Sasha Grey: Ensayo sobre la sexualidad verdadera

Cuenta la leyenda, que no es leyenda sino verdad, que Sasha Grey -en su primer escena porno- le pidió a Rocco Siffredi que la golpee en el estómago.

Las palabras exactas fueron “Punch me in the stomach”. Se pueden traducir a “Dame una piña en el estómago”. Le pidió un golpe de puño en el vientre. Nada de una cachetada o una nalgueada… una piña.

El muy puto de Siffredi, por cierto, no la golpeó. Mala de Rocco.

La carrera porno de Sasha Grey recién empezaba. Su filmografía está llena de escenas brutales. Ella afirma que fue la precursora en lamer inodoros y urinales en el mundo de la pornografía.

El pedido de Sasha a Rocco, el dame una piña en la panza, es una joya que debería quedar en la historia de la sexualidad contemporánea. Expresa lo que una mujer, en el fondo, busca cuando va a la cama con un hombre. Y lo que los hombres de verdad deben darles.

La carrera XXX de Sasha es un verdadero homenaje a la sexualidad que deben tener el macho alfa y su hembra. Sin límites, violenta, brutal, despiadada.

El pedido de Sasha es el pedido de quien asume y necesita la presencia de la violencia en una relación sexual. Es ese condimento el que hace del sexo perfecto.

Llegar a lo más bajo te lleva a lo más alto.

El hombre tiene que estar en el pico de la dominación y la crueldad. La mujer, en el fondo de la sumisión.

El sexo tiene un componente de violencia que ambas partes deben aceptar para llegar a la plenitud. El macho tiene que ser dominante. Tiene que ser ese hombre bestial de las cavernas.

El macho debe ser, y tiene que ser visto por su hembra, no ya como un hombre sino como un semidiós. Un semidiós fálico que domina y aplasta la voluntad (y el cuerpo) de la hembra. Ella no puede más que someterse a las pasiones más bajas de esta bestia que es también un dios.

Los hombres de verdad somos los reyes. Mi falo es excalibur, me da el poder de un rey.

Y un verdadero hombre es un conquistador. No hay conquista sin violencia. El sexo es la conquista del tesoro más codiciado que hay: la mujer.

Por eso es un acto que conjuga ritualmente placer, violencia, humillación y muerte. Todos elementos que encontramos en cualquier batalla.

Pero los dioses masculinos somos generosos.

Esta verdadera sexualidad, que requiere necesariamente de componentes de violencia y dominación, es la más eficaz de todas. Una mujer nunca se va a sentir tan mujer como cuando un macho la domina y castiga.

La tensión entre el castigo y el placer es la misma tensión que experimenta cualquier mujer en el coito. La penetración, de por sí, es un acto de violencia y agresión a su cuerpo… que le encanta y le da placer.

El sexo duro y violento no es más que llevar la lógica de la sexualidad femenina a su última conclusión.

El círculo es virtuoso. El macho goza con el sexo. Gusta de golpear a su hembra. Tirarle el pelo. Humillarla. Escupirla. Nalguearla. Azotarla. Atarla. Asfixiarla. Morderla. Pellizcarla. Orinarla. Eyacular en cualquier parte de su cuerpo. Y la hembra que padece una sexualidad semejante es capaz de alcanzar los orgasmos más intensos y de sentirse plenamente mujer.

Experimentar sumisamente la violencia sexual de su hombre la pone a la mujer en lugar que tiene que estar. En el que necesita estar para gozar del sexo como se debe.