El primer viaje
El primer viaje
El viaje empezó en Julio. ¿Qué digo? Fue el día que compramos esos pasajes. Un febrero caluroso en La Plata, ansiosos por estar en la playa y, si era posible, bien lejos de la humedad agobiante de la ciudad de las diagonales.
Todavía me costaba creer que podía salir del país sin mi familia, o viajar en avión tan lejos y organizar todo lo necesario para cruzar a otro continente.
El impulso fue más fuerte y una oferta de un vuelo pudo hacernos tomar la decisión. Nico, mi compañero, había empezado la búsqueda hacía por lo menos un mes.
El mismo día que sacamos los pasajes nos pusimos en campaña para conseguir alojamientos, contactos de amigos/as, lugares para visitar y boletos de trenes, muchos trenes. Fueron cinco meses de preparar y organizar, quizás demasiado, pero los nervios del primer viaje nos lo permitían.
Nuestro destino final era Madrid, España. El avión salía de Brasil y tenía una escala de algunas horas en México. A la vuelta la escala era en Atlanta, Estados Unidos, por lo que tuvimos que sacar una VISA para poder pisar algunas horas su suelo.
Llegó Julio y teníamos la mochila, los pasaportes, los papeles y alojamientos, todo preparado, o eso creíamos.
El día que salíamos nos levantamos temprano, coordinamos con Sol -una amiga que nos cuidó la casa- y esperamos a que nos pasen a buscar. A las once de la mañana íbamos camino al aeropuerto de Ezeiza para volar hasta Brasil.
Los aeropuertos siempre me llamaron la atención. Son lujosos, grandes y separan entre la gente que viaja y la que no con una puerta que te lleva a la parte escondida donde la gente compra cosas en dólares antes tomar sus aviones.
El vuelo fue corto, pero con la adrenalina de estar a diez mil pies de altura. En Brasil teníamos reservado un hotel porque la escala era de 24hs. Llegamos a la madrugada y salíamos a la misma hora del día siguiente.
Aterrizar dormidos y encontrar la combi que habíamos contratado para que nos llevara directo al hotel, sin hablar ni entender portugués, fue una odisea. Estuvimos casi una hora para entender que era al fondo del estacionamiento, repleto de autos.
Mostrando la reserva que teníamos le preguntamos al chofer si nos dejaba en el hotel y con señas nos dijo que subamos. Nos metimos sin saber si efectivamente iba a nuestro destino, pero ya estábamos ahí.
Nos pasearon de madrugada por casi todo Garulhos -un pueblo cerca de Foz de Iguazú- hasta que llegamos al hotel. Alivio.
Después de dejar las cosas en la habitación y dormir una siesta revitalizadora, pasamos todo ese día caminando por las calles del pueblo y comiendo frutas brasileras, creo que ahí dimos por empezadas las vacaciones.
Antes de dormir miramos un poco televisión brasilera. En el país estaban destituyendo a la presidenta Dilma Roussef, pero los canales hablaban del vestido de una actriz en una entrega de premios.
Al otro día nos levantamos y fuimos a desayunar, conscientes de que en el resto del viaje no íbamos a tener otro desayuno americano de hotel. Lo aprovechamos bien, sin dudas.
Nos pasó a buscar la misma combi. Otra vez a recorrer todo el pueblo frenando en varios hoteles para levantar gente que también iba al aeropuerto. Subió una familia de franceses, una pareja de ingleses, los choferes eran brasileros y nosotros argentinos. Todo con señas.
Llegamos y subimos al avión que nos llevaba México, donde teníamos 8 horas hasta que saliera nuestro vuelo a Madrid. Ya sabíamos que no íbamos a aguantar todo ese tiempo sentados en las butacas incómodas del aeropuerto.
Aterrizamos y salimos, más confiados por entender el idioma, a preguntar cómo llegábamos al centro. Para nuestra suerte, el turismo está bastante organizado en México y tienen un colectivo que se encarga de llevar a los turistas novatos hasta el casco histórico de la ciudad.
Fue impactante recorrer el famoso Museo de Bellas Artes, la larguísima feria mexicana que ofrece desde comida hasta antigüedades, ver a los artistas en la calle y los edificios típicos de las novelas de las 2 de la tarde.
La Plaza de la Constitución, famosa por sus casi cincuenta mil metros cuadrados, estaba completamente cerrada por refacción. La mala suerte de viajar fuera de temporada.
Entramos a la Catedral Metropolitana porque su arquitectura es realmente atrapante, un edificio que empezó a construirse en 1570 y llevó casi 150 años en ser terminado. Justo se llevaba adelante una misa, con un órgano gigante que hacía resonar las melodías religiosas en el techo altísimo. Era casi como estar en una película de otra época.
Casi al final de la feria, en una rotonda muy grande, se encontraba el paseo de comidas, donde cientos de personas vendían comidas típicas. Paramos a comprar unos tacos y un burrito, todo muy picante. Nos parecía casi un delito pisar México y no probar sus platos.
Empezaba a caerse el sol por atrás de la cúpula del museo, ubicado a la mitad del centro histórico, y nos tomamos el mismo colectivo para volver al aeropuerto y subir a nuestro último avión antes de llegar a Madrid.
Ahora sí tuvimos que esperar en los asientos incómodos hasta que anunciaran nuestro vuelo. Después de unas horas, nos avisaron que estaba con demora, porque no todo puede salir perfecto. Igual la emoción nos hacía obviar todo lo que pudiera salir mal. Cansados pero felices nos sentamos a tomar un café en un bar caro, todo muy caro.
Finalmente salió el vuelo. Más de diez horas viajando. En el medio se me bajó la presión, nada oportuno para la altura en la que estábamos. Nico consiguió una bolsita de maní para subirme la sal del cuerpo. Era de noche, todos dormían y no había otra luz más que la individual que ponen arriba de los asientos para leer. Fue un vuelo horrible, pero llegamos.
Madrid nos recibió de la mejor manera. El aeropuerto, todo señalizado, te conducía sólo hacia la zona de migraciones donde controlan quién entra y quién no al país. La Unión Europea es bastante excluyente, es sabido.
Después de una larguísima fila, nos atendió un chico de no más de 30 años y nos controló todos los papeles. Nos preguntó si era la primera vez y con una sonrisa nos terminó: “bienvenidos a Madrid, que lo disfruten”.
Ahora sí, lo que habíamos estado organizando por meses estaba delante de nuestros ojos. Inconscientemente frenamos en la puerta del aeropuerto, nos miramos y nos abrazamos por haberlo logrado.
Empezamos a caminar con las mochilas buscando alguna referencia que nos permitiera llegar al hotel. Después de dos subtes y varias cuadras de más, por colgados, llegamos al hotel. Una puerta negra y muy antigua con un cartel minúsculo que señalizaba. Tocamos el timbre y sin que nadie nos respondiera se escuchó el sonido de la puerta para que empujemos.
Subiendo tres escalones blancos de mármol estaba el ascensor viejísimo, de los que parecen una jaula. El botón del tercer piso decía “recepción”, y ahí fuimos.
Nos atendió un español, Lito, súper amable y conversador. Después de varias preguntas sobre cómo habíamos viajado, si conocíamos la ciudad, recomendaciones de lugares para visitar y una sonrisa permanente de bienvenida nos dio la llave de la habitación.
Entramos, apoyamos las mochilas y nos sentamos en la cama. Ahora sí, empezó el primer viaje.