La obligación moral de decir sí a la paz

El 17 de junio de 2007, Gustavo Guillermo Moncayo, más conocido como el profesor Moncayo, tomó dos decisiones importantes en su vida: iniciar lo que se llamó ‘la marcha por la paz’ por toda Colombia y los zapatos que se iba a poner para emprender el camino.

Portada del diario El Espectador esta tarde

Este ‘Caminante de la Paz’ recorrió unos 3.000 kilómetros a pie para reclamar que las FARC liberaran a su hijo mediante un intercambio de secuestrados por guerrilleros presos. No fue egoísta; buscaba un acuerdo de paz para Colombia y todos los colombianos.

Durante tres años, este profesor visibilizó su lucha incluso más allá de las fronteras colombianas. Lo hizo con una camiseta blanca en la que llevaba impresa una foto de su hijo y unas cadenas atadas en sus brazos, que ejemplificaban la condena que tanto él como su hijo sufrían. Y como no, el sufrimiento la sociedad que se desangraba en un estúpido campo de batalla. Con él y con el deseo de paz, cientos de personas lo acompañaron en este tortuoso pero esperanzador camino, que iba a tener un final feliz.

Tras 12 años en cautiverio, en marzo de 2010, se produjo la liberación del sargento Pablo Emilio Moncayo. El profesor Moncayo por fin pudo romper las cadenas que tanto lo torturaron. Su camino había llegado a su fin. Pero el de unos cuantos millones de colombianos aún había que recorrerlo.

Oficialmente, empezó el 4 de septiembre de 2012. Ese día, el presidente Juan Manuel Santos confirmó lo que se venía rumoreando: que el Gobierno había iniciado en La Habana los diálogos de paz con las FARC.

Durante estos cuatro años, han habido tiras y aflojas entre las partes. Pero sobre todo, muchas críticas desde varios sectores que rechazaban estas reuniones.

Como el profesor Moncayo hace unos años, hoy los colombianos podemos decir que seguimos rompiendo las cadenas que han secuestrado al país, que han condenado el futuro de tres generaciones, que ha arrebatado la vida a más de 200,000 personas y que ha sido la consecuencia directa de más de cinco millones de desplazados.

Dicen que es el afortunado en la vida es el que puede elegir. Todas las víctimas en este medio siglo de conficto no pudieron elegir si querían morir y vivir. La guerra no llama a la puerta a preguntar si quieres vivir y morir. La guerra es injusta, cercena las vidas de los inocentes. Nosotros, los que sí logramos escapar a las balas, podemos elegir. Y por si no nos hemos dado cuenta, la paz está llamando a nuestra puerta, la historia nos está dando la posibilidad de elegir. ¿Vamos a ser tan cobardes, tan idiotas, tan orgullosos, tan irresponsables de decir no a la paz? Es una de las metas del ser humano y de los sistemas democráticos: vivir en paz. No me lo termino de creer que algunos digan que no…

Afortunadamente, el conflicto que ahora está más cerca que nunca de acabar no me ha arrebatado familiares cercanos y no he padecido ese dolor, aunque no todos han corrido con esa misma suerte.

Pero tengo claro que mi voto no va a permitir que la injusticia se perpetúe en Colombia. Mi voto no va permitir que ninguna madre o padre tenga que llevar flores a la tumba de su hijo o hija, que ningún hermano llore porque su hermana no pudo estar en la fiesta de cumpleaños o en su gradación. No lo voy a permitir porque tengo la suerte de poder elegir. Y mi decisión es poner punto y final a esta locura.

La paz nos incube a toda la sociedad. Tenemos en nuestras manos la histórica oportunidad honrar a todos los que han luchado por la paz, pero que no lo han logrado, a las victimas, a sus familiares. Son ellos, los que más han sufrido, los que se merecen la paz. Como el profesor Moncayo, todos tenemos la oportunidad de romper de manera definitiva las cadenas que llevamos atadas desde hace más de 50 años.