutamente el respeto a lo que eso significan. A veces leo libros, donde me doy cuenta de que el tipo está creyéndose algo y no es tan bueno. Las cosas están bien cuando de verdad hay tripas, y cuando no te importa mucho. A mí me parece que yo tuve la suerte de encontrar en Internet la sensación de inutilidad de la literatura, necesaria para poder tener mi propia voz”.
Fue gracias a Internet que Casciari se transformó en el narrador virtual más leído en lengua española. Sus obras, escritas “en directo” frente a miles de lectores, han impulsado un nuevo género, la blogonovela, que mezcla la literatura con las nuevas tecnologías. Su primera obra online, Más respeto, que soy tu madre (2007) fue leída por más de cien mil internautas en todo el mundo y galardonada con el premio al mejor weblog del mundo por la cadena alemana Deutsche Welle; su versión teatral, protagonizada por Antonio Gasalla, se convirtió en la comedia más taquillera del teatro argentino. No obstante, el escritor no ve a la web sólo como una fuente de prestigio o como un motor que lo impulsa a sentarse a escribir, sino que la considera antes que nada una distracción. “Es algo que te distrae de la necesidad de trascendencia. La trascendencia es un peligro muy grande para el escritor. Ese sentimiento de que estoy haciendo algo, que necesariamente tiene que pasar a una posteridad, me parece que eso es un palo en la rueda muy grande. Y la distracción, el procastineo, el estar picoteando de un lado para el otro, a mí me hace muy bien. No sé si funciona como motor, pero sí me genera la sensación de amateurismo que necesito para poder trabajar”.
Casciari piensa que la posteridad y el bronce no se pueden conseguir con una literatura tan cotidiana como la suya. Eso se lo deja a otros:
“Yo soy un escritor instantáneo, no soy un escritor de complejidades. Me encanta la literatura compleja, me parece muy bien, es admirable, pero no soy suficientemente inteligente para llegar a ese lugar. Yo lo que puedo hacer es entretener y emocionar rápidamente, pero con esa estructura de café instantáneo. No busco en ningún caso ser el mejor café. Si alguien quiere tomar un buen café no tiene que venir a mi casa. Yo lo que hago es batirte un cafecito, tomamos un café y charlamos, pero lo mío es más parecido a una charla, a una conversación de sobremesa y no a una buena literatura. Yo sé cuál es la buena literatura. No soy tan pelotudo como para no darme cuenta. Mis libros tienen en la tapa a un toro y a una vaca cogiendo. No son libros buenos, son libros que tienen una cercanía muy grande con el lector”.
Con el paso del tiempo, cada vez es más consciente de lo que está haciendo. Sabe qué es lo que busca y a quién quiere llegar con sus textos. “Yo necesito recibir correos de pibes que me dicen que nunca habían leído un libro hasta que encontraron tal cosa. Y obviamente no tiene que ser una literatura compleja esa. Tiene que ser una literatura cercana. Yo estoy mucho más contento con que me lea el que nunca leyó y no el crítico literario de La Nación. Ese tiene un montón de libros buenos para leer, porque es un tipo complejo. Yo necesito que lea el pibe, el que no lee, porque a mí me gusta tanto leer y me gustó tanto leer cuando tenía quince años, que lo que más busco es que un pibe de quince años que todavía no descubrió eso, lo pueda descubrir. Lo demás me chupa un huevo”.
Casciari es tan vehemente como lo son sus palabras. Fue esa vehemencia la que lo llevó a renunciar a escribir sus columnas en La Nación y El País y a dejar de publicar sus libros con la Editorial Sudamericana en Argentina, Grijalbo en México y Plaza & Janés en España para dedicarse de lleno a llevar a cabo, hasta ahora, su epopeya más ambiciosa: la revista Orsai.
Cansado de todo lo burocrático que rodea al mundo de los medios, junto con Chiri Basilis, su amigo de la infancia, Casciari le dio vida a un proyecto verdaderamente revolucionario: una revista literaria sin avisos publicitarios y con un sistema de distribución que apeló a eliminar a los intermediarios. El éxito de Orsai fue tan grande que bajo el mismo nombre lanzó una editorial, con la cual ya lleva publicados Cuadernos secretos de Horacio Altuna, El gran surubí de Pedro Mairal y su último libro Charlas con mi hemisferio derecho.
En este tercer volumen con sus relatos, Casciari plantea que en su experiencia personal le resultaban más fructíferas esas “sesiones literapeúticas”, a las que recurría para soltar la mano, que ir a una terapia o a un taller literario. Cuando le pido precisiones sobre la incidencia que pueden tener los talleres en la formación de un escritor, no duda:
“Alguna vez dije que los talleres literarios sirven para conocer minas y no mucho para otra cosa. Después, amigos que dan talleres me dijeron que no era tan así. Yo nunca fui a uno pero supongo que mucha gente sale de ahí con lecturas ajenas que son muy interesantes. Igual yo siempre recomiendo tener amigos cercanos que hagan eso. Además, ahora con Internet tenés lectores donde querés. Tirás un texto y vienen cuatro de Honduras y te dicen algo. Entonces, me parece que no hacen mucha falta. Lo único que sí hace falta es leer mucho y escribir mucho y nada más”.
Cuando uno lee a Casciari tiene la sensación de que el desarraigo tuvo un papel preponderante en el desarrollo de su trabajo, no sólo porque su primer libro de relatos, España, decí alpiste, jamás hubiera existido sino porque, como él mismo cree, quizás el hecho de estar viviendo en Barcelona le dio una cierta inmunidad inicial. “Yo veía a gente muy talentosa en 2002, 2003, viviendo en Argentina, que se la ninguneaba un poco por vivir en el país, y a mí se me respetaba un poquito más por estar lejos. Posiblemente, el hecho de estar lejos, te aleja también de cuestiones políticas. Te aleja de una cercanía demasiado intrusiva con tu propia ciudad. El estar lejos te abre un camino de descripción de tu propia tierra, que es muy difícil de ver estando dentro”.
Pero no todo es tan sencillo como parece, irse a vivir a otro país siempre tiene sus bemoles. Y en España, a pesar de que el idioma es el mismo, los códigos humorísticos, son bien distintos. A Casciari le llevó dos años comprender de qué se reían los españoles.
“Yo si no manejo la herramienta del humor no me puedo comunicar. Me pasó en la primera semana, en una reunión de amigos de mi mujer, donde me di cuenta de que era muy complicado hacer reír a esa gente. La ironía que manejan es un dos por ciento de la que manejamos nosotros y se ríen de cosas más circunstanciales que abstractas. Yo estuve un par de años escuchando mucho, hasta entender y hasta empezar a hacerlos reír. Y cuando empecé a hacerlos reír, empecé a trabajar en blogs que eran muy de allá. Pero me llamé a silencio un par de años, justamente para no ser ese pavo que se pone a hablar porque sí”.
Lo autobiográfico y lo íntimo son dos elementos basales de los que Casciari se sirve para construir su obra. Sin embargo, a la hora de sentarse a escribir, se pone ciertos límites. “Yo tengo dos suegros, viven muy cerca de casa, pero no los vas a encontrar nunca en ningún libro mío. Y mirá que tengo cosas para contar, y divertidísimas todas, alucinantes, posiblemente mi mejor literatura sea de mi relación con mis suegros. Pero nunca nadie los ha visto en nada que yo escriba, porque les tengo mucho respeto y porque sé que no entenderían esos códigos. Con mi mujer, con Chiri y con mis viejos lo manejaba porque sabía que había un código muy cercano de guiño, pero con otra gente no. Entonces hay muchas cosas de mi vida que no cuento, no porque a mí me resulten vergonzosas. A mí me chupa un huevo, soy un antihéroe absoluto y cuento todo, pero sé que hay gente a la que no le gustaría”.
Casciari habla de literatura hasta por los codos. Se podría decir que respira literatura desde que se levanta hasta que se acuesta. Se lo ve muy contento con poder publicar sus libros por medio de su propia editorial, y en cierta forma con tratar de seguir siendo amateur. No quiere creerse ninguna cosa rara ni que nada lo distraiga de su objetivo: seguir escribiendo y teniendo la suerte de poder publicar textos de otros autores de altísima calidad.
Orsai es su fervor y todos los proyectos que hasta hoy lo ocupan nacieron a partir de ese blog que no se llamaría así, si Casciari no se hubiera atrevido a vivir en otra tierra, a vivir “fuera de juego”. Orsai es un cuaderno que no cierra por melancolía, como el cuento de Isidoro Blaisten, es en palabras de su autor,” un perro longevo, una mascota que morirá conmigo de idéntica enfermedad que su amo. Allí diré un día “tengo cáncer”, y otro día diré “tengo un nieto”, y otro día diré “ya no se me para la poronga”. Orsai es la sombra constante de mi memoria”.
Siempre es difícil saber cuál es la clave del éxito, pero en Casciari para encontrarla habría que buscar en su forma de narrar hasta lo más insignificante. Es eso y no otro rasgo de su personalidad lo que genera en sus seguidores una participación activa, una especie de militancia. Casciari sabe esto más que nadie: “Cuando vos contás una historia y a la persona que se la estás contando le está llegando realmente, vos sabés que esa persona se convierte en ese mismo momento en un difusor. Esa persona se va una sobremesa con amigos que no conocen y este tipo está como encantado de poder contarles. Eso genera que los otros cuatro que lo están mirando, a la noche se vayan a buscar eso que le contaron”.
Antes de despedirme, le pregunto cómo trataría de convencer a un pibe para que lea y por cuáles libros le recomendaría que empiece. Casciari se pone aún más enfático que durante el resto de la entrevista y explica:
“A mí me parece que la conveniencia de leer tiene que ver pura y exclusivamente con ejercitar el cerebro. Cuanto más complejo sos, más gozás. Es tan simple como eso. Es como hacer musculito. Hay una fórmula de levantar minas que es hacer musculito y una fórmula de levantar minas que es tener la cabeza bien amueblada. Para tener la cabeza bien amueblada es necesario, de a poco, ir aprendiendo a tenerla. No podés ser un pavo. Hay herramientas que te ayudan a no ser un pavo e incluso a gozar hasta físicamente. Entonces esa me parece que es una buena forma de incentivar. Y en cuanto a qué leer, diría que los chicos de quince años deberían empezar por Bestiario, porque hay cuentos que te rompen la cabeza a esa edad de una manera que después te ayuda a que encuentres otras cosas que te rompan la cabeza. Para pibes de unos diez años, Horacio Quiroga es ideal, pero lo mejor de todo, supongo, y en el caso ya no de pibes que van solos, sino de chicos más chicos, es leerles y contarles cosas todo el tiempo y que haya libros en casa, pero no sólo en los anaqueles, sino que los pibes vean que hay otra persona que disfruta mucho con eso”.
Publicada en Revista Quid.