Un momento de silencio en la Biblioteca del ruido

El sol ilumina el agua oscura de los diques de Puerto Madero y hace lucir más atractivos los ladrillos que constituyen el edificio de la Universidad Católica Argentina. El viento y el silencio acompañan la caminata hacia el primer edificio de la universidad, allí, donde se encuentra la Biblioteca Central.
Es automática la imagen que se nos presenta frente a lo que llamamos biblioteca. Seguramente, nuestra mente retrate grandes estanterías de madera, con infinidad de libros minuciosamente ordenados ocupando sus espacios vacíos.
Si tuviésemos que elegir un rasgo general de la biblioteca por excelencia, seria, sin lugar a dudas, el silencio. Sin embargo, en la biblioteca en cuestión, no. En efecto, se encuentra en una universidad y sus principales ocupantes son jóvenes estudiantes que acuden a ella primordialmente para estudiar en grupo.
Escribo estas líneas, justamente, desde dicha biblioteca.
La tarjeta habilita el acceso y el guardia de seguridad saluda con amabilidad. Sí. Los molinetes electrónicos aun necesitan del soporte humano para cumplir con solvencia su tarea de controlar el acceso, exclusivo para miembros de la universidad.
“Generalmente se llena al mediodía”, contesta el hombre sentado en la entrada ante la incredulidad de su interlocutor, que esperaba encontrarse con las mesas del lugar repletas de alumnos.
Inaugurada en 1999, la Biblioteca Central San Benito Abad es pura tranquilidad a esta hora de la mañana. Como si nadie se percatase de su existencia. Claro que esto no es habitual y tiene su explicación:
“Todavía faltan unos minutos para el recreo y un día como este no amerita a encerrarse acá”, esclarece Antonio López Llovet, quien encontró en el tercer piso de la biblioteca un lugar ideal para las largas horas de lectura que implica estudiar Ciencias Políticas.

Su prominente barba le da el perfil de un hombre con experiencia, pero miente. Lo acompañan tan solo 19 años y su amor por la lectura hicieron de este rincón del edificio su más fiel aliado.
***
Cambio de escena. Abandonado el sector de lectura silenciosa es necesario utilizar las escaleras que nos hacen desfilar por el segundo piso, en donde hablar no está terminantemente prohibido. Quedan algunas semanas para la época de parciales, periodo en el cual los alumnos se juegan su derecho para rendir la evaluación final de las materias.
Quizá, no hay mejor contexto y momento que este para encontrar serenidad. Tuve puntería. En breve, el receso de media hora se hará sentir y en unas semanas los exámenes parciales culminaran con la debacle. El ingreso de los grupos de estudio será inevitable y el silencio nos dará su hasta luego.
Claudia lo sabe. Mientras tanto atiende a uno de los alumnos que requiere de su ayuda. Estudió Letras en la universidad de la cual es ahora bibliotecaria y sabe exactamente el dato del cual la institución se siente orgullosa. Cuentan con más de 300.000 libros y más de 2000 títulos en formato digital.
“Nos piden sobre todo libros de la bibliografía que los profesores piden”, explica. A día de hoy, realiza su labor como pasante pero pudo detectar perfectamente esta tendencia.
***
La luz penetra por la ventana que da al frente del edificio. A la derecha el dique, a la izquierda el Banco de la Nación Argentina. De nuevo toparse con los molinetes electrónicos y el afable saludo del guardia que continua sentado en el mismo lugar mirando el celular.

El frio del invierno hace percatar de la fuerte calefacción que inunda el interior de la biblioteca. Abandono la tranquilidad sin lograr verificar el ruido estudiantil en sus horas de estudio del que tanto se habla. Al menos tuve mi momento de silencio en la biblioteca del ruido.
