A los 33

Los cumpleaños no los festejo. No soy como tantas personas que saludan felices ese día y evalúan si llegan al nuevo ciclo con más amistades que el año anterior o más ahorros o logros profesionales, o más fotos en su colección de momentos extraordinarios, o menos kilos. Mi ritual de cumpleaños es sencillo. Todo lo que requiero es un espejo. Me visto especialmente para la ocasión, no precisamente elegante, pero al menos busco un “outfit” (como dice mi mamá) que me resulte honesto, que exhiba mi verdadero yo.

Entonces, me presento frente a ese marco que limita los límites. Me paro erguida, o al menos intento que no se note mi joroba causada por años de mala postura, y me acomodo como si éste fuera el escalón previo a un balcón donde encontraré una exigente concurrencia. El espejo, o mejor dicho, el reflejo del espejo, o mejor dicho, mi reflejo en el espejo, a veces me contradice y en muchas otras ocasiones me afirma, pero lo cierto es que nunca me atrevo a predecirlo. Sin embargo, con el paso de los años me he dado cuenta que la mirada que se busca a sí misma es cada vez más autoritaria. Para evitar que las preguntas que se han ido acumulando con los días y con los años se suban a mis hombros y a mis caderas, debo buscar rápidamente un punto fijo en su superficie. Fijar la mirada confronta al pasado con el presente, es similar a la sensación de control que nos acompaña al soplar todas las velitas del pastel. Sí, también da susto, pero es ese momento cuando percibo que la mirada fija construye un puente de vidrio quebradizo entre las distintas personalidades que se albergan en mi cuerpo. En este acto de comunión las preguntas se quedan ahí –es-tu-pe-fa-ctas-, esperando su turno. Aguardan un momento de mayor distracción en donde el reflejo exhiba su vulnerabilidad y falta de autoestima.

Reconozco que la mirada autoritaria a los 33 es el resultado de una cadena de decisiones que he tenido que digerir con dolor y cierta contradicción. La mirada sabe que la madurez significa ser coherente con los actos de una y aunque la motivación inicial de éstos haya sido relativamente consiente, las consecuencias, ¡ni se diga!, son obviamente imposibles de proyectar. Es decir, no podemos ver toda la película en un mismo segundo. Nos gusta el título y sus protagonistas, compramos las entradas y la primera escena es alucinante, pero el después, ya no lo controlamos ni advertimos, tenemos que dejarnos llevar por la creatividad del director y los recursos de la producción.

Por eso digo que a los 33, los ojos reconocen que la felicidad no se puede envolver y tampoco comprar, aunque es interesante agradecer que el dinero puede brindarnos la posibilidad de un refrigerador lleno, salir a tomar cerveza, comprar libros, ir a escuchar buena música, pagar una cuota del gimnasio y el taller de literatura. Todo esto me llevó a concluir que la felicidad a los 33 se llama “paz interior”. Esta especie de bienestar es el resultado del conocimiento acumulado y la certeza de que no la podemos ya cagar aún más. Es asumir de entrada que una noche intensa de fiesta y alcohol es la puerta directa a una infernal resaca y saber que una mentira a la amiga querida duele más que mil resacas juntas. Es el disfrutar la compañía de esa pequeñísima selección de individuos que participan de nuestra intimidad y también reconocer cuándo se necesita de la soledad para estar bien.

No puedo mentir, la mirada a los 33 sigue sufriendo angustia con la presencia de nuevos lunares y manchas en la piel, pero también se percata de que hay algo nuevo. El autoritarismo opera en nuevos recovecos de mi cuerpo. Superar miedos permite que el aire se inhale más profundo, oxigena las articulaciones y también las ideas. Algunas dudas ya no están y han sido suplantadas por otras, más grandes o más dolorosas pero al menos son distintas. Las lágrimas también se muestran confidentes porque ya reconocen el camino entre el lagrimal y el pómulo, del pómulo al labio y de ahí al cuello. El haber tomado “esas” decisiones me convoca hoy a vivir el encuentro con el espejo e intentar huir de lo establecido, la pregunta es ¿puedo revelarme contra mi misma?

Lejos de fijar la mirada de inicio, exploraré el reflejo, cruzaré el puente entre el pasado y el presente portado mis jeans favoritos y esa playera que me hace sentir fresca o casual. Voy a recorrer sin prisa, tal vez, esas pequeñas arrugas de la frente que han registrado mis emociones hasta hoy. Después… quién sabe. Si me gusta lo que veo puedo finalmente festejar mi cumpleaños con una nueva actitud. Esta vez no quiero pensar en lo que me falla o lo que no tengo, quiero mirar hacia dentro y encontrar a mí a los 33.

)

Francisca Torbellinos

Written by

Aprendiz de escritora, estudiosa de temas de género, bailarina sinvergüenza.