Qué hacer cuando ya no puedes comerciar con tus vecinos

Vidal Llerenas

Eso le sucedió a un país que se llama el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Ahí tenían un primer ministro que gustaba de hacer referéndums por lo que organizó uno por demás innecesario que terminó con la salida de la Comunidad Europea, el famoso Brexit.

El resultado se explica por la creciente desigualdad económica que se transformó en xenofobia y nacionalismo extremo. En realidad, el Reino Unido no estaba preparado para asumir las consecuencias de la decisión que se puso a consulta. Ahora no solamente están fuera de la comunidad, sino que aparentemente tampoco tendrán un mercado común. Los británicos buscan ahora otras naciones con las cuales negociar, seguramente buscarán a México pronto, pero saben que sin la Unión Europea los montos de sus exportaciones seguramente se reducirán de manera importante. Lo que hizo Gran Bretaña fue algo insólito para un gobierno conservador, poner sobre la mesa un programa de política industrial.

Ese país dejó de tener una política industrial desde las reformas Thatcheristas, privatizaron empresas y desregularon mercados. En los gobiernos del Nuevo Laborismo se tuvieron políticas que pretendía generar cadenas de valor, pero sin presupuesto, ni mayores cambios institucionales. Recientemente, la nueva Primer Ministro Theresa May puso sobre la mesa una estrategia industrial que incluye reformas a todo tipo de agencias e instituciones públicas para generar inversión en proyectos de transformación que generen innovación tecnológica.

La propuesta de May no se limita a las políticas tradicionales de solamente apoyar emprendedores o mejorar el medio ambiente de negocios, sino que incluye inversión en ciencia, en innovación, en desarrollo de habilidades técnicas, infraestructura, apoyo a industrias en su etapa inicial, energías limpias a bajo costo, y desarrollo regional. En realidad, la propuesta de los conservadores va mucho más lejos de la idea de las “fallas de mercado” para otorgarle al estado un papel muy activo para detonar desarrollo, invertir, ofrecer financiamiento y orientar las decisiones de las empresas.

La propuesta trata de alejarse del cargo de que escoge sectores “ganadores”, la principal crítica a las políticas industriales, pero en realidad se escogen industrias y sectores de alto contenido tecnológico como biociencia, robótica, espaciales y satelitales, digitales, redes de transmisión de datos, y almacenamiento de energía. Las políticas serán financiadas por un Fondo, el Industrial Strategy Challenge Fund, que se basa en un caso de éxito para impulsar proyectos de alta innovación tecnológica, el Defense Advanced Reserach Projects (DARPA) en los Estados Unidos. El Fondo contempla mecanismos para que la eficacia de las acciones de fomento sea evaluadas por medio de pruebas piloto para que sean ajustadas de acuerdo a las necesidades de cada industria.

La política también contempla una inversión de 556 millones de libras para infraestructura en ciencia, pero también en desarrollo urbano y en transporte, para que ciudades distintas al área de Londres, Manchester, Liverpool, Leeds, Sheffield y Newcastle, tengan las condiciones para poder desarrollar proyectos industriales basados en la innovación.

La política industrial de May no se basa en medidas tradicionales, aunque no necesariamente las limita, como incentivos fiscales o incremento de aranceles a ciertos productos, pero sí recurre a otros como las compras del gobierno como instrumento de política industrial. El gasto público sirve, en esta lógica, para asegurar por algún tiempo la demanda de productos de alto valor agregado que se comienzan a producir en el país, para desarrollar proyectos de inversión de infraestructura del gobierno e iniciativas de innovación que las empresas puedan consolidar para después comercializar y para apoyar a las empresas de medias y pequeñas en los sectores de alto valor agregado.

No se trata solamente de promover la compra de productos nacionales, que al largo plazo efectivamente puede proteger de manera innecesaria industrias ineficientes y obsoletas en el largo plazo, sino que en una primera etapa proyectos que son intensivos en capital y cuyos retornos son de largo plazo, como los de innovación, tengan preferencia en las compras públicas.

Existen las alternativas al Tratado de Libre Comercio, que efectivamente ha sido el motor de los sectores más dinámicos de nuestra economía, aunque ha afectado a otros. Tenemos que aceptar que, incluso si el TLC no fuera modificado de manera substancial, tendremos menos comercio con Estados Unidos y encontrar nuevos socios será difícil debido a que las políticas proteccionistas serán las que prevalezcan. En realidad, el argumento de Trump en el sentido de que el Tratado robó empleos a Estados Unidos no tiene sentido. El 40% de lo que exportamos lo hacemos con insumos de Norteamérica. Es decir, incluso con el Tratado el valor agregado de lo que producimos es bajo.

Desde hace tiempo tuvimos que haber desarrollado políticas para incrementar el contenido nacional, mucho más ahora que vamos a exportar en menor escala. La manera de hacerlo es como lo proponen los conservadores británicos, una política integral, con financiamiento (paciente a largo plazo) para generar innovación y desarrollar industrias con alto contenido económico, en todo el país no solamente en regiones más desarrolladas. Además, se deben integrar políticas educativas, de inversión en infraestructura, de desarrollo urbano y que el propio gasto público sirva para apoyar a la industria de la transformación. Todo lo anterior desde la óptica del Sistema Nacional de Innovación Mexicano. México debe generar crecimiento sostenido, sustentable, inteligente e incluyente. No tenemos de otra.

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