Un día culero en la oficina

Mi día había empezado de la verga desde que entré a trabajar y salí 12 horas después. Bueno, no, en realidad había empezado un día antes, cuando estuve peleando toda la noche y madrugada con Diana. Ambos dormimos dos horas y luego nos levantamos y nos fuimos a trabajar.

En fin. Ese día, en el trabajo, había tenido dos juntas pendejamente largas que parecían no tener fin. Estuve batallando con el becario que había jodido una tarea pequeñita que ya había hecho — saqué cuentas — unas ocho veces, ¿cómo es posible que la siguiera cagando después de hacer eso ocho veces? Pinche inútil.

Como era de costumbre, cada que salía tarde del trabajo el tráfico se ponía más pendejo de lo normal. Hacía tres putas horas de regreso a mi departamento, tres.

Como era de costumbre, también, cada que sabía que iba a salir tarde me compraba una botellita de anís en la tienda, cargaba bien mi celular, le conectaba los audífonos y disfrutaba de tres o cuatro discos completos, así llegaba medio pedo al depa y relajado con la selección de música que el mood de ese día me dictaba.

Esas tres horas también eran un escape de Diana. Me cagaba llegar y verla, nos odiábamos pero tampoco nos queríamos separar. Una pendejada por donde se le viera.

Cuando llegaba tarde me la armaba de pedo, decía que me había ido con los de la oficina — gente que sólo soportaba dentro del trabajo, me molesta platicar fuera del trabajo con mis compañeros, casi siempre unos pendejos — a emborracharme. Otra pendeja, pensaba, pero siempre respondía con la misma frase: “Amor, hoy de verdad no quiero pelear, vamos a ver una serie, porfa”.

Pinche día culero, pensaba, y le daba otro trago a la botellita. Ojalá sea el próximo en aventarme a las vías del Metro, pensaba, y le daba otro trago a la botellita. Así, hasta que pasaban las tres horas de camino.

Eran cinco calles muy bien iluminadas las que me separaban de la estación del Metro y el depa. Cinco putas calles en las que pensaba en el rostro de Diana y cómo se transformaba cuando me la armaba de pedo. Vale verga.

Estaba cambiando de canción y cruzando la calle cuando un pendejo se subió a la banqueta y por poquito me atropella. “Fíjate pendejo”, le grité y me arrepentí al segundo de haberlo dicho. El cabrón medía más de un metro noventa, se salió de la camioneta con un arma en la mano. “Puta madre, ¿cómo me disculpo con este cabrón? Me va a matar el culero”.

Al wey se le notaba el coraje en los ojos, sabía que todo iba a valer verga, ni pedo.

Hizo un ruidito con el arma, supongo que fue el seguro o algo así, pero en lugar de apuntarla hacia mi cabeza, se la metió en la boca.

El balazo se escuchó como un golpe de chancla contra el suelo, pero el sonido de la sangre saliendo de su cabeza y su enorme cuerpo cayendo al suelo me devolvieron a la realidad. Nunca había visto cómo alguien se suicidaba. Lo quise abrazar, pero ya estaba muerto y yo muy pedo.

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