Cuando viajo no hago listas

Copenhagen 2016. Foto @vicovin

Armar un viaje es una cosa y otra muy diferente es viajar.

Hay gente a la que le gusta viajar sin saber nada del sitio a donde van, ni qué visitar ni dónde ir a comer. Se entregan al destino, a lo que encuentren por el camino. Se dispersan, aburren y sorprenden a partes iguales. Viajar es estar ahí, en sus calles, de paseo o sentados al borde del agua sin hacer nada.

Por otro lado están quienes llevan apuntado todo lo que les ha cabido en su libreta. Los horarios de los museos, los recorridos a pie dentro de la ciudad, los barrios que no valen la pena pisar y cuál es la forma más rápida para llegar del aeropuerto al hotel. Con el detalle añadido de que ya saben cuánto cuesta el abono del metro en moneda local y el equivalente en euros.

Tener las expectativas en una lista extensa no sirve para nada. El día que te salís de lo apuntado creés que perdés el tiempo. Por otro lado cuando cumplís algo de la dichosa lista enseguida tenés la necesidad de tacharlo, bajás la cabeza buscando un boli en el bolso justo cuando pasabas frente al palacio más grandilocuente de la ciudad.

Armar un viaje con un plan en un papel no te vuelve desenvuelto ni independiente ni ordenado ni preparado ni previsor. Viajar con una lista de cosas hace que te pierdas el mundo que él quería mostrarte.