Cuando el Torito Aguirre devolvió los insultos
“Hasta que una tarde en cancha de Newell’s, sacó chapa definitiva de canalla. Los hinchas leprosos lo cargaban, lo gastaban. Newell’s estaba ganando. De pronto, un invento y el empate. El Torito grita su gol y quiere más, busca más para tomarse revancha. Reacciona sobre la marcha, como cuando avanzaba con la pelota al pie y frena de golpe para que su marca pasara de largo; ahí va, se acerca a la platea de mujeres, se baja el pantalón y… lleva sus manos a los testículos.
El periodismo dirá que es un gesto antideportivo, la aristocracia rosarina comentará al día siguiente que no se le puede pedir otra cosa a un negro del barrio Tablada. La policía lo llevará detenido. El Torito Aguirre se cagará de risa.” (Jorge Brisaboa – La Maga – Edición Rosario ’97)
28–8–1949 Fecha nro. 18. Arb. Dean. Rec. $ 43211.
Newell’s 2: Chamorro, Colman, Miotti, Lombardo Faina, Puisegur, Contini, Mardizza, Montabeltti, Benavídez y Ortiguela.
Central 2: Tisera, Virginio, Mansilla, Sosa, Genero, Fogel, De Zorzi, Bravo, Mur, Aguirre y Vilariño.
Goles PT: 10’ Vilariño, 25’ Bravo.
Goles ST: 8’ Benavidez, 45’ Contini.
Las circunstancias que rodearon dicha situación están explicadas en el siguiente texto que pertenece al Libro “Canalladas” del Javier Armentano y Roberto Caferra (Ed. Homo Sapiens).
“Esta historia me fue transmitida en 1995 por el prestigioso neurólogo neuquino Lisandro Costamel, a quien conocí en un avión que nos llevaba hacia República Dominicana. Cuando le dije que vivía en Rosario, me contestó que parte de su familia también lo era pero que debieron dejar la ciudad debido aun conflicto con una de las mujeres de la familia. El texto que escribí es parte de los pormenores de un episodio por él relatado. Si bien no tuve motivos para dudar de la historia no encontré quien la corrobore. Advierto al lector sobre esto. Esta historia puede ser verídica. Sin embargo no encontré testigos que den fe de la misma” Roberto Caferra.
UNA HISTORIA DE AMOR IMPOSIBLE
* El tiro por la culata
“Te dije que no. Sáquese esa idea de la cabeza”, gritó irascible un tarde de setiembre de 1949 el conocido ingeniero rosarino Esteban Costamel Roullion.
Problemas domésticos. La hija le salió una cualquiera. Quien lo iba a decir. Parecía tan fina. Y perder la vergüenza con ese negro sucio, eran las frases del vecindario coqueto que merodeaba por el entonces bulevar del Paseo Oroño.
La hija del ingeniero, la joven Elisa Costamel García, decía estar enamorada. Y pedía con súplicas a su padre el permiso para ser frecuentada por ese joven. Un “peronista, de piel oscura que le había robado el corazón”. El galán en cuestión era jugador de fútbol en el Club Rosario Central y por sus dotes en la cancha – y fuera de ella – le decían Torito.
Sólo la madre de Elisa, Estela García Conde, entendía a su hija.
El impacto era profundo. La contradicción de vivir con ese ardor imparable en el pecho. El deseo que había que reprimir para no avergonzar a la familia. “Elisita, yo te entiendo, pero por favor no hagas enojar a tu padre, él te quiere”.
Al ingeniero, socio del Jockey y aficionado a Newell’s Old Boys, el tiro le había salido por la culata.
La historia comenzó aquella mañana del 28 de agosto de 1949.
El día en el que Elisa se enamoró de Waldino Aguirre.
* Un flash en el pubis
El domingo del 28 de agosto de 1949, Elisa Costamel García le pidió a su padre que por favor la lleve con él, sus tíos, su madre y hermanos a la platea de Newell’s Old Boys, para conocer más cerca de la chusma de la ciudad.
“Papá, por favor quiero ver a esa gente de cerca. Quiero saber de qué se ríen mis amigos del Jockey cada vez que hablan de ellos”.
La chusma eran los hinchas de Central que poblaban la tribuna visitante de la cancha de Ñuls. Hombre sudados que arribaban transpirados desde los barrios más populosos después de caminar bajo el sol una treintena de cuadras algunos, algunos kilómetros más los otros.
“Por el General Perón, avancemos contra los oligarcas en su mismo terreno”, decía Juan Lucero, un empleado del club que arengaba a la hinchada en ese entonces.
El partido fue parejo. La gambeta fina y alocada del Torito Aguirre, enloquecía a la hinchada y era repudiada por los educados simpatizantes rojineros.
El partido terminó dos a dos, con goles de Antonio Vilariño y Luis Bravo, para Central. Sin embargo el acontecimiento del día lo protagonizó Torito Aguirre, cuando faltaban 20 minutos para terminar el encuentro.
“Mira madre. Qué cara de indios, qué gente fea”, exclamaba la joven aristocrática desde la tribuna de mujeres. Y con ella reían sus parientes. “No te exaltes Elisita, no va a ser que te reconozcan algún domingo en la puerta de la iglesia, cuando piden limosnas”, le sugirió su madre.
El empate agradaba a la familia Costamel. Un resultado festejado con mesura. “Por lo menos no estamos siendo avergonzados por esta chusma”, dijo uno de ellos.
Sin embargo Aguirre hace un foul y la gente comienza a insultarlo. Allí el Torito los mira fijo y les devuelve los insultos con una puteada clarísima. La rebeldía popular del jugador canalla contra la palta aristocrática enmudeció a los varones de Ñuls. Sin embargo desprejuiciadas y un poco más arriesgadas desde la tribuna de mujeres se escuchó un canto desprolijo que llegaba a la cancha con esa voz fémina e irritada: Hijo de puta, hijo de puta”.
Sin prolegómenos Torito Aguirre troto para ese lugar y sin que el arbitro lo viera les mostró a las damas sus testículos levantándose una parte del pantalón.
“Negro, sucio, atorrante, maleducado”, gritaban las damas.
Todas, menos una.
Impactada por el gesto, la joven Elisa Costamel García se sentó en su platea y suspiró. “Qué provocación, ¿cómo se atrevió a tanto?”, se preguntó. En su memoria quedó almacenado el gesto del jugador canalla y como un replay televisivo lo repetía una y otra vez. La mano derecha levantando uno de los bordes del pantalón y los testículos que asomaban por allí. “¿Por qué miré, ¿por qué no habré cerrado los ojos?”, se preguntó Elisa.
* La expulsión familiar
La historia continuó fuera de las canchas de fútbol. Elisa, con la ayuda de una mucama, consiguió ir al entrenamiento de Central y conocer a Aguirre en persona. Allí se miraron y después de protocolar saludo el tiempo les prometió tardes de pasión.
“Era una joven decidida. Lo que se proponía lo conseguía”, recordó un familiar.
Los días pasaron y la relación entre ambos fue creciendo con los encuentros. Tanto así que la familia Costamel se enteró del romance iniciándose un conflicto muy fuerte.
Los llantos, la golpiza del ingeniero a su hija después de descubrir que ella olfateaba narcotizada una prenda del goleador canalla, y otros episodios lograron construir una tormentosa relación en el seno de la familia.
Los vecinos comenzaron a hablar del tema y fue tal el rumor que en un almuerzo en el salón de socios de Hipódromo Independencia, el ingeniero Costamel estalló de ira cuando otro socio le susurró; “Cómo va Costamel, me contaron que su hija tiene debilidades por los marginales..”.
La pelea fue de tal magnitud que Costamel y su rival fueron expulsados de Jockey Club el mismo día de los incidentes.
En medio de llantos los integrantes de la familia Costamel decidieron abandonar la ciudad envueltos en una ola de versiones, poco antes de la llegada de otoño de 190. La joven no estaba embarazada pero podría haberlo estado después de prolongados encuentros.
Tan apasionado era el relato que le había entregado a su madre de aquel joven marginal, que la mujer le exclamó una vez al marido: “El novio de la nena es hombre y no como vos…”.
Mientras tanto Torito Aguirre, lejos de la provocación seguía perforando redes ajenas, jugó en Central 153 partidos oficiales. Hizo 63 goles. No extraño a la dama pituca que le pedía sudor canalla sobre su piel.
“En el barrio me cargaban, después que estaba con ella me decían que tenía olor a perfume de mujer…”, dijo inocente allá por 1950.
La síntesis del partido fue extraída del diario La Capital del 25–5–1965.
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