Bosco somos todos

Es el género de falso documental una forma de hacer cine peligrosa y difusa, cuyo discurso y las formas que lo articulan pueden resultar, cuanto menos, difíciles de definir. El también llamado mockumentary, valiéndose de las formas de la no-ficción, (ya empezamos a acumular clasificaciones) pretende enmascarar hechos ficticios como si fuesen reales. Es en este problemático punto donde Selfie se desmarca del plano y traza una recta tangente hacia algo nuevo. Porque la nueva película de Víctor García León está más cerca de las desvergonzadas incursiones de Sacha Baron Coen que del terror found footage o del corsé sitcom de The Office.

Sin desviarnos del debate realidad-falsedad, y a pesar de que en sus primeros minutos todo apunte a que visitaremos con más frecuencia la segunda, Selfie pasea por las calles de Madrid como un ciudadano más. Bosco asiste a eventos reales (sean cotidianos o excepcionales, como el mítin de Podemos) y conoce a personas de carne y hueso (los discapacitados del centro donde trabajará). Al contrario de lo que suele suceder, lo falso pasa a convertirse en ilusión y la ficción se reduce a nuestro pre-conocimiento como espectador de que lo que estamos viendo es una película.

Y de que Bosco, por muy genuino y común que parezca, es el actor Santiago Alverú. Tanto la puesta en escena como las interpretaciones rezuman una naturalidad insólita; la cámara se adentra de forma clandestina y violenta en sus localizaciones, mientras los viandantes miran confundidos. Se llega hasta el punto de que ciertos logos, carteles o matrículas son tapadas en postproducción. Es este, sin duda, uno de sus grandes aciertos: apenas rozar sin traspasar la fina línea de la parodia boba y el documentalismo injustificado.

En lo que concierne a la trama, la intensidad dramática (en este caso cómica) avanza según discurre el metraje. Mientras que renquea al repasar ciertos lugares comunes en el primer cuarto de hora, Bosco se impone paulatinamente como dueño y señor del filme. García León ha trabajado un guion y unos personajes sólidos, a partir de “momentos imprevisibles” [1] y que juega con los contrastes. Los diálogos y las impresiones que los personajes sueltan a la cámara son de una precisión lacerante e hilarante, que parecen sacadas (como el propio Bosco apunta) de un post de Facebook. A destacar la escena en la que Bosco, su “enemigo” Ramón y un sudafricano discuten como besugos de la falsa trascendencia en la red, rematada con un mal pronunciado “c’est la vie”.

La narración se queda en suspenso, sin embargo, en algunos instantes, presa de tiempos muertos ¿inevitables? que entorpecen el relato. La contraposición de una madre de Bosco que dice ser vidente y adivina, con el personaje de la invidente Macarena, su nueva novia (pivote narrativo de Selfie), destacan sobre todo el desfile de personajes con arcos bien definidos y sin caer en el cliché (incluido el cameo de Esperanza Aguirre). Muchos de ellos desafían con la mirada a esa figura muda e invisible que transporta la cámara y se preguntan por qué está allí. Bosco nunca sabe contestar y nosotros tampoco. Poco importa, ya que el dispositivo pisa los talones al entrañable pijo pero trata a todos por igual. En este sentido, García León se ríe de ambos bandos políticos con inquina e indiscriminadamente, y al mismo tiempo se hace evidente de qué lado está.

Selfie visibiliza además la situación de algunos problemas sociales olvidados por el cine, encabezados por los desahucios, ridiculiza actitudes hipócritas de unos y de otros (el postureo de boquilla y el procrastinar de los jóvenes) y confiere un rostro límpido y sin prejuicios a los discapacitados. El formato de reportaje televisivo y callejero que fue publicitado como epítome del realismo adquiere aquí su verdadero valor. El que construye un camino alternativo a la militancia y la manipulación de los medios, que ayuda a moldear nuestra mirada crítica y ser capaces de discernir entre verdad o mentira. Un sendero al cobijo de árboles que nos oculten del Gran Hermano, esa foto gigante e inerte de un Rajoy mirando fijamente a Bosco.

El plano final situado en la celebración post-noche electoral en la sede oficiosa asamblearia de Podemos, resume de una manera somera y efectiva el porvenir del trío protagonista. Bosco y Ramón, dos balas perdidas pesimistas cuyas opuestas ideologías cada vez se acercan más, escoltando a una mujer ciega e idealista que es capaz de ver con mejores ojos lo que les espera. Un eterno deambular por la noche madrileña, entre cervezas y consignas puño en alto. Un viaje televisado a través de la incertidumbre, en busca de la solución que haga efecto contra el somnífero de una sociedad contradictoria y demasiado perezosa para mejorar las cosas.

  1. Gregorio Belinchón: “¿Qué haces si eres hijo de un ministro corrupto y te enamoras de una ‘podemita’?” en El País, 16 de marzo de 2017.