Gandhi

Cuando estaban separados, mi viejo se transformaba en Mahatma Gandhi. Guardaba su ira y la ferocidad en un cajón y se ponía el traje de padre ejemplar. A mí me gustaba que fuera más tranquilo, pero me parecía un poco extraño. No podía acostumbrarme a este nuevo papá. Para mí, el verdadero era el otro: el que era capaz de destrozarle la cara a un vecino con un adoquín en la mano.

Las pocas cosas que hacía con nosotros, las hacía por obligación. Era siempre mi vieja la que le insistía: “No puede ser que no compartas nada con tus hijos, ¿para qué tenés dos varones?”. Igual, él casi no la escuchaba. Creo que nunca pudo escuchar a nadie y menos a mi vieja. Pero, cuando estaban separados, todo era distinto.

Manso y tranquilo, aparecía los fines de semana y nos llevaba a hacer lo que Pablo y yo queríamos. La mayor parte de las veces terminábamos en la plaza jugando a la pelota y tomando helado en El Anta, la única heladería que tenía una pileta llena de peces.

Fue uno de esos sábados cuando nos llevó a Río Cuarto. Recién se había comprado la camioneta nueva y tenía que ablandarle el motor. Recuerdo ese viaje como una aventura interminable por una ruta llena de pozos. Recuerdo que nos turnábamos con Pablo para ir adelante un rato cada uno y que jugábamos a adivinar la marca de los coches que nos cruzábamos. Recuerdo que fue la primera vez que mi mamá no estaba conmigo. Eso es lo que más que recuerdo.