Obama pronuncia la palabra maldita: feminismo

Hoy, 5 de agosto de 2016, he tenido el mejor despertar que recuerdo en mucho tiempo. Aún en la cama, he leído un artículo de Barack Obama, presidente de EE UU hasta noviembre, en el que se reivindica como feminista.

Hace sólo unos días hablaba con una amiga sobre las connotaciones que aún tiene el término ‘feminista’. Una palabra que sigue asustando porque ha sido manchada interesadamente a lo largo de los años para que se identifique con radicalismo, con odio a los hombres, con suciedad, con amargura, con exclusión… hasta hacerla evolucionar y transformarla en ese término que algunos escupen incansablemente en medio de un silencio colectivo que rompe los tímpanos de cualquiera con dos gramos de sentido común: feminazismo. Y hasta vaciarla así de contenido y dotarla de otro que nada tiene que ver con la reivindicación histórica que esconde.

«Claro que defiendo los derechos de las mujeres, pero no me gusta el feminismo». Esa frase es un mantra que hemos oído y seguiremos oyendo decenas de veces. Una cosa -y léase la ironía- es defender los derechos de los negros, de las personas LGTBI, de los refugiados… pero de ahí a declararse feminista y defender con esas nueve letras la igualdad en todos los ámbitos entre hombres y mujeres… hay un trecho, un abismo.

Nos domina el peor de los miedos: el miedo a qué dirá el de al lado, a que nos llamen ‘nenazas’ (ay, Clint, yo pensé que ciertas cosas se curaban con la edad), a perder nuestro ‘estatus’, nuestra imagen, que no es más que la que los demás se conforman sobre nosotros; el miedo, en definitiva, que producen la desinformación, la falta de interés y la mediocridad. Y ese miedo fulmina lo que debería marcar la tónica: el sentido de la responsabilidad y de la justicia, que debería prevalecer incluso cuando a cada uno de nosotros nos suponga poner en riesgo algunas de nuestras parcelas más íntimas, como lo es esa zona de confort que tanto nos resistimos a abandonar.

Por eso, reivindicarse como feminista en voz alta y de manera explícita no es algo que estemos acostumbrados a ver, salvo en mujeres, que al hacerlo quedan arrinconadas en el cajón de las etiquetas más variopintas, que es la manera más eficaz de acallarlas y ningunearlas. Cuando estas mujeres pertenecen al ámbito de lo público, sus palabras suelen oírse como un mal necesario, como si sus (nuestras) reivindicaciones fueran el peaje que nos ha tocado pagar en estos tiempos modernos en los que todo cabe. Pocas veces percibimos indignación por cuestiones de género en un varón de relevancia pública, más allá de las reacciones de rigor a los asesinatos por violencia machista o a las grandes cuestiones como la brecha salarial. No está ‘bien visto’ hablar de la igualdad de las mujeres, menos aún si la llevamos al terreno más cotidiano (cosificación de la mujer, depilación, etc.), a ver si hacerlo nos va a acabar quitando votos… Una vez más, los derechos convertidos en pura mercancía; si me aportan, los defiendo con uñas y dientes; si me restan, paso de puntillas sobre ellos.

El hecho de que Obama se declare abierta y públicamente feminista -sin entrar a analizar las motivaciones que le llevan a hacerlo- supone un paso de gigante, al menos para empezar a limpiar de estigmas la palabra ‘feminismo’. Refiriéndose a sus hijas, Obama escribe: «Es importante que su padre sea feminista; es lo que se espera de todos los hombres». Es sólo una frase, pero con ella ha tirado miles de muros invisibles. Estoy segura de que algunos comenzarán pronto a transitar por los escombros de dichos muros, porque ahora sí, «es lo que se espera» de ellos.

Somos así. A veces sólo necesitamos que otro, preferiblemente alguien con quien podamos identificarnos, lance la primera piedra. En este caso, bienvenida sea.

(Foto: EFE).