la extraña pareja

No es sólo que no tuvieran nada en común, es que literalmente parecían haber salido de mundos distintos. Aun así cuando me enteré de que llevaban meses sin hablarse, incluso sin verse, me pilló tan de sorpresa como cuando tres años antes se hicieron inseparables de la noche a la mañana. No recuerdo bien a quien de los dos conocí primero. Probablemente fuera a ella cuando cursábamos primero en el turno de la tarde y a él sería al año siguiente, cuando tuve que empezar a trabajar y cambié mis clases a la mañana. Ni la universidad ni la ciudad son lo suficientemente grandes como para que al menos no te suene de vista la gente de, más o menos, tu misma edad. Además el ambiente nocturno por aquella época no hacía grandes distinciones. Te podías encontrar en los mismos bares tanto a hippies alternativos de Filología como a niños de papá con jersey de angorina azul marino más propios de Derecho o Económicas. Todos bebiendo lo mismo, y escuchando la misma música. Siempre revueltos pero nunca juntos. Se conocieron en una de esas fiestas que organizan, no sé si lo seguirán haciendo, los estudiantes de Químicas. Las famosas “novenas” que consistían, básicamente, en acudir durante nueves días por la mañana temprano al parking del campus de ciencias y beber como deficientes el peor vino que pudieras encontrar en el supermercado. Yo solía ser asiduo a ese tipo de celebraciones, iba incluso antes de haber terminado el instituto, pero por x o por y ese año no lo hice. Pero ellos dos sí, cada uno por su lado, y algún etílico momento de aquella gélida mañana de diciembre terminaron encontrándose cara a cara. Se hicieron íntimos desde ese mismo día. En clase y en los pasillos de la facultad comenzaron los rumores sobre la extraña pareja. Creo que ellos no eran conscientes de la expectación que despertaban. Y si lo eran, conseguían aparentar muy bien que no les importaba. Se les veía felices juntos, se buscaban al terminar las clases e incluso a veces él iba a las de ella y viceversa. Pero la mayoría del tiempo lo pasaban en un pequeño café de la calle peatonal que está a la derecha según sales de la plaza. Uno de esos lugares de estética y ambiente variopinto en los que los viejos toman café y leen el periódico por la mañana temprano, los vegetarianos almorzaban deliciosas ensaladas de arroz y los jueves por la tarde entre vasos de vino tinto, los djs locales te incitaban a comenzar al fin de semana. Allí se pasaban las horas muertas, como si formaran parte de la decoración. Si les buscabas, siempre sabías dónde encontrarlos. Repetidas veces me invitaron a acompañarles pero nunca me sentí cómodo en aquel sitio, me resultaba caro y el servicio muy desagradable. Ambos me daban la razón en mis dos afirmaciones, alrededor había sitios muchos más baratos y más amables pero a ellos parecía divertirles la soberbia de aquellos empleados. Y a mí no sé qué molestaba más, si las malas maneras de aquella camarera de pelo azul o sus risas incesantes al ver mi cara de estupor.
Lo cierto es que vistos así juntos no lograba reconocerlos. No tenían nada que ver con la imagen que proyectaban por separado. Él se hizo conocido en toda la escuela desde el primer día que llegó. Le pusimos de mote Roy, como al replicante de Ridley Scott, por su cabellera color platino y su asombrosa habilidad de tener siempre una respuesta rápida para todo. Le perdían los gestos, y aunque todos los chicos de la clase, que éramos más bien pocos, bromeábamos con el temor a encontrárnoslo a solas en el baño, lo cierto es que nunca se mostró sexualmente interesado en ninguno. Por más que le provocábamos y le tirábamos de la lengua nunca le descubrimos una mirada furtiva hacia nosotros ni una mala cara al hacer cualquier tipo de comentario homofobo. Era el primero en reírse e incluso su lengua viperina dejaba muy al descubierto una mentalidad mucho más conservadora de lo que se le supone a un chico con un lado femenino tan visible en su aspecto. Era chico muy peculiar, no se parecía a nadie que hubiera conocido antes. Me caía bien pero algo me decía que no era de fiar. De todos modos congeniamos bien, una vez superados los prejuicios. Además rara era la vez que no estaba rodeado de mujeres. Sin duda tenía algo que, lejos de ahuyentarlas con sus bromas misóginas, hacía que ellas se comportaban como niñas, o ratas, tras el flautista de Hamelin. Ella era todo lo contrario, su carácter era más bien reservado, y con muy poca tendencia a sociabilizar. Precisamente fue eso lo que me creó la suficiente curiosidad como para acercarme. Era capaz de estar horas sentada entre la multitud de la clase sin mezclarse, o de permanecer inmóvil y ausente fumando un cigarro en la sala de lectura, único lugar en el que estaba permitido, en medio de las conversaciones ininteligibles, el humo y los empujones. Fue en esa sala de lectura, en la nunca hubo nada que leer, dónde me acerque por primera vez a Anne. Y lo hice con la excusa menos original que pude haber dicho: “¿tienes fuego? “. Me miró a los ojos, sacando su clipper del bolsillo de su pantalón vaquero y me lo dio en la mano. Era un mechero amarillo que alguien había decorado con un trozo de cinta aislante roja y otra morada. -Salud y república, compañera — le dije al devolvérselo guiñándole un ojo. Ella volvió a mirarme pero esta vez sonrió. La política siempre nuestro tema favorito, y las manifestaciones, y el 07, y la Cuba de Castro, y la deuda externa y el intento de boicot en el que participamos cuando George Bush padre vino a dar una conferencia financiada con los fondos públicos de la universidad, del cual salimos ilesos pero conociendo en cuerpos ajenos y cercanos el significado del término “policía infliltrada”.
Pero si algo había que obsesionara realmente la cabeza revuelta de Anne, además de la poesía de Oliveiro Girondo y su lado oscuro del corazón, era aquella cantautora de orígenes macedonios que a mí tanto me recordaba a los peores comienzos de PJ Harvey. Pero no fue conmigo con quien hizo planes para ir a ese concierto. Planes que se vieron truncados por el repentino accidente de su padre, el cual ingresó y permaneció en cuidados intensivos durante la semana más triste del 98. Ni fui yo quien pasó día y noche a su lado en aquella sala de espera, que sólo abandonaba durante treinta minutos para entrar a verle, a las ocho de la mañana y a las ocho de la tarde. Y tampoco fui yo quien persiguió a la esquiva cantante por toda la ciudad hasta que a las tantas de la mañana y en la única discoteca que quedaba abierta, consiguió acercarse a ella para decirle que Anne, su mejor amiga y él, tenían entradas para ir al recital pero que al final no asistieron por fuerza mayor. No sé cómo se las ingenió ni lo que le dijo exactamente aquel tipejo amerado y sibilino. Pero un mes después de la muerte de su padre, cuando Anne recuperó fuerzas para volver a clase, me mostró emocionada la primera de las muchas cartas, que darían comienzo a su relación, firmada por la que más tarde sería princesa del pop independiente.

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