Ningún príncipe vendrá a rescatarte

Llevas desde antes de lo que puedes recordar masticando amor romántico a través de todo lo que llega a tu alcance. Ya desde la primera película de Disney que llegó a tus pequeños ojos viste que la dulce protagonista debía esperar paciente a que un príncipe viniera a su rescate. Y así todas las historias que iban construyendo tu identidad te ponían — como buena niña que eras — en una posición paciente, de espera a que un fuerte y hermoso caballero quisiera dejarlo todo por ti y salvarte del dragón. A penas sabías leer y ya observabas con ojos golosos a los niños correteando por el patio. Ellos no pensaban más que en jugar a cochecitos y tú y tus amigas creabais listas para ver quién se iba a casar con quién.

Y así iban pasando los años. Tus series de televisión favoritas eran aquellas en las que la protagonista estaba eternamente enamorada de aquel chico inaccesible. Y como ella, tu tenías tu propio príncipe en clase. Pasabas las horas pensando en él, enviándole miradas y evitando hablarle de cerca porque temías que tu gran amor no fuera correspondido. En todas las novelas que leías, lo más importante para ti era aquella épica historia de amor que te importaba mucho más que la trama. Y te ibas a dormir pensando en como sería tu vida si aquel chico al que observabas viniera hacia ti y te hiciera sentir la princesa más feliz del reino.

Tu mundo cada vez giraba más en torno al amor y cualquier otra cosa carecía de importancia. Tenías unos 15 años y tus amigas ya habían conocido chicos y eran muy felices con sus aventuras. Pero tú, que tanto tiempo llevabas enamorada en secreto, te veías sola e incapaz de ser como ellas. Hasta que un día apareció alguien que te hizo caso. No era ni el más guapo ni el más gracioso. Pero te había hecho caso, y dado que llevabas demasiado tiempo buscando una situación como aquella, te lanzaste y creíste enamorarte perdidamente de alguien que en el fondo no te importaba demasiado. Después de tanto tiempo viviendo el amor en tu imaginación por fin se había hecho realidad. Y creías que esto que estabas sintiendo era tan único que solamente podía darse con esta persona. Él era el amor de tu vida, eso era innegable, y harías lo que fuera para que lo vuestro no se acabara. Al fin y al cabo el amor era lo más maravilloso que te podía pasar y no ibas a estropearlo.

Al cabo de unos meses todo aquel fulgor del principio parecía haberse difuminado. Pero daba un poco igual, porque tu sabías que esa llama inicial tenía que significar algo. Te aferraste a lo que sentiste en aquel momento y construiste una historia de amor más en tu interior. La diferencia es que ahora este amor ya no era inalcanzable, sino que estaba a tu lado día tras día. Entre los dos creasteis una fantasía en la que no importaba cuanto os gritarais, porque el amor era mucho más fuerte que eso y teníais que luchar por seguir juntos. Las discusiones fueron cada vez a más, pero la relación continuaba y cada vez parecíais más unidos. A veces crecía una sospecha que te decía que en realidad no eras feliz, y que no querías eso. Pero todas aquellas películas y aquellos libros te enseñaron que por tu amor tenías que luchar. Y era innegable que lo que sentiste en su día era amor verdadero.

Tu adolescencia iba transcurriendo y tu príncipe azul cada vez te respetaba menos. Como nunca te alzó la mano no sospechabas que te estaba maltratando. Pero la falta de respeto se extendía cada vez a más ámbitos, y pasó a cuestionar tus gustos, tus amigos, tu forma de hablar, tu forma de vestir y todo lo que tu eras hasta el punto que acabaste creándote un personaje tan poco real como la idea de amor que fuiste construyendo desde niña. Te había anulado como persona y podía hacer contigo lo que quisiera. Eras un títere en sus manos.

Un buen día, así porque sí, entró en tu cabeza la imagen de una vida donde no tuvieras que darle explicaciones a nadie. Al principio te dio miedo, pero casi sin darte cuenta esta sensación de libertad te fue invadiendo de tal manera que acabaste terminando la relación. Y aunque te sintieras sola y perdida, fuiste capaz de crear tu propio camino.

Después de él vinieron otros. Te prometiste que nadie te volvería a tratar mal. Y así fue, pero en aquel momento ignorabas que el amor no es lo que te habían contado que era. Estabas tan acostumbrada a fantasear con el amor que te costaba vivir sin esa magia. Y aunque ahora llevabas las riendas de tu vida, continuabas buscando en tus relaciones un torbellino de emociones que solo existía en tu cabeza. De este modo, cuando empezabas a conocer a la persona que iba a ser el próximo hombre de tu vida, te llevabas una gran desilusión. Porque, a ver, ¿quién iba a cumplir tan altas expectativas?

En algún momento encontraste a alguien que no era misterioso y ante quien no sentías la necesidad de ignorar sus mensajes para que se interesara más por ti. Llegó un momento en el que tu relación con una persona empezó a fluir equilibradamente desde las dos partes. Esta vez ya no te sostenías en una sensación idealizada, sino que entre los dos construíais un día a día que os hacía felices a ambos. Empezaste a entender que el amor no es algo que aparece de la noche a la mañana y con el que te tienes que hipotecar toda una vida, sino que éste va creciendo a través del respeto y del trabajo constante.

Por fin has entendido que no tienes que esperar a que nadie te venga a rescatar, porque no estás enjaulada. Si aparece alguien con quien merece la pena empezar una relación, sabes que ésta no nace del vacío y que va creciendo porque los dos la regáis día a día. La lucha por el amor ya no está en tu vocabulario, porque si esto se convierte en una lucha ha dejado de ser amor. Y es porque comprendes el amor como fruto del respeto que puedes tener una relación sana.

Photo: Pixabay

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