Sobrevivir a la “Zona de la Muerte” en el Everest

Un mexicano cruzó esta región por arriba de los 8 mil metros de altura y relata aquí sus impresiones tras caminar entre cadáveres.

Víctor A. Espinosa
Apr 4, 2018 · 3 min read
David Liaño, alpinista profesional | Cortesía

David Liaño recuerda que lo peor de la primera travesía por el Everest en 2013 fueron las noches, porque la ansiedad interrumpía su sueño en el campamento base, a 5 mil 570 metros de altura.

— En el alpinismo es muy fácil saber cuándo tienes éxito o no: si llegas con seguridad a la cima y bajas con seguridad, lo conseguiste -dice tras una risa nerviosa.

En una de esas noches se topó con un cuerpo congelado. Y luego otro más hasta sumar 12 cadáveres. Hay más de 200 en toda la montaña, 40 se utilizan como puntos de referencia rumbo a la cima

Algunos de estos cuerpos están recostados sobre la nieve, cubiertos por banderas de sus países de origen, con los ojos muy abiertos y el rostro negro, sin afeitar, conservando esa mirada de asombro tras no querer rendirse cuesta arriba del campamento IV, última parada antes de llegar a la cima.

David reconoce que ver los cuerpos sacudió su confianza en su intento por alcanzar el “Doble Ascenso al Everest”.

A este cementerio se le conoce como la “Zona de la Muerte”, una región por arriba de los 8 mil metros de altura, donde el aire contiene tan poco oxígeno que los escaladores deben respirar al menos 15 veces para poder dar un solo paso.

Uno de los alpinistas que perdieron la vida en esta área.

En 2011, el alpinista mexicano pasó dos noches por esta zona. Pese al oxígeno artificial, mayores niveles de hidratación o de alimento, no pudo recuperarse del desgaste físico que le produjeron esas 48 horas y, a sólo 850 metros de la cúspide, cambió de opinión: volvió a casa.

— ¿Cómo seguir luchando mientras tu cuerpo empieza a morir?

— La muerte se siente como si tuvieras muchísima sed y, por más agua que tomas, no se te quita. Después de 10 años de expediciones a los Himalaya, estoy bastante acostumbrado a esa sensación.

El tráfico en el Everest es otro de los riesgos mortales, agrega. En el escalón de Hilary, una pared de rocas a 8 mil 771 metros de altura, las filas son tan largas que algunas personas tienen que esperar cerca de dos horas para subir, temblando y debilitándose.

Las filas también entorpecen el paso de los alpinistas en zonas donde la seguridad termina con la salida del sol, cuando el calor afloja las rocas de hielo traslúcidas y el camino se convierte en una galería de tiro.

Las dos rutas comunes no solo están atestadas, también contaminadas con basura que cae de los glaciares y con pirámides de excrementos humanos.

Sobre su estado físico, el alpinista mexicano sonríe antes de explicar que padece de arritmia cardiaca y agrandamiento de la arteria pulmonar. La falta de oxígeno en las cimas ha causado sus enfermedades. Pero muestra ambas manos para decir orgulloso que conserva todos sus dedos; no ha perdido alguna extremidad por congelamiento. Y aprovecha para señalar que nunca ha llorado al culminar sus hazañas.

— ¿Tras superar todos estos riesgos, llegar a la cima te hace sentir inmortal, aunque sea por un momento?

— Es completamente lo opuesto. Es un recordatorio muy claro de que los riesgos están ahí; a pocos metros de donde dormía estaba el cadáver de un alpinista que no lo logró. Te hace sentir muy pequeño y humilde.

Nos leemos pronto…

Víctor A. Espinosa

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Journalist | Writer | Social Media

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