La promesa de morir negando que alguna vez amamos de verdad

Te entiendo, yo también estuve en esos lugares con él; esos que no se fotografían, los que no se recuerdan más que cuando se tocan. Ya estuve en esas canciones que te canta y te regala, las tarareábamos juntos, yo se las canté a él alguna vez. Ya estuve en los ratos libres y las noches de mucho ruido, ya estuve cuidándole el ánimo de no llevarme a casa hasta las tres de la mañana. Ya estuve en las pláticas existenciales, en las confesiones de copiloto y las últimas gotas de vino. Yo también le pedí que se quedara, que se fuera conmigo, que escapáramos a otros bares, otras países y otros cuartos.

Por eso sé que te quiere, porque conozco esa mueca inconsciente suya que te gusta tanto. Porque también probé su miedo y aprendí a leer, como tú, la ternura en sus excusas, pero jamás dudé de su voluntad de tenerme y jamás quise vivir en un abrazo suyo tanto como cuando entendí que su manera de mantenerme a salvo de la desilusión inminente, era dejando al margen de todo lo real cualquier promesa fácil de romper. Por eso sé que eres una mujer con suerte, porque su amor toma muchas formas y a diferencia de su pasado, tú has aprendido a ser favorita de muchas de ellas, haciéndolas tuyas como obedeciendo al curso obvio de su destino y mereciéndotelas como nadie. Y porque si procura rescatarte de lo que se empeña en representar de él mismo, esta vez no habrá qué lo salve de jurar no hacerte daño y cumplirlo aun cuando eso implique ser marcado para siempre; adorarte por completo o no volver a verte nunca más.

Ruth Xilotl

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