No rompas nada cuando te vayas

Victoria
Victoria
Feb 25, 2017 · 4 min read

Nunca fui el tipo de persona que se identifica con las historias de amor. Esas historias perfectas que consumimos a diario en el cine, libros y televisión. Ese amor espontáneo, incontenible, fresco y a la vez intenso que parece que a todos les llega más de una vez en la vida a mi me pasa por al lado. Creo que si presto atención en el micro o en la cafetería donde soy cliente habitué, puedo ver el instante exacto en que dos personas se descubren por primera vez, se miran con picardía, se desean, y hasta se animan a hablarse una a la otra y… ¡bum! Ahí está el amor. Otra vez, gambeteándome.

El día que conocí a Julia fue un día horrible. Auto sin nafta, llovía y me había olvidado el paraguas, pisé la baldosa más rota de toda la ciudad que me salpicó con barro hasta la camisa y en la oficina había reunión, lo que significaba una sola cosa: nadie iba a irse a horario ese día. ¿Que si me acuerdo lo hermoso de sus ojos almendrados? ¿Si su ropa caía con gracia sobre su delicado cuerpo que se movía como bailando una coreografía sin fin? No lo sé. Lo primero que le dije fue: “¿Quién carajo le puso azúcar al café?” No fue realmente consciente, claro. Se lo preguntaba a mis compañeros de oficina, no a la nueva recepcionista que de onda nos había preparado café y que con una voz tímida respondía: “Disculpe, enseguida preparo más”. No la miré. Tampoco la miré cuando me trajo una taza con café, negro, amargo, recién preparado. Creo que ni siquiera la preste atención al día siguiente. ¿Realmente ese día conocí a Julia?

Los viernes voy, como costumbre más que por placer, a un bar en el centro. Dos chicas miraban de reojo a la barra donde me encontraba con mis dos amigos. Una era Malena, la recepcionista del área de cuentas. Me acerqué, las saludé y me presenté con la desconocida. “Sí, sos el que me gritó por el café en mi primer día de trabajo” No sé cuánto tiempo pasó pero nos quedamos solos en ese bar medio del horror hasta que nos avisaron que servían la última ronda.

No me molestaba no ser el único en la vida de Julia. Yo sabía que las noches que no dormía sobre mi pecho las pasaba durmiendo sobre el de alguien más. Después de la oficina cada uno hacía su vida y nos reencontrábamos, a veces, algunos días, cuando ella no tenía otros planes, en su departamento o en el mío. A veces cenábamos temprano, a veces el deseo comenzaba en el ascensor y nos acordábamos muy tarde que no habíamos cenado.

Que mal vicio creernos únicos para alguien. Que el entendimiento mutuo es es exclusivo de pares, que nade podría comprenderme como Julia y que nadie podría comprenderla a ella como yo. Que podemos saber todo de la otra persona con sólo mirarla, como si eso fuese posible. ¿Quién sabe todo sobre otra persona? Ni siquiera podemos saber todo de nosotros mismos y pretendemos comprender a los demás.

El día que la vi en el café del centro con ese chico alto, bah, chico… Rondaría los mismo años que yo pero se veía joven, como si no hubiese una oficina y una rutina de vida espantosa pasándole factura todos los días. En fin, el día que la vi riendo de esa forma, achinando sus ojos almendrados, mostrando todos sus dientes, tapándose la boca para no soltar carcajadas retumbantes, quise estar sentado con ella. Tomando el café de ese chico, tomando la mano de Julia de la forma juguetona en que ese chico lo hacía en ese momento.

El día que la vi en el café con ese chico me di cuenta de que no era el único. No es que no lo supiera, es que realmente me di cuenta de que había alguien más que la besaba; que la desvestía con lujuria como yo; había alguien más que contaba las vértebras de su espalda rozándolas una a una… Había alguien más que se dormía sintiendo la respiración de Julia en su pecho.

No puedo explicar lo que sentía cuando veía a Julia, ni lo roto que me siento ahora que la extraño. ¿Ese es el amor de las películas que me esquivaba? Yo pensaba que el amor todo lo vencía, y que todo el verso de la media naranja era cierto. Que manera de pensar estupideces. ¿Cómo podría parecerse a alguna de esas historias de novela mi vida con Julia? ¿Cómo podría parecerse a alguna de esas mujeres que todos inventan para sus películas mi mágica Julia? Si no seguimos el protocolo estándar de comedia romántica, entonces, ¿cómo podría ser estándar lo que siento por Julia?

No me acuerdo del día en que la vi por primera vez pero si de la última vez que la abracé. “No puedo darte lo que me pedís” me dijo mirándome a los ojos. Yo los cerré y sentí en el pecho cada palabra como una bala. “Perdoname -le dije- es que no todos los hombres merecen una Julia en su vida, y no puedo creer que yo sea uno de ellos”.

“No es que no lo merezcas, es que no soy yo”.

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