Cartón Piedra

Nada más peligroso que los sentimientos incendiarios en la ciudad de Cartón Piedra. Entre la tradición y las supercherías el miedo a morir quemado avanza por las avenidas cada vez que el fuelle del corazón aviva el fuego interno de alguno de sus habitantes. Era tal el pavor que provocaban los sentimientos a los ciudadanos de Cartón Piedra que llegaron a confundir el hambre con el odio, la alegría con la euforia, la divergencia con la soberbia y la utopía con la rabia. Fue por ello que, tras generaciones y generaciones temerosas de las hogueras de sus entrañas, construyeron una sociedad de seres tibios. Satisfaciendo anticipadamente el hambre de los recién nacidos, interrumpiendo las risas de los niños, ahogando las pasiones adolescentes con el látex de las epidemias y adoquinando las playas para que los castillos de arena no crecieran por doquier.
Así vivíamos tranquilos, serenos, con cierta desgana. Lo único que nos mantenía despiertos era el propio miedo y el estado de alerta continúo en el que debíamos permanecer para que no se despertaran nuestras pasiones. Nos enseñaron a caminar siempre con la cabeza baja y mirando al suelo para esquivar tentadoras miradas. Las aceras era como mapas, todo estaba escrito en ellas, no se hacía necesario preguntar para encontrar el sitio que estuvieras buscases, bastaba con seguir las indicaciones escritas en el suelo. Pronto aprendimos a reconocer a nuestros amigos y familiares a través de los zapatos. Es por ello que los cartonapedrianos somos conocidos en el mundo entero, no sólo por nuestra facilidad para arder, sino por los singulares diseños del calzado. Un par a simple vista podía indicarte la edad, profesión e incluso a que clan familiar pertenecía esa persona. Poco a poco renunciamos a nuestros apellidos familiares para ser conocidos por los modelos o colores que vestían nuestros pies.
- ¿Es por casualidad usted familiar de los Cordones Rojos? Porque tienen un innegable parecido.
- Sí, ciertamente somos familia pero sólo por parte política. Yo originalmente provengo de los Sandalias Planas pero al casarme pasé a ser parte de los Cordones pero de segundo “apellido” que es Magenta.
- Ay discúlpeme, ya sabrá usted que los Botines de Ante somos daltónicos de nacimiento. Esas diferencias nos son prácticamente imperceptibles.
- No se preocupe, me pasa muchas más veces de lo que usted cree. Es lo que tiene ser tan sutilmente diferente.
El lector se estará preguntando cómo siendo humanos — peculiares, lo sé, pero al fin y al cabo humanos- hacíamos para lograr mantenernos tan férreos ante el propósito de conservar nuestra integridad física y la de nuestra ciudad. Cabría pensar que, como en cualquier pueblo o civilizacion siempre ha habido seres de carácter individualista, menos concienciados con el bien común, ovejas negras que imaginan humanos saltando la cerca. Y claro que los hubo y los habrá. Para sofocar esos deseos de rebelión, esos despertares hormonales y para reducir las almas temerarias nuestro Consejo de Ancianos y Sabios decidieron en consenso reservar un mes al año para que todos los habitantes de Cartón Piedra desahogaran pasiones los desasosiegos. Así, durante la tercera luna de cada año, Cartón Piedra se paralizaba. No éramos requeridos a acudir al trabajo, ni los niños a la escuela. Todos salíamos a las calles, aquellas cuyas indicaciones del suelo nos señalaban hacia dónde teníamos que dirigirnos. Desfilábamos, con nuestras cabezas bajas portando un objeto del cual nos queríamos desprender, por toda la ciudad. Salíamos divididos por sectores, de calzado por supuesto, empezando por los más humildes y terminando por los más selectos. Según llegábamos al Coso, a la hora en la que el sol se encontraba en lo más alto, íbamos depositando, en su centro y de una en una, las piezas elegidas para el desapego formando así una enorme montaña de enseres inservibles. Cuando el reloj solar marcaba sobre la arena las dos en punto, la Doncella en Flor designada cada año también por el Consejo de Ancianos y Sabios, entonaba el aviso indicador de que ya se nos permitía levantar la cabeza. Era entonces, cuando después de once meses sin mirarnos, sin vernos reflejados en las pupilas de nuestros seres queridos u odiados, sin saber si habían cambiado las caras de nuestros hijos, el aluvión de sentimientos y de emociones se hacía tan enorme y tan potente que la inútil montaña comenzaba a arder de forma furiosa y estremecedora. Cuentan, los que han logrado alguna vez salir de Cartón Piedra, que son tan intensas las llamas provocadas que desde el lado del océano, en cuya parte del planeta es noche cerrada, sus habitantes se levantan de la cama creyendo que el amanecer se ha adelantado.
Ese día, sólo uno después del Idus, cuando de La Gran Hoguera cuando ya no quedaban más que rescoldos de leña, me abrí camino entre los sectores y aproximándome, decidido y ansioso, hacia las ascuas alcé no solo la cabeza sino también mi voz por encima del ensordecedor murmullo y grité:
- Estamos locos, estamos todos locos. ¿Por qué lo permitimos? ¿por qué nos permiten sentir solamente una vez al año? ¿Acaso no veis el caos que creamos al reprimir los sentimientos? Abrid los ojos, ahora que vuestros cuellos están erguidos, y contemplad vuestros rostros y lo que están haciendo con nuestra ciudad, con nuestras vidas. ¡Sintamos día a día, de tal forma que esos sentimientos creen armonía y belleza en lugar de destrucción!
Estas fueron las últimas palabras que pude decir antes de verme reducido a las cenizas de las cuales no sé cómo resurgir.

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