El fútbol adquirió aquí una identidad propia y distintiva

robertoramasso.com

¿Quién es capaz de poner en duda que hay un fútbol argentino? Existe un fútbol nacional auténtico y nuestro, de la misma manera que hay un estilo argentino de vida, que se fue modelando desde los orígenes de nuestra nacionalidad con pasión, con sacrificio, con paciencia -a veces- y con rebeldía -otras-. Estos y algunos elementos más fueron configurando una característica de vivir que se trasladó a todas las actividades del trabajo, de las ciencias, de las artes, de la cultura. Y el fútbol, uno de los fenómenos más trascendentes de la cultura de nuestro pueblo, recibió esa influencia y adquirió una identidad propia y distintiva.

¿Qué argumentan aquellos que sostienen lo contrario? Alguna vez escuché decir que “no hay fútbol nacional porque el fútbol es universal”. Yo diría que el hombre es universal, pero la mejor manera de alcanzar universalidad en cualquier actividad es “pintar tu aldea”.

Y los futbolistas argentinos que salieron del país, desde Julio Libonatti hasta Diego Maradona, trascendieron porque pintaron su aldea con la magia de la gambeta argentina, que es burlona, que es diferente, que tiene ese sello que la identifica. Yo me atrevería a reconocer en cualquier cancha del mundo a un jugador argentino.

Es real que hay futbolistas que rompen todos los moldes, que pueden tener el desenfado y la burla de un sudamericano, la dinámica de un holandés, la disciplina de un italiano, la recuperación de un alemán, pero son muy pocos, son los elegidos. Y así todo Johan Cruyff y Alfredo Di Stéfano, siendo dos de los indiscutidos grandes futbolistas de todos los tiempos, jugaban distinto. Se notaba que venían de escuelas diferentes. Así como se puede distinguir por la pegada, por el contoneo del cuerpo a un jugador brasileño. Es que cada uno tiene incorporado como hombre el folclore, el clima, las pautas culturales en que se fue desarrollando y eso no se puede dejar en el vestuario cada vez que se sale a un campo de juego.

También los que niegan la existencia de un fútbol nacional lo plantean en términos de antiguo o moderno. El fútbol tuvo la generosidad de abrir puertas a muchos frustrados, quienes aportaron muy poco para enriquecerlo. Todo lo contrario. Se subieron al carro del triunfalismo y confundieron apuntando a una falsa antimonia: “Antiguo, pésimo; moderno, excelente”. Así: “Adolfo Pedernera, un desastre; Carlos Bilardo, un genio”, la misma concepción ideológica liberal que niega la historia: “San Martín, Artigas, Yrigoyen, Perón murieron. Para entra en la modernidad no hay que estancarse en el pasado”, repiten.

Nadie, absolutamente nadie, niega que el fútbol en los últimos tiempos tuvo una transformación, pero una transformación negativa, cono consecuencia de las tácticas, de la mediocridad, del miedo, pero el fútbol, en su esencia, sigue siendo el mismo. La mayoría de los grandes futbolistas de antes podrían jugar en la actualidad y hay una minoría de hoy que también hubiera jugado en aquel tiempo. En todas las épocas hubo buenos y malos jugadores. La diferencia es que antes había orgullo, respeto por el juego. Si un jugador tiraba la pelota torpemente afuera, se consideraba una grosería que no la perdonaban ni los propios compañeros.

El fútbol estaba ligado a otro tipo de manifestación, de sentimiento. Había también esfuerzo físico, pero una censura muy dura para las groserías. Eso fue manteniendo una línea, un estilo. Fue modelando Ia nuestra”. Era la adhesión al buen gusto que no sólo se trasuntaba en el fútbol, también en la ropa, en la música, en el baile, en las costumbres.

Hoy, un grupo de tilingos quiere hacemos creer que “sobre gustos no hay nada escrito”. Sobre gustos no hay nada determinado, pero hay una estética. A alguien le pueden gustar las formas exuberantes de una mujer, pero eso no tiene nada que ver con la belleza. El fútbol también tiene razones estéticas para medirlo. Aquel que vio jugar a Enrique Omar Sívori no puede afirmar que no existe el fútbol comparativo. Hay quienes eligen otros modelos ¿Qué podemos hacer por ellos? Nada.

Felizmente, la estética y el buen gusto de los argentinos siguen inalterables y creyendo cada vez más en “la nuestra”.

(La Maga, enero 1994. CÉSAR LUIS MENOTTI)

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