Ondas Electromagnéticas

“Full Signal Bars”

Una mañana de un domingo cualquiera, nublado, Santiago de Compostela, cerca de la estación de autobuses. Esa misma tarde regresaba a Ferrol, habiendose acabado mi tiempo de respiro -o mas bien de escape- del desafortunado desastre que era mi situación de vivienda. Pegada a la ventana del piso de mi amigo, viendo la lluvia caer, ansiosa y comiendome las uñas, abrí la computadora. Si hubiese tenido un cigarrillo en la mano lo prendía también. No había nadie despierto para ventilar mi desesperación y fue lo mejor porque les hubiera tocado lo peor de mi: la desajustada, ansiosa, hater of everything and everyone, quejona e insoportabla mujer en modo de crísis existencial.

Nada estaba saliendo como planificado, pero en realidad no todo era por culpa mía… esta vez. No, todo era culpa de la villana de esta pequeña película que tardó dos meses en explotar: Jimena de los Rosales Rodríguez. Como de costumbre, los nombres han sido cambiados, pero el de verdad era así de novelero, digno de una producción de Televisa.

Me olía que algo andaba raro desde que se aprovechó de mi situación de homeless -vivía en un “hostal” y me gastaba un dineral en ir y venir en bus- me presionó a firmar un contrato y me dió las llaves de mi nuevo hogar. Obvio, lo había visto desde antes y me preocupé muchísimo cuando vi que el edificio tenía un parecido peculiar a una casa de los okupa, pero…desesperación, sabes? Una vez adentro la superficie tampoco se veia mal de buenas a primeras; estaba vacío, todo era blanco y nuevo. El apartamento era totalmente deprimente, la zona era deprimente, el camino hacia el piso era completamente deprimente. Se lo achaque a que estaba sobrecargada de emociones, pero tan pronto salí de allí a buscar mis maletas, me senté a llorar como una idiota. Unos días después, cuando halé mis pertenencias tres pisos arriba y me instalé finalmente, ya no quería llorar, sino gritar hasta vomitar los pulmones y hacerme una bolita en el piso de madera. Así seguiría el drama por un tiempo.

En el trabajo hasta me lo notaban en la cara. Mi piso era un infierno blanco, con mueblería modular sueca. No tenía área común, así que la convinvencia entre mis futuros compañeros y yo sería nula o confinada a la cocina, que era del tamaño de un cuarto de baño. No tenía ningun tipo de calefacción, un ventanal de madera que no estaba sellado y unos vecinos imprudentes que se la pasaron por varios días corridos apuntando hacia mi cuarto con un laser. El baño era una joya de diseño minimalista: me podía sentar en el inodoro, bañarme y lavarme los dientes a la misma vez si me hubiera dado la gana. Ni pensar afeitarse las piernas o lavarse el pelo porque el agua caliente no duraba mas de tres minutos y el “videt” tenía una fuga de agua desde la base. Préndelo e inunda el apartamento. Algún precio tenía que pagar por mi libertad, pensé.

Y pues…claro, la vida continuaba. Yo seguía en depresión, pero intentando adaptarme infructuosamente. La aparente cultura que tenían los auxiliares montada en la ciudad no me interesó para nada y hasta me acordaba un poco a una especia de claque charra con demasiado drama. Además, para andar con gringos me podía haber mudado al Viejo San Juan y ahorrarme el dineral. Me alejé de todos menos de mi vecina, que resultó ser la escocesa mas chévere del mundo y confidente esencial. Pero creo que lo mas jodido de esos días en el Edificio 69 era que estaba incomunicada, y el aislamiento pesa; estaba sola y sin internet.

Manu y Aitor se enteraron de todo esto un poco mas tarde, también cogidos de pendejos de cierta manera por Jimena. El primero entró rápido al piso. La casera me había informado por Whatsapp que tenía compañero nuevo y que, según ella, estaba buenísimo (¡mentiras y mas mentiras!). Manu no me pareció mal. Al contrario de mi única y pésima roommate en Canadá, Manu era una persona adulta, se veía responsable, un poco tímido para mi gusto, pero bueno, me alegré de que esto no iba a ser una mala experiencia. Luego de varias semanas de interacción… ¡patrañas! Era insoportable. Resulta que Manu era un académico, intelectual que disfrutaba de conversaciones sobre ecuaciones matemáticas, largas veladas escuchando cantos gregorianos y la música mas cliché del new age para dormir. Como me lo encontraba en la cocinita de casa de muñecas que teníamos, me enfrascaba en las conversaciones “intelectuales” mas one-sided que he tenido, ingeniadas -sospecho- para probarme que era mas inteligente que yo. Y yo siempre caía, porque…¿a quién no les gusta pelear? Aprendí bastante rápido lo que eran las microagresiones, en específico sobre mi (nuestra) escogida profesión: los maestros no hacíamos nada en comparación con otros. A tomar por el culo, Manu.

Mientras me contaba cómo él y su novia participaban en coloquios sobre autores clásicos, yo hubiese preferido drogarme en el baño de un club de San Juan y besuquearme con extraños. Aitor lo entendía, pero su personalidad lo dejaba ignorarlo bastante. En resumen, el chico intelectual tiene la distinción de ser el primer hombre que me hacía querer suicidarme al momento.

Quisiera decir que el catalítico para salirme del apartamento fue la noche en que mantuvo secuestrado a mi cita en la cocina discutiendo ecuaciones de matemáticas aplicadas a la ingeniería de no se que carajo. Pero no, realmente fue el día en que me dijo, luego de ver al empleado de la compañía telefónica activando la única línea de teléfono en el piso -incovenientemente ubicada en su cuarto- que no quería el router allí.

La siguiente conversación sucedió:

Yo: Pero, ¿cuál es el problema? Nadie tiene que entrar luego que la caja esté allí, la dejas prendida, no la toques, y ya.

Manu: Te va a sonar raro, pero es que no quiero que las ondas magnéticas me afecten el cerebro. No quiero dormir con eso prendido al lado.

Yo: ¡Pero va a estar detras de una puerta! Además, es la única línea de teléfono que hay. No pueden poner otra.

Manu: Bueno, lo siento, es que es un rollo raro.

Yo: Wow, tú estás en serio. ¿Estás en serio?

Manu: Bueno sí. Pero no quiero convertirme en un problema para ti.

¡¡¡¡¡NO PUEDO BREGAR!!!!!

No, no pude bregar. Era medio día y hacía semanas que no hablaba con mi familia por más de 15 minutos corridos. Ya estaba harta de ocupar los cafés que tenía alrededor, gastando dinero en cerveza que no necesariamente tenía ganas de beberme, para escapar del manicomio y usar el Internet. Mis jefas me salvaban los fines de semana, cada vez que podían, porque veían mi cara de miseria. Lo del internet y las ondas magnéticas colmaron la copa. Por eso estaba de regreso en el apartamento de Saúl en Santiago, deseando tirarme de un puente antes de volver al piso. Lo terrible es que mi situación de vivienda había empañado toda mi visión de la vida en Galicia en tan solo un par de semanas. No solo quería salir corriendo del Edificio 69, sino que quería salir corriendo del país. Ya había estado anteriormente en esta situación y no me gustaba como me estaba comportando. No me quería quejar con mis papas, porque ya lo había hecho demasiado cuando vivía en Canadá. De veras, no quería ser esa persona y estaba cayendo en la trampa. Estaba insoportable.

Así que mandé un correo a quien se convertiría en mi confidente y recipiente de todas mis quejas en Puerto Rico, Alfredo. Con el beneficio de estar en el futuro, les cuento que el correo era una mezcla entre rabia, queja con muchas palabras soeces, y agotamiento emocional. No era la primera vez que lo hacía, por eso no esperaba contestación inmediata, pero la obtuve en forma de acertijo: “There is no spoon”. Me quedé idiota… ¿una analogía de The Matrix? “Yes, there is no spoon. La cuchara sólo existe en el matrix, que es esta construccion artificial. Como el matrix no es la realidad, la cuchara no existe. Asi que no se trata de doblar la cuchara. El cambio esta en uno, en cambiar la percepcion. Entonces es que puedes doblar la cuchara”, escribió. “Tu problema no existe. No tienes que vivir allí. Lo primero que tienes que hacer es mudarte de ese apartamento, luego bregas con el resto”.

Fue una auténtica lección de manejo de crísis. A veces uno necesita permiso para hacer las cosas, por mas que se cante de señorita independiente. Y allí estaba yo, sentada en la ventana, mirando la lluvia, hambrienta, y esperando a que alguien me dijera que podía comer, que me podía ir, que mis problemas tenían solución, y mas que nada, que tenía derecho a solucionarlos…en específico, sin pedir permisos ni disculpas. Tenía como costumbre quedarme en situaciones horribles como para martirizarme por mis decisiones, por miedo a las consecuencias, por miedo a ofender, y había venido a Galicia a acabar con esa mala costumbre. Al que le moleste, que se lo aguante.

Aitor fue el primero en irse, sin más ni menos. Yo la segunda. Manu lo dejaría unos meses después. Obviamente, Jimena no iba dejarme ir sin una pelea, al son de 200 euros. Si ese era el precio que tenía que pagar por mi libertad y por aguantarme su engaño, que se los comiera con papas. Que fuera el próximo inquilino el que se tuviera que aguantar el shock de la lavadora por no tener un ground, una calefacción defectuosa y una estufa que apenas servía. Mis días de mártir se habían acabado.

El último día del mes entré con Iria, mi compañera del piso nuevo, quien fue tan amable de subir y bajar mas de 8 pisos entre las dos casas, para que la mudanza se me hiciera menos pesada. “Joder tía, este piso si es una mierda”, me dijo mientras miraba el cuarto vacío.

Cerré la puerta y nunca miré hacia atrás, no fuera a ser que me convirtiera en piedra.

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