Banaue & Sagada : Terrazas de arroz y tradición nativa

Después de un mes viviendo Filipinas y tras haberme familiarizado con su mapa y sus regiones más mencionadas, empecé a buscar información sobre los lugares recomendados para visitar y así poder aprovechar el máximo los días libres para viajar. La región de cordillera era uno de los primeros destinos, por ser icono de la cultura del arroz y la vida tradicional de los pueblos del norte del país. Así comenzó la planeación de nuestra visita a Sagada y Banaue en las montañas del norte de la isla de Luzón.

Terrazas de Arroz en Banaue (Norte de la isla de Luzón, Filipinas)

Al ir entrado en la región de Mountain province lo primero con lo que se encuentran tus ojos son un montón de montañas cubiertas de “escaleras” verdes. Con la luz de la mañana, este paisaje casi me hizo olvidar el cansancio por las casi 18 horas que llevaba viajando desde el sur de Manila en bus para llegar a esta área.

El primer destino (más al norte) fue Sagada, un pueblito pequeño y de vida muy tradicional en la parte más alta de la provincia, habitado por los pueblos Igorot, o gente de las montañas. Por primera vez en este país, me encontré con un clima templado, parecido al de mi ciudad natal, y estando en la cordillera, los planes más comunes que se ofrecen a los turistas, incluyen caminatas que permitan apreciar los paisajes y adentrarse en los bosques cercanos.

Caminata en Sagada

La primera caminata nos llevó hasta los hacia los ataúdes colgantes, una atracción muy particular, pero que al estar en la lista de cosas por hacer es la región, tenpiamos que verla. Resulta que esta técnica es practicada por ciertas partes de la población Igorot que practican el animismo como religión, así que para sus rituales funerarios prefieren dejar a sus muertos colgados de las montañas en lugar de enterrarlos y se encuentran lugares así por toda la región (ver foto abajo). Es algo bastante particular pero muestra que incluso con tanta influencia del mundo externo, ellos siguen aferrándose a su propio estilo de vida, lo cual me parece muy válido.

Ataúdes colgantes en Sagada

De allí, seguimos el camino atravesando el pueblo hasta llegar a las cuevas de Sumaging y Lumiang, uno de los más conocidos atractivos turísticos de esta área. A mí personalmente no es que me gusten mucho las cuevas.. me da un poco de claustrofobia y hasta me parece peligroso, sin embargo al estar acompañada hay que ceder a los gustos de todos y me alegra haberlo hecho.

Resultó que el plan que nos tenía preparado el guía (al vernos tan jóvenes y bellos), no sólo ver las cuevas, sino hacer el llamado Cave connection. — Explicame eso de connection señor guía — dije yo con unos nervios!. Pues la cosa es que entrando por Lumiang cave hay que hacer una conexión buscando la salida hacia la otra cueva por unos tres kilómetros. — Ay pues tocó! —

Recién empezando el descenso en la cueva Lumiang

Puedo decir que este paseito fue la experiencia más extrema que he vivido en los últimos tiempos: Durante cuatro horas y con la informalidad del caso, uno se adentra en la cueva acompañado de un guía y una lámpara estilo “minero”, nada más!.

En esos tres kilómetros que se me hicieron eternos, pasamos por abismos, túneles, y ríos subterráneos sin utilizar ningún elemento de seguridad más que ayuda de los guías (muy expertos eso sí). Tuvimos que saltar, escalar, descender y ascender paredes agarrados de una cuerda, todo esto sin ningún tipo de aviso ni entrenamiento previo. Aunque tuve muchísimo susto, ver a los otros turistas haciendo lo mismo me animaba a pensar que no podía ser tan horrible, y así fue que con sólo unos rasguños y un tobillo adolorido salimos triunfantes del otro lado.

El cansancio y el dolor de músculos al día siguiente me recordaron con orgullo esta hazaña a la que no me habría animado estando sola. Le dijimos adiós a Sagada y continuamos.


El camino de Sagada a Banaue se demora tres horas en bus aunque los separan solo unos treinta kilómetros. Con carreteras estrechas y posibilidad de derrumbe en caso de lluvia (yo decidí no mirar mucho por la ventana del bus por salud mental), llegamos a Banaue en medio de mucha lluvia típica de esta época del año y nos dedicamos a disfrutar de la vista en el hotel por el resto del día y recuperar nuestros músculos que aún estaban cansados de la cueva.

A la mañana siguiente el plan fue contratar un jeepney y un guía local de la etnia ifugao que habitan esta parte de la cordillera. El destino fueron las terrazas de arroz de la villa de Batad, declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Para llegar allí, el jeepney va hasta cierto punto se acaba la carretera y de ahí se debe continuar a pie por unos cuarenta minutos hasta llegar a la villa de Batad.

Camino hacia Batad

Nunca había visto un valle entero cubierto de terrazas de esa manera! Construidas hace más de dos mil años por el pueblo Ifugao, ellos mismos han usado y mantenido su infraestructura desde entonces. Los sistemas de riego fueron planeados desde el mismo comienzo y son básicamente arroyos guiados por cauces de piedra cruzando de arriba a abajo para alcanzar a inundar todas las terrazas.

El “anfiteatro” de terrazas de arroz en Batad. (Banaue, Filipinas) — A la derecha: Kelly una niña local a quien le pedí tomarme una foto y yo le tomé una a ella .
Perplejos con la vista de este anfiteatro construido por ingeniería milenaria seguimos caminando adentrándonos en la villa de Batad. Entre escalones y pasos estrechos se atraviesa por algunos pórticos de una casa a la siguiente. Los locales siguen su vida como si nada mientras los visitantes pasan por el frente de sus casas y observan sus rincones como parte de la cotidianidad.

— Alguno tiene miedo a las alturas? — nos preguntó el guía en ese momento. Tras responder que no, nos chequeó los zapatos para asegurarse que ninguno tuviera una suela muy resbalosa y sólo después nos mostró el camino por el que seguiríamos. Dijo que no era el habitual pero al vernos jóvenes y energéticos decidió llevarnos por la parte más alta en la que dejan turistas, y así, cuidadosos de dónde pisar y dando uno que otro salto al encontrarnos con los canales de riego cortando el paso, ascendimos hasta el punto con la mejor panorámica del lugar. (primera foto de arriba)

Esa ruta físicamente extenuante, con muchos más escalones y descendiendo hacia el otro lado de una de las montañas nos llevó a una cascada hermosa donde pudimos refrescarnos en un agua fría que baja de las montañas. Nadamos un poco no sin antes recibir una advertencia de nuestro guía sobre no acercarnos mucho a la caída de agua la cual ya ha cobrado la vida de varios turistas descuidados.

Aunque valió la pena, estando en la parte más baja del valle, lógicamente debíamos regresar al punto donde nos esperaba el jeepney. — ¿Donde? Si! En lo alto del valle! —

Entre tantos escalones se me perdió la cuenta del tiempo pues la subida se demoró el doble que el descenso. Tuvimos que incluir pausas de tanto en tanto para recobrar el aliento en algunos puntos, donde los locales se reían de nosotros al vernos llegar casi arrastrándonos. Para ellos debe ser muy divertido observar a los extranjeros empezar preparados con sus cámaras y ropa deportiva pero ver que se agotan recorriendo lo que para ellos es una caminata rutinaria hacia su lugar de jornada diaria.

Yo “Filipina” usando el traje típico Ifugao frente a la casa tradicional.

Una de estas pausas fue a almorzar en la casa de un señor en la villa que recibe a la gente de la forma más familiar ya sea a comer o a quedarse unos días. Su objetivo, aparte de ganar algo de dinero es difundir la cultura ifugao a los visitantes por lo que mientras se espera la preparación de la comida él incluye una explicación del tipo de vivienda tradicional y hasta es posible probarse los trajes nativos de los cuales él guarda varias piezas disponibles para los turistas que pasan por allí. Por esto no cobra dinero extra, él solo quiere que conozcamos una parte de su cultura tal cual como la vivieron sus ancestros.

Esto me gustó del turismo en esta región: ya que no es un lugar con la afluencia de visitantes que si tienen las muchas playas famosas en Filipinas, la región de cordillera aún recibe a sus visitantes con genuina hospitalidad, y no ha caído en esa tediosa dinámica de exprimir todo el dinero que se pueda del turista, la cual muy frecuentemente si se percibe en otros lugares.

Con esta experiencia bonita terminó mi viaje por esta región al norte de la isla de Luzón en Filipinas. A diferencia de otras regiones, aquí las tradiciones se conservan aún muy fuertes, en parte debido a que los pueblos de la cordillera fueron los únicos en resistirse por tres siglos a la colonia española, la cual no los alcanzó de igual manera que al resto del país.

(Izq) Jeepney y nuestro guía en el techo. — (Der) Mujer Ifugao por las terrazas de arroz de Batad.

Dada la geografía de Filipinas el aire fresco de altura, los paisajes de montaña y el estilo de vida de esta región es una gran novedad y por lo tanto es visita obligada para quienes quieren ver algo de tradición y paisajes de cordillera.

En un país donde el arroz alimenta al 100% de su población, ver las terrazas donde se hace el cultivo tradicional da mucha perspectiva sobre el arraigo cultural de este cereal a la vida en esta parte del mundo.

Me alegró ver gentes haciendo un esfuerzo por mantener sus tradiciones fuertes y mostrarse al mundo tal y como son a pesar de la gran influencia de un mundo globalizado que tristemente ha llevado a muchas regiones hermosas a preferir las ganancias del turismo sobre el equilibrio ambiental y sus formas de vida anteriores.

Admiración y gratitud total al pueblo Ifugao e Igotot, la gente de las montañas!
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