Empezar de nuevo, arrancar de una vez por todas, cambiar.
Qué loco cuando te das cuenta de que te desviaste del camino. Como cuando vas en el viaje más lindo que tuviste en toda tu vida y cuando volvés de tu casa, casi volcás (Ah, pará, tal vez pasó en realidad) Bueno, tal vez ese es el mejor ejemplo de todos. Es como eso, como si casi volcaras, pero algo te salvó. Tal vez fuiste vos, tal vez fueron las casualidades, fue Dios, Buda o las estampitas que tu abuela guardaba en el cajón.
Es una locura bárbara darte cuenta de que querés que te vaya bien. Y no, no te hablo de la facultad, te hablo de algo más grande. Te hablo de querer salir de tu casa y tener ganas de comerte el mundo o de por lo menos, salir a correr y disfrutar del sol. De darte cuenta de que los dramas no existen en realidad y sí, sos una pendeja boluda. Hoy creo que quiero borrar el año que pasó y decidir que no existe más. Pero como no puedo me tapo la cara y sigo caminando. Con vergüenza, con bronca, con ganas de tachar todos los sucesos pasados con un marcador indeleble negro. Pero seguir caminando.
Y acá estoy, tengo miedo y a veces me agarran sacudones en el corazón, porque quiero realmente que me vaya bien. Arrancar el auto, poner pie en el acelerador y no volver a mirar para atrás nunca más.