Onírico // Fotorelato de Los Roques, Venezuela.

Valió la pena aguantar esos 45 minutos de angustia en una avioneta de ocho plazas, cruzando el caribe hasta llegar a esta diminuta isla, incluso valió la pena ese aterrizaje en la escueta pista del Gran Roque.

Aterrizaje en Los Roques.

Allí no hay muchas provisiones, ni mucha gente, ni muchas casas, incluso la energía eléctrica es un recurso escaso. Entonces, pensará el que la ve desde el cielo, ¿qué habrá en esa isla?

Bueno antes que nada hay cayos que son el alma del lugar. En los cayos hay colores, turquesa, blanco, celeste, algo de verde. Cuatro colores y en la mezcla, el paraíso. El agua, la arena, el cielo, algún arbusto o palmera y en el medio nosotros.

El mar es como una pileta, en la costa habitan peces de diminutos a medianos, no hace falta una excursión, con sólo meter las antiparras en la mochila antes de ir a la playa ya se puede disfrutar del espectáculo. Y el día en cualquier cayo se disfruta así desde la mañana hasta el atardecer, nadando, explorando lo que existe bajo el agua transparente, tirado al sol o leyendo un libro. La paz es la anfitriona y sólo es interrumpida por las gaviotas que vienen en busca de comida.

Habitantes en la costa de Madrisky.

Las horas transcurren con la fluidez exacta para el disfrute. Al regreso en la “isla madre” El Gran Roque el sol comienza a bajar, en la costa a diferencia de la mañana ya no quedan tantos pescadores, pioneros en la isla.

Todos volvemos a casa, las calles son de arena y las pocas veredas que hay son acaparadas por la vegetación y postes de luz enmarañados de cables. Vamos a comer, a darnos una ducha casi fría (no hay agua caliente, tampoco hace falta), y luego a dormir.

La isla se duerme temprano, el silencio se apodera de la noche, misteriosamente llueve muy poco, tal vez para regalarle al visitante un cielo infinito de estrellas.