El fotógrafo que quiso encumbrar a los parásitos


El martirio de la mariquita comienza con una picadura. La avispa Dinocampus coccinellae inyecta en su interior un huevo del que saldrá una larva hambrienta. Nada puede hacer la desgraciada mariquita mientras se la comen por dentro (ni siquiera morir, porque el parásito esquiva sus órganos vitales). Unos días después, la larva de la avispa atraviesa el abdomen del insecto, preparada para formar su capullo en el exterior. Resguardado entre las patas de su huésped, el parásito continúa manipulando el comportamiento de la mariquita, que dedicará sus últimas fuerzas a proteger el capullo de posibles depredadores.

El fotógrafo Anand Varma (Atlanta, 1986) ha retratado este y otros siete procesos parasitarios en la serie Mindsuckers, que la semana pasada se llevó el primer premio World Press Photo (WPP) en la categoría de Historias de la Naturaleza.

Lejos de sentirse horrorizado por la historia de la avispa y la mariquita, Anand considera fascinantes los sofisticados mecanismos que algunos parásitos emplean para manipular el comportamiento de las criaturas a las que infectan. Su camiseta con el mensaje “I love parasites” es prueba de ello.

“Tampoco digo que los convirtamos en nuestras mascotas, es cierto que causan enfermedades y un tremendo sufrimiento, pero deberíamos replantearnos la opinión generalizada de que son malos y que estaríamos mejor sin ellos, porque no es verdad”.

El último salto del grillo

El grillo que aloja en su interior un Paragordius varius no lo sabe, pero tiene un problema de incompatibilidades: él es terrestre; el gusano con las llaves de su cerebro, no. Cuando el parásito está listo para reproducirse, el grillo siente un repentino impulso de acercarse al río y dar un salto suicida. Una vez en el agua, el gusano atraviesa el cadáver del grillo, recién ahogado, y empieza a buscar pareja.

Anand Varma/National Geographic Creative

Para conseguir esa fotografía, Anand tuvo que reproducir la misma situación en su casa y se topó con múltiples inconvenientes: el primero de todos, que los grillos saltan. Adormecerlos pasaba por meterlos un rato en la nevera, un truco que aprendió de uno de los muchos investigadores de los que se rodea cualquier fotógrafo de Naturaleza que se precie. Sin embargo, la mayor dificultad era la aparición en escena del gusano.

“Al entrar en contacto con el agua el gusano sabe que ha salido del grillo y empieza a buscar pareja como loco. Se volvían hiperactivos, se retorcían frenéticamente… era imposible capturar una imagen ordenada”.

El truco para que el parásito no se acelerase fue hacerle creer que todavía seguía dentro del grillo. ¿Y cómo se le convence de eso? Sustituyendo el agua por un “suero de grillo”, un líquido cuya composición imita los fluidos internos del insecto. “Era una combinación de sales que mezclaron para mí unos investigadores de un laboratorio de Nuevo México. No recuerdo la receta exacta”, reconoce.

Por fin, 23 días después de comenzar a intentarlo, Anand consiguió la fotografía deseada. Su compañero de piso grabó en vídeo esta carrera de obstáculos.

Una mochila para toda la vida

De todos modos, fotografiar a los animales en su propia casa fue una excepción. Durante el año y medio que le llevó culminar este proyecto, Anand se desplazó por laboratorios de diferentes países.

“La interacción entre huésped y parásito ocurre muy rápidamente y hay poco tiempo de reacción. Era necesario que yo estuviera allí para poder mirar y aprender, no hubiera valido que me mandasen los animales por mensajería. Un cangrejo que ha estado dos semanas dentro de una caja no se comporta igual que uno que está en su hábitat o en un laboratorio bajo unas condiciones controladas”.

En uno de esos viajes Anand se desplazó a Costa Rica. Al llegar descubrió que en el laboratorio de San José no tenían ejemplares de Leucauge argüirá, por lo que tuvo que ir él mismo a capturar las arañas a una plantación de palmeras.

Anand Varma/National Geographic Creative

“El primer día un par de investigadores me enseñaron dónde se encontraban las arañas y qué aspecto tenían. Después fui a una tienda, compré varios tupperwares y empecé a recogerlas. Era un poco más tedioso porque tenía que encontrar arañas que ya estuvieran infectadas por el parásito que buscaba… Por lo general, conseguía un par al día. Tenía la habitación del hotel llena de arañas en diferentes estados, pude ver el proceso entero delante de mis ojos”.

Distinguir a una araña infectada por la avispa Hymenoepimecis argyraphaga de una que no lo está se hace a simple vista: la larva es amarilla y está adherida a la espalda del arácnido. Este parásito se alimenta succionando los fluidos de la araña. Una vez ha crecido lo suficiente, ordena a su huésped que construya una tela distinta a la que ha tejido a lo largo de toda su vida: una red de estructura reforzada capaz de soportar el peso del futuro capullo. Cuando ha finalizado su encargo, la larva mata y devora a la araña, fabrica el capullo y culmina su metamorfosis sostenida por la tela, lejos de los peligros del suelo.

Anand Varma/National Geographic Creative

En noviembre del año pasado, National Geographic publicó el reportaje “Mindsuckers” con diez fotos de Anand Varma (dos más de las que él presentó a concurso en el WPP). De entre las 33.000 fotos que disparó a lo largo de año y medio de proyecto, su favorita es la de un cangrejo macho “dando a luz” a miles de pequeños parásitos de la familia de los percebes.

“Creo que esa imagen es el equilibrio perfecto entre orden y caos. Hay un sentido de la muerte y un sentido de dinamismo. Te atrapa de inmediato, pero a la vez tiene el suficiente misterio para que te preguntes qué está ocurriendo.”

Y lo que ocurre es que el parásito ha feminizado al cangrejo macho (dando la orden de ensanchar su abdomen para que sea capaz de albergar huevos) y, además, ha despertado en él un instinto maternal. Conclusión: miles de huevos de percebe se desarrollan protegidos por una madre de alquiler acorazada.

Los investigadores del laboratorio de Parasitología de la Universidad de California tenían un tanque con una veintena de cangrejos infectados por el Heterosaccus californicus. Todos los días, Anand observaba el color de los huevos para saber qué ejemplar podía llevarse a su estudio. “Un día antes de eclosionar, los huevos pasan de amarillo a morado”, explica. “Los ojos del percebe tienen un color muy negro y son la última parte en desarrollarse”.

Después de haber estudiado o fotografiado a los animales, Anand devolvía a los supervivientes al ecosistema o al laboratorio de donde los hubiera sacado. Solo en el caso de los gusanos parásitos del grillo hizo una excepción. “Le envié unos a mi editor. Esos gusanos son una locura, pueden sobrevivir sin alimento ni oxígeno hasta cinco años; puedes tenerlos hibernando en un frigorífico y no se mueren. Se los mandé por correo con instrucciones: eran un macho y una hembra por separado, por si quería cruzarlos”, recuerda entre risas.

El hongo Ophiocordyceps sp. manipula a esta hormiga del Amazonas para que trepe al borde de la hoja más alta de una planta. Allí, la mata y aprovecha la ventaja de la altura conseguida para esparcir sus esporas. Anand Varma/National Geographic Creative

Ese mismo editor le había hecho una única indicación a la hora de abordar el trabajo: “Tienes que ofrecer una nueva perspectiva de los parásitos, que no sean las típicas fotos que solo dan grima”. Anand eligió qué historias contaría y cuáles (a pesar de fascinarle, como el caso de la toxoplasmosis y las ratas sin miedo) descartaría por no poder reflejar en una única foto la interacción de ambos organismos. Buscó una estética inspirada en el cine negro y utilizó diferentes luces para distinguir a los protagonistas. Todo su objetivo, insiste, era elevar a los parásitos al lugar que se merecen.

“Los parásitos me han mostrado cosas del mundo que otros grupos de criaturas no me han enseñado todavía. El hecho de que el parásito active o desactive una habilidad específica de una araña sin afectar al resto de su comportamiento nos revela algo sobre la arquitectura del cerebro del arácnido. Nos dice que hay unos modelos discretos de comportamiento que pueden ser activados y desactivados como si fueran interruptores, y que esto se puede hacer mediante señales químicas. Piensa en un león comiéndose una cebra, ¿qué nos enseña eso sobre la cebra si lo comparamos con lo que aprendemos de un huésped a través del parásito que lo infecta? La interacción en sí misma revela algo sobre el huésped. Eso es lo que hace que respete a los parásitos.

Anand Varma fotografiado por Gary Settles

Artículo de Ana Boyero originalmente publicado en Verne el 18 de febrero de 2015.

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