Los dependientes


Fabiana y Leão fueron los primeros amigos que hice en Coruña, y todo sucedió por la mas orgánica y perezosa de las razones. Yo no conocía el significado de la palabra siesta, pero sí la palabra jetlag. Resulta que, gracias a que mi cuerpo aún se encontraba en el otro lado del mundo, siempre me levantaba a las 4pm: en plena siesta. Era un fenómeno como nunca lo había visto; todo se apagaba, la ciudad se callaba y encontrar donde comprar siquiera un puto sándwich era una misión. Sea la madre que los parió. Yo, por perezosa -y por eso de postergar mi encuentro con el mundo gallego- saludaba a los hermanos que atendían la pensión durante el día, daba dos o tres vueltas pendejas por la Galera y me regresaba a dormir…hasta que se acabara la siesta. Usualmente bajaba a eso de las 8 o 9 de la noche, con la canina encendida. Así anduve tres días. Al tercer día de toda esta mierda de la siesta no aguantaba mas. Como dirían los gallegos: a tomar por el culo.

Leão era el dependiente en el turno de la noche, y era la cara que me encontraba cada vez que decidía bajar a comer. Era un hombre mayor, grande, de pelo oscuro y unos espejuelos de pasta gruesos y de color negro. Siempre estaba detras del mostrador de madera clara, sus ojos pegados a una de dos: el televisor o la computadora, si no había algún partido de fútbol esa noche. De alguna manera me inspiraba confianza, pero mas que eso, valoré la sonrisa amigable y el acento dulce de los portugueses que me había quemado con un carimbo en la memoria. En una tierra donde una sonrisa de un extraño era vista con suspicacia y a veces hasta asco, la sonrisa de Leão me mantenía en terreno conocido…terreno, un poco mas “latino”, con lo mucho que odio ese término inventado para definir a no se quién.

Nuestras interacciones comenzaban siempre con la misma cortesía: “Boa noite, señorita”. Comencé pidiendole recomendaciones de dónde pudiera comer, pero cada día encontrabamos mas tema de conversación. Empezamos, como los ingléses -y los gallegos también- hablando sobre el clima, el tema mas impersonal posible. En Puerto Rico hablar sobre el clima a lo shop talk es un poco estupido, quizás porque es obvio que siempre hay sol, que a lo mejor ahorita llueve (con sol) y que hace calor. Aquí hablar sobre el clima es vital, pero mas que nada porque te vas dando cuenta que te mantiene a una distancia prudente de la vida de otros…es impersonal. Un día hablabamos sobre ciencias políticas, el otro sobre música, y luego comenzamos a contarnos sobre nuestras vidas.

Llevaban poco menos de 20 años en Galicia, le gustaba mucho Coruña, y habían pasado una buena partida de tiempo moviendose a por diferentes lugares de Portugal, que luego tendría la oportunidad de conocer. El había formado aquí una familia con Fabiana, quien trabajaba en el hotel durante el día. Trabajaban mucho, quizás demasiado, se les veía cansados, pero parecían felices. Cuando al fin logré levantarme lo suficientemente temprano para ver las mañanas en Coruña, saludaba a Fabiana con el ánimo que poco a poco me regresaba. Ella no perdía tiempo ni paso, mientras yo podía darme el lujo -por corto tiempo- de merodear sin rumbo.

Viví en la pensión semana y media, y durante los noches conversaba con Leão sobre muchas cosas, y así me iba enterando de su vida. Ya oficialmente no era una periodista empleada, pero nunca me he podido deshacer del hábito de entrevistar. Así me contó que era licenciado en Ciencias Políticas, que Porto tuvo una época de criminalidad y peligro terrible, que le encanta el fado, y que le hacía falta su país, pero no lo suficienteme como para regresar. Su vida ahora estaba aquí y eso era lo que importaba. Yo le hablaba sobre Puerto Rico, sobre mi trabajo, sobre lo mal que nos iba política y económicamente…cosas que los portugueses -al igual que los españoles y los griegos- experimentan de sobra. Compartimos esa cosa, de ser críticos sobre nuestras tierras, porque las queremos, porque nos duele verlas así, y a lo mejor porque nos dolió escoger irnos a otros lares; unos mas lejos, otros mas cercanos.

Yo absorbía aquellos trozos de información sin saber qué hacer; genuinamente interesada, y a la vez pensando que algún día tendría que escribir algo sobre esa pensión, sobre Leão y Fabiana, sobre esta tierra peculiar en la que me encontraba sin saber por qué. Ya no estaba obligada a organizar toda la información que recibía en leads, en párrafos de apoyo, en líneas que serían editadas sin piedad y a prisa. Tenía hambre por crear una narrativa, a mi manera.

Una de esas noches intenté escribir algo, cualquier cosa, sobre nuestras conversaciones, pero nada. Otro día saldrá algo, me decía mientras hablaba conmigo misma. Otro día saldrá algo; otro día en que puedas escribir porque te sale del corazón, y no porque te sientes en la vieja obligación de hacer algo util con el tiempo muerto.