El infierno del muro y la migración

Vidal Llerenas

El fin de semana participé en un encuentro de legisladores y líderes de opinión mexicanos con migrantes en la ciudad de Phoenix, Arizona. Se trata de uno de los lugares en donde los mexicanos han tenido mayores problemas con las autoridades. No se trata de una ciudad santuario en la que los gobiernos locales apoyen a los migrantes para integrarse mejor a la sociedad. La conclusión de la reunión es que a raíz de las medidas tomadas por la administración Trump se han endurecido las acciones contra los migrantes por parte del gobierno federal y se espera que esto sólo empeore más. Desde la administración Obama se intensificó la persecución de personas por su estatus migratorio, pero nada como ahora.

Unos días antes del encuentro sucedió la conocida deportación de Lupita, ahí mismo en Phoenix, cuando fue a renovar como cada año un permiso de trabajo. La deportación fue inmediata y de manera ilegal, se le impidió que el personal del consulado la ayudara. El temor reina en una comunidad de mexicanos que han hecho su vida ahí, que han trabajado muy duro para superarse, y que temen que se les separe de sus familias debido a su estatus migratorio.

Trump miente de manera vil cuando dice que solamente se están deportando criminales. En realidad se está actuando contra personas que incluso ya cuentan con alguna modalidad de permiso legal. No importa que tengan trabajo, propiedades o hijos o cónyuges que hayan nacido en los Estados Unidos. Los delincuentes que dice Trump que deporta son en realidad personas que cometieron una infracción de tránsito o mintieron sobre un registro de seguridad social para obtener un trabajo. Ahora es posible que una persona sea deportada solo porque fue acusada de cometer un delito, sin investigación o juicio alguno.

Los auténticos criminales que pudieron deportar ya fueron enviados a México por el gobierno anterior. Es por eso que cientos de miles de mexicanos evitan los problemas sin salir de sus casas y realizar la vida a la que toda persona tiene derecho. Algunos no llevan a sus hijos a la escuela por el temor de que los registros escolares se usen para deportarlos. Se trata de personas que llevan 15 años o más en Estados Unidos, por lo que no desean regresar a México. Muchos de ellos ya no tienen relación cercana con sus comunidades de origen y saben de los problemas de inseguridad y bajos salarios de nuestro país.

Es clara la manera de ayudar a los migrantes. Se requiere ofrecer información precisa, contratar abogados, mejorar el trabajo consular, y apoyar a las organizaciones que trabajan con los mexicanos en Estados Unidos. El problema es que los recursos extra no han llegado y no parece haber un sentido de urgencia por parte de nuestro gobierno. No me refiero a los consulados, cuyo personal es en general comprometido y bien. capacitado, aunque insuficiente.

La cancillería ha sido tímida en el rechazo a las redadas y a las deportaciones masivas, parecería que no se quiere enfrentar a Trump en ese tema. Tampoco se están construyendo alianzas con legisladores, gobiernos locales, organizaciones y líderes de opinión en Estados Unidos para defender a los migrantes de los abusos. No parece haber conciencia de que estamos ante una auténtica crisis humanitaria.

Cientos de miles de personas ya perdieron su tranquilidad, y están cerca de perder también a sus familias, su empleo, e incluso su libertad y sus propiedades por el abuso de poder de un tirano. Se trata de personas que reciben bajos salarios por hacer trabajos que pocos estadounidenses están dispuestos a realizar. Los motivos no son económicos, lo lógico es que se quedaran, el tema es el odio racial.

La mala noticia es que este es sólo el principio del cambio de relación que Estados a Unidos está decidiendo tener con México. Se haga o no el muro, la frontera será cada vez más, un lugar de mayor. violencia, porque será mucho más peligroso pasarla, porque cientos de miles quedarán ahí varados, porque el crimen organizado actuará con mayor intensidad.

Lo que por momentos ha sido un área de integración, cooperación y cierta prosperidad se puede convertir, como decía el Primer Ministro de Israel, en algo como la frontera entre su país y Palestina. En el fondo, de la ideas supremacistas. de los asesores de Trump, se cuela la idea de que nuestro lugar y destino es estar separados. Que nosotros somos una civilización fallida, por esa razón ya tomaron la mayor parte de nuestro territorio y no podemos ser socios, mucho menos que nuestra gente se integre a su sociedad. Por eso lo que corresponde sólo es obligarnos a seguir poniendo los muertos de la guerra contra las drogas, para supuestamente lograr que no se envenene a sus ciudadanos, ellos tan civilizados, que las consumen porque nuestros cárteles los obligan.