El terror de Correr

…o de cómo hacerle frente al monstruo de Miyazaki.


Pocas veces he sentido miedo, pero el que sentí hoy fue, además, un miedo primitivo e irracional (¿pánico?) que no recuerdo haber sentido nunca. El miedo me llegaba al pecho y sentía que me iba a explotar. Un sentimiento que, si bien no quiero volver a experimentar, también quiero dejarlo bien anotado, para recordar qué es y cómo pude salir de ese sentimiento de forma bastante digna:

Este día ha sido el que he corrido más distancia en mi vida, 32 km. Es la distancia que recorrí en el último día de entrenamiento largo antes del maratón de la Ciudad de México que correré en 15 días. La próxima semana aún correré 21km, pero ya a estas alturas esa distancia ya no la veo ni de cerca tan pesada.

Por ahí de los 28 km empecé a sentir que ya no podía, que las piernas no respondían, que el espíritu se quebraba. Supongo que esta vez sí fue un muro, el verdadero muro. Lo que viví en el medio maratón de este año fue una babosada comparado a lo que sentí hoy. Los pensamientos negativos empezaron a llenar mi mente de una forma espectacular: “no estás preparado; así estás ahora, imagina ese día, y te faltarán más de 10 km.; te vas a quebrar y no vas a poder acabar; ok, termina hoy, pero ya no corras ese día, ya te demostraste que puedes; ¿y si te enfermas para evitar correr la carrera? (sería una forma elegante de salir de esta)” la verdad es que no recuerdo todo lo que pensaba pero en resumidas cuentas, todos los pensamientos terminaban en algo así.

Por cada pensamiento negativo, mi velocidad disminuía, mis piernas pesaban más y mi pecho sentía que le faltaba aire, pero algo en mi sabía que no era una falta real de aire, era todo mental.

Así tardé por lo menos unos 20 minutos, dejándome envolver por ese monstruo informe, como babosa de película animada de Miyazaki. Y de pronto, no sé cómo pasó, pero alcancé a ver un resquicio de luz dentro de toda esa obscuridad, al cual me aferré fuertemente y tuve la lucidez suficiente para reconocer que todo esto era un juego truculento de mi mente y necesitaba hacerle frente de inmediato y con fuerza.

Si alguien me vio, en el mejor de los casos me tuvo lástima: el miedo se comenzó a transformar en rabia, la rabia en enojo y el enojo en furia. Exploté lanzando una retahíla de improperios hacia mí y mi cobardía, mi actitud y mi falta de voluntad. Los gritos hicieron su efecto y mi cuerpo comenzó a reaccionar. Como si estuviera despertando de un enorme letargo, pude empezar a mejorar mi velocidad, le subí a la música en mi celular y empecé a cantar fuerte, recuperando, irónicamente, el ritmo en mi respiración.

Terminé bien mi entrenamiento y en el tiempo calculado. Molido pero feliz y con el espíritu en alto. No cabe duda, estoy listo para correr el maratón, solo espero que no se vuelva a levantar un muro tan alto como el de hoy, y si por azares del destino se levanta, logre sacar el coraje y la determinación para hacerle frente y llegar al final de la competencia. En 15 días lo sabré.

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