Reflejo de una mujer con el desnudo en pausa

Hoy volví a ponerme el vestido que usé cuando te conocí, ese corto, ya sabes, con el que me tocaste por primera vez. Todo él es igual, la gente me lo ve igual, pero yo me miro al espejo y ya no es lo mismo. Me miro al espejo y ya no soy la de antes. Porque más que la conciencia de mi cuerpo, el reflejo me devuelve a los momentos antes de nuestro primer beso, ese que sucedió mejor que planeado, justo después de bajar del coche y acomodarme el vestido para tomarte de la mano y que nos acercáramos sin el preludio ridículo que siempre caracteriza a las bocas torpes cuando apenas están por encontrarse. Un beso que supo a que se merecía tal como fue, que no debía ser antes y no debía ser más. Que no desesperó y que terminó a tiempo para afortunadamente todo.

Lo revivo a solas y me visualizo enseguida como una mujer que dejó en tus manos el desnudo en pausa y el ánimo obvio de incitarte al improperio. Me imagino frente a este mismo espejo descifrando las decenas de mensajes que podría guardar tu ingenio sobre mi cuerpo, queriendo hacerte preguntas sobre tus sueños más secretos para que me respondas jugando con mi nombre pegado en tu sonrisa ambigua, encantadora, sincera. Y te imagino jamás perdiendo de vista lo que es verdaderamente importante cuando te dejo abusar de tu misión en mi vida, acercándote al centro de todo lo que siento con la misma naturalidad con la que, en aquella primera ocasión, ponías tu mano aparentemente prudente en mi espalda baja, mientras caminabas apenas unos centímetros detrás mío por los pasillos de un lugar que no sabía si nos vería juntos otra vez.

Más tarde esa noche pensé en cuánto deseaba que tu mirada me invitara, de repente fija en mis labios, mientras a mí se me atrancaban los suspiros en el pecho imaginando que me sentaba en tus piernas y te abrazaba por el cuello y la gente se iba y me sacabas a bailar. Por eso quiero volver a verte, para vivir la experiencia completa de ver cómo parece que disfrutas el silencio, para enamorarme tanto como dure, de la precisión con la que se nos cumplen deseos distintos al mismo tiempo, para reírnos fuerte de lo evidente que resulta no pertenecernos en absoluto, pero desafiar cada uno a su destino con los abrazos que parecen unirnos como piezas de un mismo plan, para sentir que cualquier momento juntos no es más que la recompensa por todas nuestras buenas intenciones que son un misterio, y para convertirme sobre tu cuerpo en un pinche mar inmenso. Profundísimo. Y que te hundas en él.

Ruth Xilotl

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