Ciudad Gótica


Dicen que no existe, enero sin nieve en Detroit es imposible. Vine, incluso, preparado para lo peor. Pero todos mis compañeros de viaje, asistentes de años anteriores, también están sorprendidos. Mencionan la palabra blanco cada tres minutos, y remarcan con un movimiento circular de la mano con la palma abierta: “esto, esto era todo blaaanco”.

Les creo, Wikipedia juega a su favor. Cuando me comunicaron el viaje busqué un mapa, ubiqué el punto exacto de la ciudad y automáticamente adquirió el atributo de lejana. No es objetivo: todo lo cercano a una frontera me parece, por definición, lejano. Y allí, del otro lado del río, no hay luz sino Canadá.

Pronuncio canadá y no podría afirmar por qué pero imagino un oso. No uno de Chatrán, que es el segundo arquetipo de oso con el que me manejo, digamos, en la vida. El que aparece es el primero, preciso, definido y mucho más terrible: uno polar de una publicidad de Coca-Cola. ¿Vieron cuando uno se pregunta si les servirá de algo a las empresas invertir tanta guita en avisos? Hola.

No me acompleja tanto porque estamos en la tierra del consumo. Donde comprarte algo está todo bien y no hacerlo bueno, serías como medio raro. Yo, personalmente, compro. Tengo una batería de motivos de clase media para hacerlo. Igual lo increíble de esta ciudad es que no veo a nadie caminando.

Es el primer lugar del mundo al que llego y me entero que se declaró en bancarrota. Lo confirmó el alcalde de la ciudad. Yo pensaba que bancarrota era una cualidad de empresa, pero dicen que debe más de 18.000 millones de dólares, que como toda cifra superior a mi salario no me puedo imaginar. Me tranquiliza ver a la gente, ellos no tienen cara de indemnización. Todo se debe reducir a un malentendido. O no.

Con este mismo frío (o más) pero hace más de un siglo, y a unas cuadras de aquí, Henry Ford sentó las bases de sus contradicciones. Su profundo antisemitismo y su genialidad, su autoritarismo y su lucidez: “El cliente puede elegir el color de su auto, siempre y cuando sea negro”.

Dicen, incluso, que es el único estadounidense mencionado en Mi lucha, lo cual se dificulta comprobar porque el ejemplar que me compré en Plaza Italia vino fallado. Es indignante, de tan mal armado que está creo que ya es otro libro; tal vez, con un par de errores más, hasta termina fomentando la tolerancia.

825 dólares, eso costaba el Ford T cuando apareció en 1908, y el mundo hizo plop. Grandes masas podían de pronto desplazarse donde antes no. Pensalo un segundo. Mientras, compruebo fehacientemente que no voy a llegar a La Industria de Detroit, el mural que Diego Rivera dejó por acá. De todos los sistemas con los que medimos la calidad de un viaje (clima, compañía, anfitriones y demás), el de las actividades resignadas es el más jodido, porque crece a la par de los pequeños descubrimientos que tiene toda travesía.

El gesto de veranito de los locales no alcanza a convencerme, acá hay un aire gélido de patagonia. Ahora entiendo por qué los Stooges se encerraban en un garage. Más allá, edificios abandonados: el diario habla de 78.000 construcciones vacías, en ruinas. Me asalta Epecuén. Y pintadas que más que arte callejero parecen reclamos. No sé, es raro. Ahora cada vez que alguien menciona Ciudad Gótica solo puedo imaginar Detroit.