Julia (1)

Amalia es un lindo nombre para una mujer. Aunque con solo pronunciar esa oración ya te provoque rechazo, Amalia. Y sobre todo si la chica es rubia y se pinta las uñas de los pies y las manos. Se maquilla los ojos. Se mira en el reflejo de las vidrieras cuando camina por la calle. Pero incluso si se es un bomboncito como ella se puede terminar metida en cosas como las que quiero contar.
Un día de Marzo de este año, meses antes de que se presintieran las elecciones de Octubre y de que los vestiditos cortos invadieran las avenidas, Amalia andaba en sus cosas. Entre el trabajo y la facultad. Llevaba la mochila con libros, la cartera colgada al cuello, el teléfono en una mano y los auriculares puestos. Se sentía como se debe sentir el agua antes de entrar en el hervor. Inquieta. Abrazada a la ilusión de que al momento siguiente se sentiría distinta. Andaba sola pero con mil cosas en la cabeza. Las obligaciones, su hermano Ricardo, el partido del sábado, los finales y, como si fuera poco, las tapas de los diarios, la misoginia de la vereda, la angustia de estar acercándose a los 30 y de no haber alcanzado nada en la vida.
Puede ser que aquella tarde o que otra se haya cruzado con Julia que también circulaba la zona en esa época pero que no se hayan reconocido. Habían hablado, sin saberlo, por Facebook una vez contestando a un posteo y otra vez en los comentarios de un blog. Puede ser que incluso se hayan mirado. Porque Julia tenía el pelo teñido de violeta, cosa que se usaba mucho, y Amalia era Amalia.
Me imagino una escena: Amalia con los zapatitos acordonados y la ropa al cuerpo. Julia con sus cuadernos o mirando la copa de los árboles, esquivando los bananos que vuelan indiscriminadamente por Palermo en otoño. Es alérgica después de todo, incluso después de todos los años que lleva caminando Godoy Cruz a esta altura. 
Julia debe haberse tomado el 55 y debe haber bajado en Armenia. Tal vez tiene humor de transporte público. De haber tenido que viajar parada. Encerrada entre otros cuerpos. Y ahora tiene olor a transpiración de otro. Y anda incómoda. O tal vez está en ese estadío en el uno logra enajenarse de los demás y del propio cuerpo. Leí que a los vagabundos les pasa por tanto vivir en la mugre. Y así anda camino a Godoy Cruz y se cruza tal vez con Amalia y tal vez o no la nota. Tal vez piensa solo en el flequillo transpirado que tiene pintado arriba de la frente y se odia un poquito. O tal vez no se miran pero sí nota los zapatos acordonados y cuando se la vuelve a cruzar tiene un deja vú pero no recuerda en dónde los vió. Y se queda con esa intriga para siempre.

En Almagro la situación era diferente o tal vez peor. Supongo que depende del día y depende de la hora y de quién te lo cuente. Julia nunca hablaba de eso. Tampoco es que tenía con quién. Dibujaba, igual que ahora, en un cuaderno de tapa marrón y en los apoya vasos de los boliches. Los dibujitos los publicaba en Facebook y una vez armó con otras conocidas un fanzine que presentó en un centro cultural del barrio. Ahí fue cuando se vieron vieron por primera vez.
Amalia no estaba ahí por nada en especial. Militaba, o al menos eso decía en Twitter, o sea que estaba metida en el tema, pero no había alcanzado todavía el hartazgo al que arribaría algunos días después. Dio vueltas entre las mesas y hojeó algunas cosas y nada le llamó la atención hasta que vio la edición de tapa fotocopiada con los dibujos de Julia. Se llamaba ‘El macho que llevamos adentro’ y eran unos dibujos inocentes/irónicos sobre el papel de la mujer en ambientes históricamente masculinos. Amalia se rió y Julia también, porque Julia era llamativa y Amalia Amalia. Charlaron un poco y descubrieron que tenían cosas en común. Julia no habló de ella pero sí de los dibujos y eso fue de algún modo suficiente. A veces, supongo, no es necesario llamar a las cosas por su nombre para nombrarlas y eso fue lo que hizo (o lo que no hizo) Julia.
Amalia se fue a su casa ese día con una linda sensación en el pecho pero sin más. Es mentira si digo que verse les cambió la vida. Porque las dos siguieron en lo suyo, mensajeándose con quién sea que se mensajearan, tratando de mantener bajo el nivel cotidiano de estrés que manejamos todos, saliendo a tomar birra los fines de semana con los amigos del barrio. Pero se volvieron a encontrar, porque así es Almagro y porque así es Buenos Aires, y la segunda vez que se vieron chaparon y como Julia estaba en cualquiera por haberse tomado 3 litros de Quilmes y dos pitadas de porro le contó que cuando tenía 9 años su tío la había violado. 
Podría entrar en más detalles pero ella no lo hizo, así que sería injusto con lo que quiero contar. Pero puedo hablar de ella. Decir que Julia era especial, que disfrutaba de los pequeños detalles como solo alguien con un historial de sufrimiento fuerte puede hacer, razón por la que le saca punta a sus lápices despacito y se reenamora del mundo cuando ve caer el grafito en la mesa. Tiene movimientos suaves cuando habla y cuando se mueve. A veces canta mientras cocina canciones que yo no conocería. A veces se sienta en el balcón a comer mandarinas y se encuentra sufriendo un poco, una nostalgia suave que le recuerda que está viva y se pone contenta.

Amalia también había tomado pero escuchó claro lo que dijo Julia y trató de empatizar como pudo. Es raro tratar de mirar a alguien a los ojos en ese estado. Así y todo supongo que las dos se entendieron y que algo debe haberlas unido porque a partir de ahí se vieron más.

Lo que pasó a continuación no puedo explicarlo porque no lo entiendo y ellas nunca me lo contaron. Entre las dos se había formado algo fuerte. Si las veías juntas de lejos lo sabías. Te dabas cuenta. Relaciones así, supongo, forman un campo de atracción. Otras más se les empezaron a acercar. Hablaban de estos temas como lo hacemos todos, como lo hacían ellas sobre todo. Cuando alguien subía algún posteo zarpadito a Brutíssimo se saltaban a defender; armaban debates grupales de los que solo participaban ellas; escribían en un blog con una redacción horrible sobre los maltratos a la mujer, como para despertar a otras.

Al final de Abril eran varias. Amalia, Julia y Natalia son las que yo recuerdo. Pude ver emerger de los ojos de las tres algo nuevo. El hartazgo te dirían ellas, pero yo diría otra cosa. Diría que detrás de todo eso había terror. Y tal vez será por eso que para librarse de sentirlo empezaron todo esto.