Ayudándola con su fantasía

Cómo cumplirle a tu mujer su fantasía de ser violada

Juliana y yo salíamos hacía un tiempo. Nuestra relación era bastante casual. Más bien de fines de semana y, esporádicamente, alguna noche de día hábil. Siempre los dos solos. Nada de amigos o familia mezclada. Cenas. Noches en el cine. Salir a bailar a veces. Y siempre sexo.

El sexo era bueno. Pero no espectacular. Ella venía de una relación larga con un tipo. Era atrevida y tenía un bueno cuerpo. Pero había algo que no terminaba de cerrar. Se le notaba frustración. No se terminaba de soltar.

Una noche nos encontramos después de un recital de una de mis bandas favoritas y yo estaba más desinhibido que de costumbre por algunas substancias consumidas. La agarré en la entrada de su departamento, sin que me importe nada. Fui muy duro y directo. Le arranqué la ropa, la puse e cuatro y empecé a darle fortísimo.

Ni me había sacado los pantalones. En un momento la hebilla del cinturón comenzó a molestarme, golpeaba contra mi rodilla, por lo que le pegué un tirón y lo saqué. Así, quedé con una mujer en cuatro ante mí y un cinturón en la mano. Con semejante panorama no me quedó más remedio que plegar el cinturón para acortarlo y empezar a darle unos cuidadosos latigazos en sus nalgas.

Su reacción no se hizo esperar. Los movimientos de su cuerpo se intensificaron y un orgasmo que la sacudió de pies a cabeza surcó su cuerpo a los instantes de que los cinturonazos comenzaran.

El sexo siguió por un rato más y ya para el momento en el que estaba por acabar mis golpes con el cinturón habían dejado sus nalgas rojas y marcado también su espalda. Cuando no pude aguantar más, solté el cinturón, agarré mi pija y acabé por toda sus espalda con fuertes chorros de semen caliente.

Nos tiramos al piso de su living y su cara era una mezcla de dolor por el castigo recibido, pero también mucho placer… también por el castigo recibido. Registré el mensaje.

Nuestros siguientes encuentros fueron subiendo de intensidad. Ejercer la violencia sobre ella producía espasmos de placer en su cuerpo y una excitación que jamás le había visto previamente.

Charlando una noche en mi casa después de una maratón de sexo violento ella me confesó que su máxima fantasía era la de ser violada. Para ese entonces, yo ya había fantaseado mucho con eso y estaba desesperado por llevar a cabo con ella una cosa así. En cualquier caso, también tenía dudas porque sabía que mi gusto por la morbosidad y la rudeza sexual podrían llevar las cosas a extremos en los que quizás ella no estuviera conforme. Romper todos los diques de contención del sexo, la dominación y la violencia podría ponerla a ella en una posición un tanto peligrosa.

Hablé de esto con una persona con la que he compartido muchas aventuras, por decirlo de alguna manera, y a quien considero mi Sensei en cuestiones de fiestas sexuales. Le pregunté cómo podría manejar esta situación para evitar que, debido a la excitación del momento, la cosa pase a mayores y se me vaya de las manos. En una palabra, cómo evitar que la fantasía de una violación no termine siendo una violación. Ahí fue cuando el Sensei me sugirió la utilización de una palabra de seguridad.

La palabra de seguridad, dijo, sería el reaseguro para que, a la vez, le de seguridad a ella y le permita indicarme que estaba pasando límites que no debían ser atravesados. Todo esto tiene que ver con que, en el sexo fuerte y mucho menos en una violación simulada, que tu hembra diga NO, BASTA o PARA generalmente no significa nada. Nunca le vas a hacer caso a una mina que dice NO cuando la estás cagando a cintazos. Es todo parte del juego. Pero para el caso de una fantasía de violación, las cosas se pueden poner muy densas como para jugar sin red. Pero ahora que tenía la estrategia de la palabra de seguridad tenía una forma de que hagamos su fantasía realidad.

La llamé por teléfono esa misma noche y le dije que quería violarla. Ella primero pensó que era sencillamente una forma de decirle que quería coger y me contestó que esta noche no podía. Le expliqué que se trataba de hacer realidad su fantasía de la violación. Que había estado pensando cómo hacerla y que quería que la hagamos. Hizo silencio unos momentos. En la línea no se escuchaba, ni siquiera su respiración… Hasta que con voz calma respondió: contame cómo va a ser.

Le expliqué básicamente lo de la palabra de seguridad. Tenía que ser algo con tres sílabas al menos, y absolutamente no sexual para que no haya confusiones. A ella se le ocurrió la palabra VENTANAL y a mí me pareció bien.

Yo quería que la cosa fuera lo más realista posible, por lo que me dediqué un par de días a ver películas con violaciones. También conseguí una máscara de tela que cubría toda mi cabeza con sólo tres agujeros: para los ojos y la boca. Para asegurarme de poder hacer todo lo que quería hacer, agrandé el agujero de la boca. También se me ocurrió que sería una buena idea agarrarla por sorpresa.

El fin de semana llegó y salimos temprano a ver una película. Después fuimos a mi departamento a cenar. Como parte de mi plan, hice que un frasco de crema cayera ella. No sólo su vestido que cubierto sino también sus piernas y brazos. No le quedó otra alternativa que poner la ropa a lavar y ella misma ir a bañarse. Mientras se duchaba busqué la máscara, me la puse, y pacientemente esperé hasta que saliera del baño.

Si bien no fue mucho tiempo, la espera se me hizo eterna. Mi corazón latía a mil. La ansiedad me mataba. Pero el baño tenía traba y ella había bloqueado la puerta. No había forma de pasar. Finalmente, un par de minutos luego de que la ducha ya se había cerrado, apareció sólo vistiendo dos toallas. Una que envolvía su cuerpo y la otra sobre su cabeza.

Creo que no dejé que de ni dos pasos cuando la asalté. Su primera reacción fue un grito de terror. Sin dudas, no entendía que estaba pasando. Intentó luchar pero la contuve. Le dije que no gritara, que iba a ser peor para ella si lo hacía. La tiré a la cama, que estaba muy cerca de la puerta del baño. Ya no le quedaban encima ninguna de las dos toallas y se encontraba completamente desnuda.

Me lancé rapidísimo para quedar encima de ella e inmovilizarla. Cuando la tuve contenida comencé a darle a algunos cachetazos mientras la insultaba diciéndole que era una puta y que iba a aprender lo que era que se la cojan. No me avergüenza admitir que cada cachetazo que le daba me generaba un placer increible.

Ella, ante cada oportunidad que tenía, no dejaba de resistirse. Luchaba con uñas y dientes. Me dio varios golpes fuertes y me costó dominarla. Mi idea original era amenazarla con un arma. Pero una de juguete me parecía ridículo y una de verdad hubiera sido demasiado. Por eso tuve que utilizar mucha fuerza física y, más adelante, tuve que atarla.

Mi objetivo al principio era establecer dominancia. Para eso, usé cachetazos, le impedí que use sus brazos agarrándola con fuerza, y la insulté. Apenas pude le metí la pija en la boca de manera salvaje mientras la agarraba fuertemente del pelo. Por intervalos, sacaba mi pija de su boca y la pasaba por su cara, lo mismo que mis huevos. También la escupí varias veces en el rostro.

La tiré nuevamente a la cama con la intención de penetrarla. Pero ella se resistía como una fiera herida. Clavó despiadadamente sus uñas en mi espalda, al punto que salieron con sangre. No caben dudas que disfrutaba su doble papel del víctima y cómplice en toda esta fantasía. No voy a negar que mi descarga de violencia en esto fue descomunal, pero la de ella tampoco se quedó atrás. Su resistencia fue feroz. Una de las cosas que me quedó grabada tras esta experiencia es que no es para mujeres débiles. Esto es para mujeres que quieren dejarse llevar por la fantasía de la violación pero que también quieren vender cara su derrota.

Cuando finalmente pude abrir sus piernas, la penetré hasta las bolas de una. Su cara por instante cambió y su expresión fue de puro placer. Pero duró casi nada. A los pocos segundos estábamos luchando de nuevo y cada movimiento de penetración era muy trabajoso. Pero con el tiempo su resistencia se hacía más débil. Logré aprisionar sus brazos junto a su cuerpo y por fin pude tenerla a mi completa merced. La escupí varias veces, en el rostro y dentro de su boca. Le dije todas los insultos que puedas imaginar. Emití los sonidos guturales más cavernicolas que jamás salieron de mi boca. Cuando podía, estrujaba sus pechos con fuerza y palmeaba sus pezones. Su grado de resistencia había bajado bastante por lo que pude dejar de cuidarme de que no mueva los brazos y empecé a jugar con su cuello, restringiendo el flujo de oxígeno y sangre. Amo los juegos de asfixia y qué mejor oportunidad que esta para practicarlos.

Para finalizar mi placer se la saqué y tomé una bufanda que había dejado estratégicamente ubicada sobre la cama. La puse en cuatro y le até las manos atrás de la espalda con la bufanda. Le unté el culo con el lubricante que tenemos en la mesa de luz (se ve que no soy tan violador después de todo) y se la metí de un sólo golpe. Me incorporé de tal manera que pude estirar una de mis piernas y mi pie quedó al alcance de su boca. La obligué a que se meta mi dedo gordo en la boca mientras la penetraba analmente. Cuando estaba por acabar la agarré del pelo y tensé su torso como un arco durante los momentos en los que sentía que llegaba el orgasmo y el alcance de la plenitud.

Cuando ya le había rebalsado el culo de leche solté sus cabellos y toda la parte superior de su cuerpo se desmoronó sobre la cama. Mi pija permaneció unos segundos más adentro de ella. Al salir, me acomodé a su lado. Su cuerpo era un campo de batalla. Restos de saliva, marcas y moretones surcaban toda su humanidad. Su cara reflejaba un agotamiento que nunca antes le había visto. Nos dormimos los dos, ella todavía tenía las manos atadas.

A la madrugada nos despertamos y nos bañamos juntos. Mientras estábamos en la bañera le dije: nunca usaste la palabra de seguridad. Ella contestó que no la había necesitado, que fue el mejor sexo de vida.