Chau Mary Poppins
La última vez que te vi, estabas agarrado a la baranda del balcón. La tomabas con fuerza, como si no quisieras irte. Estabas de espalda, mirando el río. Para mis adentros pensé que era una linda foto, y dudé en agarrar la cámara para hacerla. Uno de mis mayores arrepentimientos.
Me gusta recordarte siempre con sonrisas, porque era tu prenda de vestir favorita. No tengo recuerdo alguno de verte con ojos tristes. ¿Enojado? Ufff, algunas. La vez que rompimos la lampara del patio de un pelotazo, o cuando tiramos el arbolito de Navidad. Y no me hagas contar la historia de que “en esta casa no se dicen malas palabras, carajo”.
Mis días favoritos con vos eran los domingos. Me gustaba despertarme a la mañana en tu casa, porque sabía que significaba desayunar en tu cama, y luego levantarte y verte en el jardín. Si me levantaba muy temprano, tenía la suerte de acompañarte al vivero y elegir las flores que iban a decorar el patio esas semanas. Si se me pasaba la hora, solamente te ayudaba a hacer los pozos donde iban a vivir los plantines. Las flores siempre me hacen recordar esos domingos.
Encontrabas cualquier motivo para estar parado arriba de una escalera. Podando la higuera, cambiando una bombilla, sacando las uvas de la parra o tratando de tapar alguna mancha de humedad con pintura. Si estabas sentado era por dos motivos: o había que comer o había que esperar que llegara alguien al negocio. En el instante que veías a una persona asomarse por la ventana, te despegabas del asiento. Fue en ese cuartito caluroso, rodeado de heladeras y golosinas, que me enseñaste a jugar a las cartas. Apostábamos un peso cada uno (ambos eran tuyos) y si ganaba yo me dejabas usarlo para comprarme un chocolate.
Jamás vi a nadie con el poder de amar tanto a los animales y que ellos demostraran amor tan recíproco. El pájaro cantaba mientras vos le silbabas un tango, mientras que la perra se acostaba al lado tuyo a acompañarte en la jornada laboral. ¿Tu otro poder? Curar cualquier raspón o herida con cinta adhesiva. Increíble, pero real.
Fuiste mi Papá Noel predilecto, aunque algunos años quisiste pasar desapercibido y encomendar el trabajo a otro. Cada Navidad espero todavía que entres por la puerta, agitando la campana y con el almohadón en el estomago mientras lucís el traje rojo. A pesar de que a los 8 años encontré el vestuario colgado en un armario viejo y olvidado, hasta pasando la adolescencia disfruté verte disfrazado, abrazando y regalando amor.
No sé que día fue cuando te fuiste, y tampoco me interesa saberlo. Una parte de mí decidió olvidarse las fechas y los números. Por eso prefiero imaginarte todos los días sacando la sombrilla del árbol, esa que ponías en la puerta de tu casa. Mientras que el auto arrancaba, te veo corriendo a nuestro lado, tratando de seguir nuestro paso, con la sombrillita abierta, como Mary Poppins.
